Su tren (foto de @lidiokaina)

Después del instituto, la muchacha iba a las vías del tren y desfilaba por los raíles, con un libro o dos en la cabeza y, a veces, zapatos de tacón de aguja. Mi abuela y yo la observábamos desde la ventana del salón. Se caía, se levantaba, se caía. Mínimo una hora, máximo dos, lloviera, hiciera calor o frío, ensayaba su equilibrio, su postura y sus andares, sin más supervisión que la nuestra furtiva. Desde el día en el que el tren de la tarde cambió su horario y pasó lo que pasó, mi abuela no ha vuelto a recuperar la voz.