De cómo gané una pelea con la mente
Antes de la lucha, fuimos a uno de los sitios más tenebrosos y aterradores que jamás he visitado. En lista también están La Catedral de Sal de Zipaquirá, y el consultorio del cirujano que me sacó las muelas del juicio. Esta estatua majestuosa, tan alta como el cielo de Río a las 11 de la mañana, estaba lleno de la peor peste que puede atacar tan bellos lugares: Turistas. Y no unos pocos, sino cientos de ellos que como langostas, ocupando cada centímetro cuadrado de la pequeña plaza en la reposa el cuerpo esculpido del maestro, no dejaban de zumbar con sus flashes y sonrisas. Una escena de guerra llena de cuerpos arrojados en tierra sería poco comparado con la cantidad de individuos pecho en tierra tratando de capturar la imagen de algún tío, sobrino, abuela, suegra o machuque, haciendo la pose de brazos abiertos de la estatua. Sumado a esto, en la misma proporción que las personas, se encontraban lanzas alzadas hacia lo alto, cientos de selfie-sticks al unísono proclamaban la forma en que el siglo XXI exalta al hedonismo y la desconfianza.
La estampida, ese flujo humano que nos permitió subir, caminar alrededor del Corcovado, observar la ciudad por 4 máximo 5 minutos, y luego guiarnos de salida por el mismo lugar que entramos, nos dejó casi sin aire disponible para respirar. Al final de cuentas, solo se puede ver el rostro de Cristo uno sola vez sin morir en el intento.

Ya libres del compromiso y escapados del frenesí, tomamos un autobús que nos dejó en la puerta de la playa de Ipanema. Los sonidos se entremezclaban, algo de bossa nova, algo de gritos y arengas de samba, algo de brisa marina. Cuerpos brillantes, tallados con cincel, torneados como con la mano de un hábil alfarero llenaban la playa. Destellos tornasolados nos hacía cubrir nuestro entrecejo para poder observar mejor tal fenómeno caribeño. Todos depilados, tatuados y respingados; así encontramos a los hombres Carioca. Para mí un completo shock, no es lo que uno espera, no es lo que veía en Globo o Bandeirantes cuando tenía 14 años. Así que en medio de estos adonis que jugaban futbol-volei, futbol-raquetbol, futbol-playa y cualquier otro deporte que los hacía ver más atléticos y esbeltos y que incluyera usar sus pies, a mí me hacía ver más sudoroso, y sobre todo me obligaba a tener que meter la barriga por más tiempo que el que se acostumbra cuando se compras un nuevo pantalón.
Finalizó Ipanema y continuamos a Copacabana, una playa con olas más tranquilas y gente con menos pretensiones. Caminamos por unos minutos, pasamos el Copacabana Palace, luego salimos de la playa a una estación de servicio para comprar algunas bebidas. El calor es abrasador cuando no estás en condiciones para estar en medio del agua y la arena. Así que nos escondimos de los rayos solares, tratando de recuperar nuestros pies para el último tramo. Diez minutos después continuamos el recorrido. Luego una pausa más.
En este momento Vane estaba embarazada de algo más de 2 meses. Una pancita chiquita, casi imperceptible. Aunque a ella se le notaba por lo menudita que es. El cansancio y los pies hinchados le afectaba más que a mí, y sobre todo las ganas de hacer del número uno con más frecuencia que perro marcando territorio.
Nos detuvimos nuevamente en el borde de un tramo de playa en donde se reúnen los rentadores de sillas. Los niños pasaba junto nuestro y se lavaban la arena de los pies con una manguera que salía de la tierra y un señor muy amable les brindaba un balde de agua a sus clientes para que se sacaran de entre los dedos los granos de blancos diminutos que les quedaban atrapados. Al pasar lo minutos, nos damos cuenta que estábamos sentados junto un gimnasio de playa, de esos que tienen tubos de todas las alturas. Este armazón incluía una versión de pasamanos para profesionales. Yo de casualidad llegue a cruzar un pasamanos a los 7 años, así que no me llamaba la atención en lo absoluto. Lo que sí me llamó la atención, fue el bloque de ébano y mármol que se balanceaba allí. Algo más de 2 metros de altura y por lo menos 100 kilos de fibra y hueso, o puede ser que este exagerando. El asunto importante, es que este buen espécimen de la raza humana presentaba un condición inaceptable. Sus ojos obscenos penetraban a cuanta mujer con algo de piel a la vista se le atravesaba por delante. Esto me causaba un hervor de sangre, un sentimiento de desagrado, casi de atragantamiento. Con este malestar entre mis tripas le pedí a mi esposa con una disimulada señal de ojos que nos fuéramos del lugar para terminar nuestro recorrido.
“Voce!”- “Que pasa con voce!”- “Eh! eh! qué!”- “Ah ah ah puto!” — Eso fue todo lo que alcancé a escuchar al salir de la playa, Vane iba unos pasos adelante. Sin ella saberlo, yo le dí una cucharada de su propia medicina a aquel hombre fornido y precoz. Lancé la mirada más desafiante y confrontadora que jamás le he dado a alguien. Ni Al Pacino hubiese podido imitarme. Fue reacción automática luego que este animal lanzara una de sus miradas desagradables a mi esposa. No podía permitirlo, aún si con esto se me viniera encima este muro de carbón ardiente. Lo que él no sabía es que aprendí dos cosas memorables en el colegio. La primera: que puedo correr con mucha velocidad aunque sea por un corto espacio de tiempo, lo cual me hizo repetir el test de cooper más de una vez en lo examenes de educación física, y la segunda es que las peleas siempre, siempre, siempre, se ganan en la mente antes que en el ring.
Mi valor, mi coraje, mi gallardía. Le demostré mi confianza al continuar mi viaje, caminando como si él no existiera, ignorando su absoluta presencia. Haciéndole notar que mi mirada dió mucho más fuerte que lo que hubiese hecho cualquiera de sus puños. Esta pelea yo la había ganado. Nunca le vi la cara, y mi esposa notó la situación cuando ya estábamos muy lejos del peligro. Derroté al hombre de más de 2 metros y 100 kilos con la mente, aún así haya manchado mi ropa interior favorita.
ENE / 01 / 2016
