Bayeta

–¡Cómo olía esa bayeta, por Dios y la Virgen! De verdad que me dan arcadas solo de pensarlo.

Y haciendo un amago de vomitar, paró en seco.

–¡Qué exagerada eres!¡Ya sería para menos! –le dije.

–Que no, que esa tía la dejó flotando en agua sucia desde hacía, por lo menos, ¡un mes! Era una pasta gelatinosa ¡y no había bayetas nuevas! Así que me tocó desinfectarla durante una hora. Murieron varios gusanos. Un asco, de verdad. Mira, le hice una foto.

Y volví a casa para cambiarme las botas, no pude evitar salpicarlas.