La economía de mercado, la rentabilidad, la vida.

Un libro abierto. psc

Casi todo está dicho respecto a esto. Y mucho está inventado matizando su sentido. Es diferente hablar de ello desde la barrera, que ser quien tiene empantanado el capital para sostener algo. Sea como fuere, se usa y abusa de su sentido, se tergiversa, disfraza y moldea para encajar en unos intereses cambiantes de forma y siempre los mismos de fondo: sumas y restas. Ahí queda todo.

Es complicado mantener con fuerza que determinadas cosas deben quedar al margen de las normas del mercado cuando están en el mercado y son susceptibles de intercambio en el mismo. No obstante esta paradoja es la que mejor define algunos de los objetos que deben preservarse. Hablar de la cultura, así, a lo grande, no me parece válido. Tampoco creo que pueda hablar de libros, discos, películas, grabaciones musicales o conciertos como algo que pueda quedar al margen de los parámetros del mercado y de la rentabilidad pura y dura (el beneficio debe sufragar el coste de arranque y mantenimiento, dar algo de rendimiento, y además debe otorgar otro tipo de beneficios -aspiracionales, motivadores por ejemplo-). Todo ello está en el mercado, juega a ello, es un bien susceptible de entrar en el juego.

Pero hay algo que sí debe quedar al margen: y eso son las bibliotecas.

Las bibliotecas, ese depósito, ese espacio, ese almacén. Ellas y su conocimiento deben quedar fuera de este juego. Son un instrumento que permite romper las diferencias económicas y sociales e iguala por arriba, permite el acceso de todos a esas palabras, imágenes, melodías. Son un instrumento que nos obliga a ser cívicos y respetuosos: pactamos, confiamos, ejercemos un papel claro de ciudadano, del que vive en la polis. Es un lugar que te cuenta que lo importante no es la posesión sino la posibilidad de acceder a algo para disfrutarlo transitoriamente, como todo disfrute. En ellas aparece la idea del préstamo, del gozo de algo como alternativa a la propiedad. Y existen desde hace mucho mas tiempo que la economía colaborativa. Son un lugar de encuentro y reunión, donde todo puede ocurrir. Son un lugar de refugio y soledad. Un oasis. Una isla. Necesitamos preservar estos reductos de otra época y otra vida. De otra manera de entender la vida, que debería, sin duda, formar parte de cómo deseamos la vida mañana y de como queremos vernos a nosotros mismos.

No me gustaría ponerme estupenda, ni excesivamente lírica ya que el tema no necesita muletas, pero por si acaso, hagamos memoria: Cada vez que un niño o un adolescente se enrosca sobre sí mismo para leer, el mañana crece. Cada vez que alguien golpeado entra en una biblioteca para encontrar ese libro que ya no es suyo pero puede tocarlo de nuevo, se genera calor. Cada vez que un mayor tiene un lugar donde leer el periódico, la suavidad fluye en el asfalto. Cada vez que pasa una de estas cosas y todas ellas juntas las vidas y los días se hacen menos arduos. Los estudiantes se encierran en ellas concentrados, el silencio siempre está preñado de futuro. Las bibliotecas son alas, puertas, mundos, encrucijadas. Dan la oportunidad de soñar como nunca soñaste: de cambiar de sueños.

No voy a contar el típico dulce y manido recuerdo de un libro descubierto, una película que te abruma, una música que te sobrecoge. Que cada uno tire de sus recuerdos o vaya y se haga uno, se lo recomiendo a quien no pueda aportar el suyo a este párrafo. Porque estas cosas mitigan el frío, hacen que nos sintamos menos solos.

“Las bibliotecas cambian vidas”. Estas hermosísimas palabras las encontré por twitter un dia. Son de Carme Fenoll y @kippelboy, activista de wikipedia, fue quien me la presentó entonces. Con esas palabras descubrí que hay veces en que basta una frase para que una persona ya nunca se te olvide aunque nunca sepas mucho mas de ella, y siempre pienses en ella como en algo prometedor, dador de cosas buenas.

“Las bibliotecas cambian vidas” Un libro es apenas un poder silencioso que espera a ser abierto para estallar y hacer que se despliegue la magia. Las bibliotecas salvan de la mediocridad. Abren horizontes. Son nuestra historia y nuestra memoria. La mochila que necesitamos para poder manejar un mañana. Eso. Hay que salvarlas todas: así nos salvamos nosotros.