La mañana

El cielo empezaba a ser azulillo cuando mi padre llegó. Estaba claro, ojos cansados y tez relajada: venía borracho. Tardó cinco minutos en quitarse las botas, llenas de polvo. Las dejó en la entrada, en forma de X y, de camino al salón, perdió el equilibrio tres veces hasta que, planeando, como pudo, aterrizó en el sofá. Execrable viejo vividor. El microondas volvió loca a mi taza de Nesquik, mojé los cinco bizcochos que quedaban para serenarla. A mí no me supieron a mucho (no sé a ella). Me medio lavé los dientes y salí. Otro día más sin bocata para el recreo.