Del “todo a un clic”, a “todo a un botón de distancia”

Se trata del botón programable. El botón que, acá, puede disparar una catarata de acciones, sin importar su ubicación física o virtual, y sin más complejidad que requerir una conexión a Internet (y poder pulsar un botón).


Ya existe en su versión comercial. Telefónica tiene, en España, uno de los más sencillos y fáciles de comprender: cuando apretás un botón (físico, grandote, con imán para la heladera y con antena Wi-Fi para tener acceso a Internet) provisto por Telepizza -un servicio de delivery-, te manda una pizza a tu casa. Antes tuviste que registrarte y elegir qué pedido se dispara con ese botón, pero da igual: un botonazo y ya sentís cómo, a unas cuadras de distancia, acelera la motito.

Otro: Amazon tiene algo similar, pero para otros productos, llamado Dash Button. ¿Te estás quedando sin jabón en polvo para la ropa? Presionás el botón correspondiente (que tenés, por ejemplo, pegado al lavarropas), y lo agrega a tu lista de compras de Amazon (y hace un pedido automático). ¿Necesitás otro producto? Otro botón. Cada uno tiene un precio de 5 dólares.

Parece opuesto a todo lo cómodo que aporta el mundo digital, a la flexibilidad de lo virtual. Pero también simplifica, justamente, la interacción con eso que no está, con lo incorpóreo del mundo conectado: comprar por Internet, aunque conveniente, requiere una serie de pasos, una interacción, que es más compleja que apretar un simple botón.

Amazon no es la única, y son varias las compañías que están experimentando con los botones conectados. Netflix, por ejemplo, tiene el Switch, un botón que se programa y permite activar varias acciones con una presión: prender la tele, cargar Netflix, atenuar las luces del cuarto. Claro, necesitás que las luces también estén conectadas a Internet, porque éste es un concepto muy emparentado con la Internet de las cosas.

De hecho, el botón sirve para cualquier cosa: tanto para funciones digitales como para -vía Internet- activar un mecanismo físico, si éste tiene conexión a Internet. De eso se trata la Internet de las cosas. Conectar todo lo que sea conectable a Internet; tanto para controlarlo a distancia (prendé el aire acondicionado cuando salís de la oficina, así la casa está fría cuando llegás), como para recibir información (la heladera que te avisa que queda poca leche; la maceta que recomienda que riegues las begonias; el tacho de basura que admite que ya no le queda mucho espacio). En ese mundo de cosas físicas conectadas a un entorno virtual, el botón con Wi-Fi es el compañero ideal.

Ejemplos: un botón de pánico que active una alarma, o que envíe un mensaje a uno o más contactos (por SMS, Whatsapp, etc.; eso es una cuestión de programación) con un alerta. O con un aviso: “estoy saliendo del trabajo”. Un botón que prenda las luces de casa, o que apague todo y baje las persianas y active la alarma, que haga que una cámara tome una fotografía y la envíe por mail, que prenda o apague la música; que dispare un cronómetro, que active una función o mil (al mismo tiempo o en secuencia). O, contrariamente, que active una función (una alarma), si no se presiona cada tanto tiempo. Si se puede automatizar, vale.

¿No puede hacerse todo eso, ya, con la pulsión de un botón virtual? ¿Un dedo en una pantalla, un clic del mouse o el touchpad? Sí, pero a veces, eso requiere de un mínimo de habilidad con las interfaces digitales (activar el dispositivo que corre la aplicación que simula el botón, encontrarla, cargarla, tocar la tecla virtual), o un control motriz fino que -por la razón que sea- no está disponible. Apretar un botón es más fácil, es natural, es analógico -como nosotros-. Es grande; nos ofrece una retroalimentación; sabemos que lo apretamos.

Perfecto, pero ¿y si queremos ir más allá de Amazon y Netflix? Hay cada vez más alternativas. Una es Particle, un botón programable: por 50 dólares tenés una tecla con Wi-Fi que incorpora luces para avisarte que sí, una de las varias tareas que le encomendaste está en proceso. Otro se llama Bt.tn (69 euros); un tercero, Flic, incluso distingue entre un toque, un doble toque o un toque largo. Todos se conectan al Wi-Fi hogareño y tienen una batería interna que se mide en años (porque no hacen nada más que esperar a que los aprieten).

Todos ellos hacen algo más: vincularse con IFTTT, una plataforma para automatizar una cadena de procesos digitales. IFTTT son las siglas de “If This, Then That”: si esto, entonces aquello, refiriéndose justamente a que si pasa algo, debe hacerse otra cosa (si llega un mail con tal asunto, se debe enviar un SMS a tal persona; si un equipo de fútbol hace un gol, se debe publicar un texto predefinido en Facebook, etc.).

Las combinaciones no son infinitas, y todavía no podemos ser un hacker al estilo de Carlín Calvo en la serie de TV homónima. Pero sí podemos hacer que al apretar el botón se envíe un mail, y se tome una foto, y se registre la hora en una planilla, etc. Si se puede controlar a distancia por Internet, si ya está a un clic, ahora también estará a un botón de distancia. +

Esta nota se publicó en la edición #55 de Revista 90+10.


Publicado originalmente en 90mas10.com, el 5 de noviembre de 2015.

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