Salvajismo Interpretativo

Y otros costes de la vida en la ciudad.

— Más allá de lo extraño que pueda ser que alguien como usted le pague la tarifa completa a una puta como yo… es el hecho de solo querer charlar en vez de hacer lo que todos con los que “interactúo” buscan de/en mí: coger hasta dormir.

— Usted más que yo debe ser consciente que en estos tiempos, un orgasmo masculino es más sencillo de obtener que una buena conversación.

— Y que lo diga. Una buena plática es como una lluvia que no moje. Como un sol que no calcine. ¿Fuma?

— Por supuesto.

— Tenemos hasta que se nos acabe la cajetilla, supongo.

— Es más tiempo del que requiero. De hecho, tiempo es lo que me sobra.

— Ya quisiera poder decir lo mismo…

— Puedo hacerle una pregunta. Que quizá suene muy trillada y evoque algo menos que un cliché.

— Usted ya me pagó. Pregunte lo que quiera.

— ¿Qué le llevó a prostituirse?

(Digo)

¿qué le llevó a tomar la decisión de tener relaciones sexuales con gente tan….

— ¿Asquerosa? ¿Miserable? (…) tan… ¿Nauseabunda?

—….Sí.

— Bueno, sinceramente no fue la ausencia de oportunidades para estudiar. Tampoco puedo decirle que tuve una infancia difícil. O algún episodio de abuso, un trauma sexual o alguna de las múltiples razones que ponen contra las cuerdas, a una niña/joven/mujer en estos tiempos corruptos. Ahora que lo pienso, nunca me lo había preguntado.

— Creo que nunca había tenido la oportunidad de preguntárselo, a usted misma al menos.

— Es verdad… aunque sabe, cada que algún depravado me pone las manos encima, por dinero, por placer, siento que los tiño un poco de mi endemoniada ira contra el mundo. Quizá no pueda identificar la razón o las causas de que yo opte por ejercer la putería, sin embargo, con total descaro y seguridad, puedo afirmar que estoy demasiado enojada… estoy hasta la madre de toda esta mierda en la que no solo yo vivo; en toda esta mierda en la que vivimos.

— Realmente, vivimos en una sociedad enferma. Ajena de todas las tragedias antes conocidas.

— Aunque le voy a decir una cosa que siempre me da risa, por lo duro; por lo verdadero y agridulce que se siente el impacto, ése que me retumba en el vacío: sí, quizá yo soy una puta, de las mejores que he conocido… en cuanto al número de personas con las que se ha acostado. He pasado por cosas que ni usted ni las niñas de su edad se pudieran imaginar; pero ¿sabe por qué, me siento con la conciencia tranquila?

— Dígame.

— Por que lo que se prostituye es mi cuerpo, no mi alma. Por que lo que tocan todos ellos, es mi piel; no mi corazón. Por que a diferencia de muchas mujeres de estos tiempos, yo me meto con los genitales, no con el amor. No con los sentimientos. Soy clara, concreta y concisa; no ando con chorradas, inflándole la cabeza a mis clientes. Yo soy puta de cuerpo, no de sentimientos.

— Entonces no es una puta, mi señora.

— ¿Qué soy, entonces?

— Distancia. Y muchas cosas más.

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