Acorralada

Mi habitación daba a esa calle con eco maldito y el resto de la casa, a los pasillos y patio de la corrala. Ese sitio donde en un pasado las vecinas tendían la ropa y actualizaban sus vidas, idas y venidas y donde los hombres dejaban sus botas, llenas de barro, en los umbrales sin felpudo, dejados de la mano de Dios y del hombre. Ese lugar solo servía para acumular bolas del desierto de pelusas que correteaban empujadas por corrientes y que acababan en el rincón donde estaba la puerta de mi casa. Algunos papeles de chicles, patatas y compresas también llegaban, junto a colillas acabadas y por acabar, al umbral, el que, muchas veces, las barricadas de basura no me dejaban atravesar.