La primera vez que visité Retiro con un destino diferente fue para ir a Citybell por un asunto relacionado con drogas. Había arreglado con el dealer que me tomara el 129. Bajé del 130 en libertador. La pared de edificios entre el Sheraton y Puerto Madero aún tenía una luz, la última plaza, en el año 2016. Con esa perspectiva, caminé siguiendo a un agente femenino de la policía federal a quien había escuchado decir al chofer del 130 que iba a La Plata. Enfrente de la estación, una de tres largas filas esperaba el Plaza rojo que me llevaría a mi destino. Hacía nueve grados, eran las siete y media de la noche, y equivoqué el ramal por no contrastar la primera indicación. Entonces se cortó el alumbrado público. Casi de inmediato alguien me preguntó si éste iba por Centenario. Respondí que sí, y alguien más se paró muy cerca de mi rostro a pedirme por favor una ayuda para comprar un pancho. Le di dos monedas de un peso. Al momento de abordar todos presentábamos alguna dificultad irritante. Encendí un cigarrillo. Recordé una reciente definición de miedo que no había anotado.

– Voy a Citybell, ¿me avisa?

El chofer marcó el importe.

– ¿Conocés Citybell vos? –preguntó. Le respondí que no y asintió. Pasé la SUBE. En la radio había un pendrive con canciones de Callejeros. Sonaba esa donde uno está vencido por cosas que siempre me parecieron pendejadas.

Busqué el número en las notas. Atendió una mujer que me pidió que llamara en cinco minutos para que pudiera pasarme con Joaco. Le pedí que solamente le avisara que iba en camino. Me preguntó en cuánto. Le dije que no sabía, que estaba por el Obelisco.

Bueno –dijo.

Le agradecí y cortó. El dispositivo vibró dos veces mientras hablaba. Los mensajes de mis clientes seguían llegando. El intenso olor a flatulencia dentro del ómnibus no pareció molestar a una rubia natural que masticaba papas fritas con la boca abierta. Un viejo sentado junto a mí me dijo: «vas a ver un parque enorme, lleno de fuegos. Cuando termine y vuelva a empezar la ciudad estarás a unos diez o quince minutos de la estación».

Llamé. Tendría que esperar quince minutos más. Di una vuelta al paseo urbano y me di cuenta de que había pasado demasiado tiempo viviendo en la villa miseria y de que la villa miseria era Capital Federal. Me había hundido en las drogas y la desesperación por una especie de paja socialista utópica que jamas acabaría, presente cuya relación con lo que había sembrado apenas al llegar a la gran ciudad no es difícil de establecer. El dealer mismo me recordó que no era tal cosa sino un viejo amigo mío de la escuela de producción y experimentación cinematográfica. Pensé en los pobres, pero había llegado la hora de alternar.