Angkor, Salamanca

Antes de empezar tenemos que remontarnos a la Salamanca de 2001.

En una habitación pobremente decorada de una casa que parece más propia de los 70, y no de los albores del milenio, podemos ver como un joven con patillas de 19 años se inclina sobre un monitor CRT, aporreando un teclado mecánico y moviendo nerviosamente un ratón de los de bola. Teclea como loco en el Word (edición 2000) dentro de un documento que se titula algo así como “Economía de Camboya. Desarrollo y Crecimiento. 2º de Economía”.

Para por un momento. El turismo será un motor económico muy importante para Camboya y no le extraña. Por lo visto el gobierno ha decretado el año 2003 como “el año para visitar Camboya”. Es la gran apuesta del país. Turismo. Por un momento la idea de visitar el país pasa por su cabeza. La descarta. Está demasiado lejos. ¿Cómo se llega a esos sitios? ¿Qué tipo de gente los visita? ¿Exploradores sagaces? ¿Ricos aventureros?Es tarde y es mejor no perder el tiempo pensando tonterías. Quizá algún día, cuando trabaje, pueda plantearse ir a Camboya. Pero quedan muchos años. Así que sigue leyendo.

Google es una maravilla. Desde que lo descubrió hace unos pocos años ha dejado de usar cualquier otro buscador.. Al principio usaba un programa de escritorio que se llamaba Copernico y que buscaba a la vez en varios sitios, pero cada vez le parece más una pérdida de tiempo: con Google lo tiene todo.

Llega a la página del Ministerio de Economía de Camboya. Bien. Esta hay que guardarla, tiene hasta datos en excel para descargar. Perfecto para hacer los gráficos. Baja algunos archivos. La conexión es brutal, Retecal, 256 kbs. Se siente afortunado.

Llega a otra página que cuenta parte de la historia reciente de Camboya. Perfecto, servirá para la introducción. Descubre a los Jemeres Rojos. Durante un rato no da crédito. ¿Cómo se puede hacer algo así? ¿Por qué nadie conoce a Pol Pot? Mataban a la gente por llevar gafas. Él lleva gafas desde hace unos 3 años, aunque se pone lentillas para salir los fines de semana. Supone que también habrían matado a la gente con lentillas. Siente escalofríos al ver el número de muertes. En porcentaje es aún peor. Se deprime. Pero tiene 19 años y un trabajo que hacer. Y es de noche, que es cuando le gusta hacer los trabajos. Le parece más poético.

Vuelve a leer sobre Angkor Wat. Por lo visto lo descubrió un francés en el siglo XIX. Se imagina la escena y vuelve a soñar con la selva, las ruinas, el misterio y la aventura. Todo muy peliculero. ¿Cómo es que eso estuvo ahí oculto?

Algún día irá. Pero no sabe cuándo. De momento, tiene que aprobar el cuatrimestre. Lo más lejos que irá ese año, descontando las visitas a su casa de Ávila, será a los bares de San Justo. En alguno de ellos quizá hasta le cuente a quien quiera escucharle lo brutal que fue lo que hicieron los Jemeres Rojos. De lo impresionante que es Camboya, de que quiere ir. Tiene que ser la leche, pero está muy lejos, le contestará alguien. Es posible que sea Marcos, su compañero de piso. Con el que mantiene conversaciones durante horas, bebiendo calimocho del más barato y algunas cervezas. Viendo películas de terror o jugando al Counter Strike con su otro compañero de piso.

En medio de una de estas conversaciones trascendentales Marcos le dirá: No perdamos el tiempo con ensoñaciones del futuro. Algún día no recordaremos casi nada de esta época. Será como cuando nuestros padres hablan de su pasado y resumen 5 años en una frase. Recordaremos un par de anécdotas, no cómo eran nuestros días ni todo lo que hacíamos. Todos estos años quedarán reducidos a una frase estereotipada. Piensa que eso es muy triste. Se promete a sí mismo que nunca olvidará nada. Al menos recordará esa conversación. Se engaña. Aunque no del todo.

Pero la vida es fácil y maravillosa, no hay motivos para preocuparse. Quedan muchos años de Universidad por delante. Casi parece mentira que al otro lado del mundo se encuentre Camboya, con su reducido PIB per cápita y su sueño de convertirse en potencia turística.

Fantasea cada vez más con visitar Angkor Wat. Le parece un milagro que exista algo así. Pasa delante de la Catedral de Salamanca decenas de veces mientras piensa en Angkor. Y nunca entra, total, está ahí. Cerca. Pasarán otros 3 años hasta que pise por primera vez esa Catedral. Le hará gracia haber sido tan cafre.

Se imagina ser el francés ese que encuentra Angkor. En medio de la selva. Abandonada. Tardará 15 años en descubrir que la historia era un bulo, que Angkor nunca se dejó de visitar. Era lo lógico, pero lo otro sonaba mejor.

Pasa horas y horas leyendo sobre los jemeres rojos. No entiende nada. Pol Pot es satán. Seguro que muere despellejado por el pueblo. Sigue leyendo. No puede ser, murió hace sólo 3 años. No entiende nada.

Dibuja gráficos con el excel, descarga informes y hace un poco de copiar-pegar creativo. Idea una estructura tumbado en la cama. Sonríe. Descubre que le gusta idear estructuras. Algún día dedicará mucho tiempo a esas cosas. Pero todavía no lo sabe.

Cuando acaba el trabajo recibe una felicitación del profesor. Hasta ha metido enlaces clickables en el trabajo, marcados con un icono específico, algo audaz para aquellos tiempos.

Siente que se ha enamorado un poco de Camboya. Cada vez le gusta más Internet. Espera que Google exista para siempre.

Sale de su habitación. El sol brilla. Es una licencia literaria, porque 15 años después no recuerda nada de los días concretos. Marcos tenía razón. No puede reconstruir la rutina, ni las conversaciones, ni los momentos. Pero sí las sensaciones.

Camboya ahora es un recuerdo de hace unas pocas semanas. Angkor Wat le impresionó, pero no puede dejar de preguntarse qué habría pasado si con 19 años hubiera cogido un avión y se hubiera presentado allí. Seguramente le habría parecido algo más mágico, más misterioso. Incluso aunque lo hubiera hecho en 2003, aprovechando el “Visit Cambodia Year”.

Es inútil pensar eso. No se puede cambiar el pasado.

Sabe que algún día se recordará escribiendo desde una habitación en Chiang Rai. Quizá hayan pasado otros 15 años. O 25. Pero aquella vez sí cogió el vuelo.

Nota: esta publicación en Medium cubre el lado más “emocional”, “humano” y “cercano” de 2geeks1city, el proyecto / blog con el que estamos recorriendo Asia para entender cómo la transformación digital y las startups influyen en la sociedad, las empresas y las personas en general. Si te ha gustado, pásate a visitarnos y suscríbete en www.2geeks1city.com

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