Criados en condicional.

“Si te portas bien, te llevo con/te regalo/vamos a…”

“Como no me hagas caso, dejo de/te va a llevar quien yo te diga/olvídate de…”

Mira que idealizamos la infancia. Que tenemos su inocencia por virtud y su preservación como un deber, y aún así no nos privamos de ejercer la misma violencia de la que nos quejamos, en pos de la educación: “para que aprendan”. Porque nosotros ya sabemos de que va el mundo, porque les van a tratar así o peor, ya que “en nuestra época no teníamos/nos faltaba…”, pero era mejor. Siempre era mejor.

Lo triste del asunto, es que vendemos el amor familiar como lo único incondicional en esta vida, ¡total! Nadie lee la letra pequeña, y mucho menos si es menor que nosotros. Los llantos se pasan, “solo es una rabieta, lo único que quiere es que le hagas caso”, la atención hay que llorarla, hay que lucharla, aunque siempre será preferible que no te quejes, que agaches la cabeza y te calles. Los derechos se consiguen obedeciendo y portándonos bien. No lo digo yo, lo dicen todos los insurgentes que han pasado a ser iconos de la transformación social.

La costumbre queda en casa, en el trabajo, en la calle. Pero el llanto se pasa, las lecciones se aprenden en silencio.

¿O acaso era el silencio lo que teníamos que aprender?