Valentina,

En ese momento, yo era muy pobre. Al punto que mi pobreza, paradójicamente, era capitalizable. ¿Te acordás que cuando éramos pequeños, no nos importaba si las varitas mágicas estaban hechas de roble, bambú o mango? (…)

Yo sí. Y era genial.

En ese momento, no tenía más que un par de centavos y una sombría visión del futuro. Aunque un poco optimista, si como yo, encontrás en los días nublados un descanso de los molestos y ofensivos rayos del sol. Ese mismo optimismo o lo que sea… me hacía sentir que las cosas no tenían por qué seguir siendo tan difíciles.

En esa época, conocí a una mujer que me hizo senti-pensar que todo había valido la pena. No era la mujer más brillante, atractiva, interesante o distinguida con la que había/he compartido. Pero, al igual que yo, era pobre. Tan pobre y tan amena, que por un momento me hizo pensar que toda la pobreza, hasta cierto punto, era una preparación para valorar un poco mejor las cosas buenas que tiene la vida. O algo así, recuerdo que me decía.

¿Ella? Ella era igual que yo. Era pobre y no tenía ni siquiera media moneda para el barquero. Ése que nos llevaría al peor destino luego de la vida: la muerte. Porque ni en la muerte, se le perdona el alma a los pobres. Los egipcios lo sabían bien; igual la gente de esta ciudad. Los pobres como nosotros, los pobres como ella y yo. Somos carne de cuervo.

Fantaseábamos con la posibilidad de ir a restaurantes caros, a viajes por el mundo; soñábamos con la embriagante idea de tomar cruceros por el Atlántico. Soñábamos con noches en paz, sin preocupaciones sobre nuestro “despertar”. La idea absurda de alimentarnos de amor y vestirnos de fantasía, nos brindaba un confort onírico. Nos aliviaba la deplorable juventud y la amplitud de las falsas oportunidades de cambio que de ella devienen. Ligado a las ofertas de empleo que se prostituyen en los tablones de noticias y en las secciones amarillas de los periódicos.

Cuando la lluvia dejó de caer. Tomó sus maletas y partió. Movida por la hipócrita idea de abandonar lo que éramos: gente pobre. Muy pobre. Y aunque ella migró con las golondrinas cuando el invierno tocó a nuestra puerta, su falta de contacto me permitió trabajar cada día más duro por superar nuestra precaria situación. Al punto que hoy, las cosas son por mucho diferentes. Varios de mis congéneres concuerdan en que “ella movió sus piezas en función de su conveniencia”. Su imagen quedó por los suelos; y su prismático velo de falsa burguesía, se convirtió en un pañuelo de lágrimas, destinado a limpiar eternamente el barro que de sus ojos brota cada noche. Mi opinión va más allá de esa visión de las cosas. Aunque la idea no suena disparatada.

Quizá hoy ya no me tengo que preocupar por tantas cosas. Quizá la pobreza se nos curó del alma y del cuerpo. Aunque sus remanentes siguen en el corazón. Valentina: es complicado sobrevivir en una sociedad tan ruin y brutal como esta, en la que nos ha tocado nacer. Hay manchas que nunca desaparecen de la mente; del interior blanco, que se tiñe con el vino que sopesa cada que la vida nos impacta en ese punto crítico. Cada que tocamos fondo; cada que nos pesan los bolsillos.

Aunque carezca de fundamentos lógicos para hacerlo, tenía que contártelo. De alguna manera y de alguna forma, tenía que ponerme al tanto contigo. No lo veo tanto como “un compromiso que cumplir con la única amiga que guardo de la infancia”; o como una confesión humorística de lo aburrida y básica que puede llegar a ser la vida en este país; más bien, es un lujo poder compartir espacios así, sin redundar en lo paupérrimo de la poesía (que hoy en día nos apremia). Aunque te guste tanto, representa un género que me agobia terriblemente.

Espero que todo te esté yendo bien por Groenlandia. Dicen que nada mejor para un alma cálida, que un iceberg flotando en medio del océano.

Con cariño,

Carlos.-

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