Amigos puros

Mi amigo huele a brea y a barba sucia mojada porque pelo en la cabeza, desde los dieciséis años, no tiene. Ya se le quemaba la coronilla cuando salíamos al patio de la escuela a jugar al fútbol, siendo pequeños, así que casi siempre (por el sol y por complejo) llevaba, y lleva, una gorra de alguna empresa de productos agropecuarios que le robaba (y le roba) al padre, junto a cuatro puros de esos habanos (o así me los vendía, el muy listo). Después de las clases, quedábamos para fumar. Esas caladas largas y densas que no cabían ni en nuestra boca ni en los pulmones, nos hacían sentir proyectos de machos ibéricos invencibles y bravíos. Momentos imborrables de diversión que no los difuminó (ni los difumina) el humo. Él se dedica a asfaltar calles y yo soy comercial, de los de corbata barata (dos pringaos), pero cuando nos vemos, ese adictivo olor a rancio del puro olvidado, nos hace volver a ir al escondite infantil para compartir sueños no cumplidos y batacazos de impura realidad.

