No podías esperar

Me llevaste de la mano, con prisas, a la Plaza Mayor. Subimos, de dos en dos, las escaleras del Arco de Cuchilleros. Aquel día el sol brillaba con ganas pero tu cara resplandecía aún más. Me hacía gracia no saber qué te traías entre manos, “loquilla”. La plaza sonreía. Paraste en seco, junto a Felipe III y su caballo. Me miraste con ojos nerviosos y presentí lo que iba a ocurrir. Apareció una tuna. Con corrillo de guiris y la atenta mirada del Spiderman gordo, te arrodillaste y me preguntaste que si quería compartir la vida contigo.