El poder de la situación

Llegó a las diez cero, cero, oliendo mucho a Axe y con dos cortes en la cara de, imagino, haberse afeitado rápido y sin cuidado. Me sonrió nervioso. Su mano estaba sudada y fría. Para no prolongar más esa situación incómoda para él y rutinaria para mí, empecé a preguntarle sobre su vida y él, con tembleque, difícilmente consiguió enlazar dos frases. Su móvil pasaba de una mano a otra sin control hasta que una de las veces se le escapó y cayó al suelo. No lo recogió. Gotas de calor brotaban de su frente. Era el candidato perfecto.