Mínimo
Aug 24, 2017 · 1 min read

Y yo la amaba. Cada noche acariciaba su espalda a manos llenas, le cantaba desafinadamente al oído todo mi repertorio de músico frustrado. No podía perderla, me era tan necesaria como el aire. Con el tiempo, ella fue entendiendo lo fugaz que puede ser el amor. Ya no me trataba con cariño, sus palabras eran frías y sus besos de papel. Aquellos días comprendí que había encontrado alguien mejor, sin mis defectos. Comprendí que el amor duele y se transforma en odio; comprendí que debía matarla y que la cárcel es un buen hogar para dejar de ser.

