Desapoderados, empoderados y otros cuentos

Se dice que quien tiene la información, tiene el poder, pero, ¿realmente la sociedad es consciente de lo que esta idea implica? Como diría Francis Bacon:

“Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.”

Más allá de entrar en juicios de valor y de desprestigio social, esta cita alude a una realidad inexorable, la que se introduce como título del presente artículo de reflexión, sobre el poder en la sociedad digital (y analógica) y el control social ejercido a partir de estrategias de ilusionismo y confusionismo (nada que ver con el confucionismo).

Ben Hayes, en ‘El Estado vigilante’, nos muestra el escenario donde la sociedad ha sido desapoderada de su privacidad y alertada por nombres como Edward Snowden (NSA), Manning (analista del ejército de EEUU) y Julian Assange (Wikileaks). La Red de Espionaje virtual (Five Eyes) al servicio de EEUU, Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda, se sirve de programas como Mystic (grabación de conversaciones telefónicas de países extranjeros); Prism (registro de comunicaciones a través de redes sociales como Google, Facebook, Yahoo, Skype, etc.); XKeyscore (predicción de tendencias globales facilitadas por los metadatos recogidos); GCHQ (se apodera de la fibra óptica geolocalizando a la población a través de sus datos); BULLRUS (destructores de encriptados que otorgan acceso desde movimientos bancarios hasta historiales médicos); QUANTUM (acceso a datos masivos, legales o ilegales); DISHFIRE (grabación de mensajes de texto); FASCIA (geolocalizadores), etcétera, para empoderarse y así ejecutar su control global sobre la población, vulnerando sus derechos humanos fundamentales.

Para evitar caer en el fanatismo de Bacon (“quien no quiere pensar es un fanático”), conviene tener presente la exposición que se ofrece en el enlace propuesto, es decir, el caldo de cultivo donde la población pierde su derecho a la privacidad, dejando su huella digital en la Red, en el intento de mantener su rol socializador e inclusivo del pensamiento atomizado oligárquico, engrosando los Big Data. Como expresa Alejandro Segura:

“el temor a la exclusión del circuito social comunicativo actúa como fuerza magnética que atrae a la participación voluntaria”.

Los cibernautas somos pescados por el Big Brother global, más tarde o más temprano, pese a iniciativas que soslayan el rastreo de datos, como la Free Software Fundation, el TOR o TrackMeNot. Por el ciberespacio o por el entorno urbano, la ciudadanía es espiada a través de dispositivos móviles, de gestiones realizadas con tarjetas bancarias o mediante las innumerables estrategias que el ‘Estado vigilante’ diseña.

Ante este voyeurismo oligárquico cabría preguntarse si existe la manera de recuperar la intimidad de la identidad. Tal es la omnipotencia ejercida por los mecanismos de poder y control social, según se desprenden de estudios realizados sobre reconocimiento facial biométrico, en las ciudades de Boston y Nueva York, donde se correlacionan imágenes captadas por cámaras urbanas y el documento de identidad ciudadana, que parece que la única forma viable de recuperar el derecho a la privacidad, sería desposeyéndose del propio registro civil.

Esta idea nos ubica en la encrucijada manifestada por Armand Mittelart cuando afirma que “el que no está fichado es anormal, es susceptible de ser sospechoso”. Por tanto, ¿existe realmente el derecho a las libertades individuales? ¿Somos libres de opinar, de expresarnos, de pensar? La respuesta sería afirmativamente vinculada al condicionamiento del pensamiento único; con lo cual, sí somos libres de pensar pero en un marco de homogeneidad. Ante este encapsulamiento mental, se cumple la segunda premisa de Bacon, esto es, “quien no puede pensar es un idiota”.

¿Cómo nos idiotiza el Big Brother global? Mediante la creación de una sociedad alarmista justificadora de políticas de seguridad, tal como profundiza Mittelart. El diseño de un escenario mundial con una atmósfera de miedo y pánico controlado (amenazas terroristas, pandemias…), viabiliza la aceptación, por parte de la población, de un mundo vigilado.

En el mismo sentido, el manejo de las emociones se erige como el arma homogeneizadora que modela los patrones de conducta, generados por las grandes corporaciones, simplificando a la ‘masa poblacional’ para que acabe obedeciendo, aún sin ser consciente de ello. De esa forma, la jugada es ‘perfecta’desde una perspectiva oligárquica perversa: los cibernautas ubicuos somos programados respecto a cómo pensar, sentir, consumir, actuar, etc.

El control económico es otro de los pilares fundamentales, el ente controlador, llámese comunismo o capitalismo, que actúa como un parásito convirtiendo a la ciudadanía en una esclava del dinero. Reducir a la población a una cultura de la subsistencia (supuestas crisis económicas) se traduce en una aceptación de la imposición. En una realidad como la planteada, pensar trascendiendo los escenarios, se convierte en una acción de heroicidad consciente.

El sistema ya se inventó sus cuentos de monstruos y villanos para poder autoproclamarse libertador y defensor de la ciudadanía. En este escenario no entran los héroes, sino los cobardes-inconscientes que no es que no osen a pensar, como decía Bacon, sino que se les ha programado para que sean máquinas de trabajar; se les ha reducido a una naturaleza de mentalidad cosificadora y consumista. Dicha cosificación queda latente en el Proyecto Big Bang Data, donde se aborda, se argumenta y se cuestiona si realmente “somos un universo de datos” dirigidos por una tiranía de datacentrismo versus la preservación de valores como la subjetividad y la ambigüedad que es :

“especialmente importante en un momento en que es fácil pensar que todas las soluciones son computables y se encuentran dentro de un servidor, almacenadas en un Data Center.”

¿En qué queda la libertad de expresión cuando no hay libertad de pensamiento?

De las corrientes activistas y movimientos sociales en la Red, quizás podamos extraer ideas de oxigenación, que reviertan la situación de subyugación analizada y obtener cápsulas de motivación, para diseñar políticas que preserven el ciberespacio como un lugar de empoderamiento ciudadano y de cultura libre.

Ello ya será abordado en el siguiente artículo de reflexión.

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