El inagotable poder de una sorpresa.


Mi novia y sus amigas se conocen desde hace décadas. Conocen sus cualidades, sus debilidades y talentos. Estoy seguro que ninguna dudaría nunca del cariño que existe entre ellas.

Cada vez que alguna de ellas cumple años se reúnen a cenar. No sé por cuanto tiempo han hecho lo mismo pero tienen un ritual: todas las integrantes del grupo aportan 200 pesos. La suma de ese dinero se convierte en el regalo de cumpleaños de al festejada.

En cada ocasión alguna será la encargada de recolectar el dinero de todas. Unas lo entregan antes de la fecha y otras lo hacen durante la cena del festejo pero todas lo harán en absoluto secreto.

El dinero va y viene por la mesa y sólo el ojo entrenado puede darse cuenta de lo que sucede. Si la discreción se pierde por un momento, la cumpleañera no se dará cuenta de nada. No se dará cuenta, dije. No, ella no se dará cuenta.

Después de la cena, la foto. Después de la foto, la entrega del regalo.

La cumpleañera, invariablemente es sorprendida con su regalo. El mismo que reciben todas, el mismo del que ella coopera en la abrumadora mayoría de las ocasiones.

Todas saben lo que sucederá, todas dan por descontado ese regalo. Sin embargo, todas dibujan en su rostro una expresión genuina de sorpresa. Sorpresa que muy poco tiene que ver con el dinero y un mucho con el gesto de amor de quienes han sido sus compañeras de vida por tantos años.

La sorpresa es uno de los mejores gestos que los humanos podemos preparar para otros. Es el deseo profundo de hacer que la otra persona tenga un instante de felicidad no planeada. El objetivo es dedicarle tiempo, detalle, planeación, ganas y envolver todo eso en un momento de amplísimas sonrisas.

Podemos rastrear gestos de amor de esta “sorprendente” naturaleza por generaciones y generaciones. Es una muestra de amor genuina.

Dar un regalo es un buen gesto siempre. Preparar una sorpresa es agregarle al regalo un mucho de pensamiento, de buena voluntad y del deseo de hacer a la otra persona sonreír por un instante que dure un poco más.

Quienes observamos tenemos la suerte de salpicarnos de toda esa buena voluntad.

Debo confesar que no me encantan las sorpresas. Me hacen sentir incómodo, me hacen sentir descolocado. Tiene mucho que ver con eso. Las muestras genuinas de amor vulneran, descolocan y en este formato no permiten planeación ni coreografía. Nos desnudan y muestran nuestra reacción transparente al cariño de otros seres humanos.

De cualquier forma, muy pocas cosas se comparan al calor que siente el alma cuando el momento incómodo pasa. Dura más que la vulnerabilidad y alimenta el alma.

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