El enamorao

Subió los diez pisos hasta la azotea, le temblaban las piernas y engullía el aire a bocanadas. Las ganas de ver el resultado de su trabajo le impidió parar en cada descansillo de la escalera para respirar. Allí, al borde del abismo, contempló su obra. Había dedicado toda la mañana a arrancar las malas hierbas que cubrían el solar, contiguo al bloque abandonado, para colocar, una a una, con la paciencia de quien no tiene prisa ni nada que perder, ciento treinta y dos velitas, que formaban las letras de la frase mágica: “Carola, ¿quieres casarte comigo?"¡Oh! Faltaba la “N” de No. Bajó, a trompicones…