Música, maestra

El ruido de las cacerolas le entusiasmaba. Era escuchar golpes de sartenes, o de la campana extractora y más que llorar, la niña siempre reía y abría los ojos como platos. Su máxima afición era aporrear lo que fuera con ahínco y que sonara fuerte, estridente. María era lo más bonito de la cocina. Batuta en mano y, apartada de los fogones que siempre flanquearon a su madre, dirige la San Francisco Symphony, con el olor a fritanga aún en su sangre y en su pelo.