APRENDER A COMPARTIR

por Ana Victoria Cassola Cajiao

Durante los últimos días y conversando con amigos, me he dado cuenta de algo que quizá siempre supe, pero nunca lo dije. Y es que, en Latacunga, el conocimiento parece tener dueños y muy celosos, por cierto. Si algo creo que puede hacer la diferencia en una sociedad es el aprender, pues adquiriendo conocimiento es cómo surgen ideas nuevas, propuestas y proyectos se vuelven realidad.

Si la educación puede cambiar el futuro de un país, como tantas veces hemos escuchado, entonces, ¿por qué no compartir sin interés de figurar, lo que uno conoce? En el mundo griego, el conocimiento se compartía de forma oral y escrita, Sócrates, Platón y Aristóteles son ejemplo de ello. Así, transmitiendo sus ideas y desarrollándolas se construyó el pensamiento filosófico, político y social de Occidente. Grandes maestros, que sentaron bases para el desarrollo de la sociedad y que hoy, después de siglos de su paso por este mundo son recordados y reconocidos. ¿Qué hubiera pasado si Sócrates, Platón o Aristóteles no compartían sus ideas?

El conocer es una tarea del día a día, es innata al hombre por su curiosidad y, si hablamos en un campo más humanista, es un acto indispensable para mejorar nuestra calidad de vida. Ahora, el adquirir conocimiento en cierto punto depende de uno mismo, quien desear aprender más lee, se interesa, así de simple. Todos tenemos diferentes maneras de aprender, unos aprenden leyendo, otros escuchando y algunos observando y eso abre un gran abanico de posibilidades para enseñar.

Con lo antes mencionado, quiero llegar a que en nuestra ciudad parece haber una especie de celo irracional con respecto al conocimiento sobre la historia, tradiciones y cultura. Existe una competencia un tanto ególatra con quienes algunos consideran que son sus “rivales” en el campo histórico y cultural. Más allá de impulsar el amor a nuestra tierra, e incentivar a que la gente de todas las edades aprenda cosas que ya fueron olvidadas por la mayoría o que, nunca se llegaron a conocer, se guardan como tesoros que no merecen ser mostrados. Es más, podría creerse que existe una especie de censura a quien decide compartir desinteresadamente lo que conoce, porque el “yo soy el único que sabe y puede hablar del tema”, prima en las mentes de los ilustrados.

Honor a quien honor merece, reza el refrán, y el reconocimiento no se consigue a fuerza, compitiendo por algo en lo que no debe existir competencia sino complementariedad. Hago un llamado a quienes nos interesa esta ciudad, abuelos, padres, hijos, que queremos hacer de Latacunga un lugar mejor. Compartamos lo que sabemos sin ánimo de obtener alabanza o creernos dueños de la verdad, compartámoslo porque es nuestro deber como ciudadanos y, porque el amor a nuestra ciudad sólo se puede despertar conociendo su pasado. Uno ama lo que conoce de verdad y trabaja para mejorar lo que ama.

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