Cada día, cada noche

La loca me escribe un whatsapp para pedirme no se qué dato. Afortunadamente, el archivo lo tengo a mano, le mando el número que le impedía caer en los brazos de Morfeo y, por ende, a mí también, y procedo al efímero ritual nocturno de belleza barata consistente en desmaquillarme, lavarme los dientes y tirarme en plancha a dormir. No hay pasta de dientes. Culpo a mi jefa. Me tumbo, hace frío. Mucho. Muchísimo. La vuelvo a culpar. Ya han apagado la calefacción. Bien, hoy es mi noche. Manta sobre manta y ya no me puedo mover. Me duermo sin darme cuenta.
A las siete, cero, cero, la animada música de Rihanna me despierta sin dejarme saber qué pasa en ese sueño en el que me asfixiaba. Quizás mejor. Café de ayer recalentado y galletas María que me dan ¡calor y energía para todo el día! (en fin). En las noticias, nada nuevo, el mundo es una auténtica mierda marrón. La loca me llama.

