Autismia

Las luces que brotaban del alumbrado público encandilaban sus pensamientos. Caminaba a la deriva sin un destino al cual acudir, porque su único destino estaba en ella: en sus ojos azabaches, risueños para agradecer, coquetos para pedir; en su boca carmín: segura al hablar, tímida al besar; en su larga cabellera: lacia en invierno, rizada en verano; en toda ella: romántica durante el día, apasionada en la intimidad de la noche. Sin embargo, en ese preciso instante del devenir de las cosas, por más que pensaba, pensaba y lo repensaba, él no podía procesar en su cerebro todos los sucesos que le acababan de ocurrir hace pocas horas: “me siento extrañamente diferente, yo… me llamo Ezequiel Vidal, tengo seis años y vengo a esta escuela para estudiar y hacer muchos amigos…. yo…. soy Ezequiel Vidal, tengo once años y vengo de la escuela… yo… Bachiller de la República del Ecuador, de la decimonovena promoción del colegio… yo… graduado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad… yo, yo no sé nada”.

Ahora, sufría tanto con la noticia que le comunicaron vía telefónica desde la policía. Caminaba. Gastaba suela en las aceras de una calle que no parecía tener fin. Mejor así, no tendría que soportar los pésames de la gente hipócritamente comedida que asistía a la funeraria. Hace pocas lunas atrás, todo marchaba bien. Eran felices, razón suficiente para vivir con intensidad cada día que pasaban juntos. Maldito el momento de aquella llamada telefónica: “Aló… sí, con el mismo… ¿algún problema?… ¿qué? no, no, está seguro que es mi esposa?… oye ¡que hermosa! ojalá tenga que recibir alguna clase con ella… eeeeh Amelia, desde hace tiempo quería decirte que me gustas mucho, ya no aguanto un minuto más sin ti y me preguntaba si quisieras mi novia… yo me entrego a ti, Amelia Lara, para amarte y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y en la tristeza, en la salud y la enfermedad hasta que la muerte nos separe... hoy, me he quedado solo nuevamente, como cuando todavía no la conocía, no la adoraba, no la amaba”.

Poco a poco, comenzó a perder la noción del tiempo y del espacio. Oía sin escuchar, veía sin observar y su único objetivo era caminar por aquella calle infinita. Todo aquel constante ajetreo de la ciudad fue remplazado por una especie de portal al que sin percatarse había ingresado: “¿Qué sucede? ¿dónde están todos? ¿dónde estoy?… ¡Amelia! ¿eres tú? ¿adónde vas? ¡no! no te vayas¡ ¡por favor no me dejes!”. Dejó de caminar, o al menos eso deseó hacer mientras observaba absorto, cómo ante sus ojos la asfaltada avenida se convertía en un sendero llano, exento de forma y contenido; los autos y las casas se transformaban en figuras geométricas cóncavas y convexas indefinidas; las personas se difuminaban en el espacio incoloro del nuevo espacio.

“Llamo. Grito. Nadie contesta. Tal vez estoy muerto, pero… los demás muertos?… mi Amelia debe estar por aquí… pero… y si no estoy muerto”. Definitivamente, su nuevo mundo no era de vivos ni de muertos. Era su mundo, el lugar anhelado inconscientemente en sus confusos pensamientos, creación perfecta de espacio atemporalizado y de tiempo inespaciado; fantasía de su mente, embuste de sus sentidos. Todo los elementos convergían en una ciudad particular de la cual solamente él, es dueño y señor. Lugar que no se merece el título de ciudad, pero sin embargo lo es, porque Vidal así lo dispuso. Él, vivirá en una realidad muy diferente a la nuestra, a la que nos ha tocado vivir, a la que él también perteneció en algún momento y que abandonó. En búsqueda de su destino encontró un lugar incierto e impensado. Ahora permanecerá en su imaginario hasta que una palabra cualquiera burle los límites infinitos de su cerebro y logre despertarlo de aquel letargo.