Donald Tusk no tiene suficiente con la legalidad

Mientras leía el discurso, la cara de Donald Tusk era un poema. No es un político dado a la algarabía, pero el tono ayer era grave. Habló de concordia y de resistencia civil ante un gobierno que ha enviado antidisturbios contra civiles pacíficos, que ha encarcelado líderes de la sociedad civil y que, antes que dialogar, prefiere abolir instituciones díscolas. Acciones aderezadas con interpretaciones elásticas de la legalidad, que llevan a ciertos juristas a expresar "sorpresa," "dudas" y "desacuerdo" con prisiones preventivas y alcance del 155. Para Macron o Tajani esto no constituye ningún problema porque se rigen por la lógica del interés nacional. La escuela realista de relaciones internacionales incluso argumentaría que es su obligación. Pero Tusk necesita una Europa que signifique algo más. La alternativa es perder toda ascendencia moral que la UE pueda tener ante los populistas que gobiernan en su Polonia natal y que, entre otras iniciativas, están debilitando gravemente la independencia judicial. Tusk sabe que en España está en juego la definición misma de decencia política en Europa y la proyección internacional de la Unión como algo más que un mercado único. Lo tiene, como todos nosotros, bastante crudo.

Gerard Padró, economista.