Calle

El dolor de sus manos y sus orejillas "encarambanadas" del frío de Madrid, no la dejaba levantarse de su cartón mojado. Los tiritones provocaban que las cuatro monedas que tenía en el vasito de cartón del McCafé, sonasen como un sonajero de auxilio que nadie oía. Cabizbaja, con los labios secos, escondía su cara de abulia, de pena, entre su pelo revuelto. Empezaba a nevar y los niños que iban al cole, de la mano de gente que los cuidaba, gritaban de alegría. Ella también gritaba, pero en silencio, que ya no podía más.