Omer

Se ponía un bolibomba en la boca cada vez que tomaba cerveza y yo le decía que esas eran “cosas de viejos”. Yo le he dicho esto a muy poquitos: una de las últimas veces que lo vi, la antepenúltima, la penúltima, él me dijo “me quiero morir” y yo me le quedé viendo, estaba en el sofá de mi casa, y le dije “no seas marico. Te vas a morir y ¿qué va a pasar? Esa caraja se va a quedar con la casa y a Indira se lo va a coger otro. Y te vas a morir ¿y qué va a pasar?”. Eran días donde él estaba muy enguayabado. Él decía de ti que eras muy bella. Me repetía “ella es muy bella. Las dos son bellas, pero ella es muy bella. Tú sabes que los cíclopes se reconocen”. Él decía que los cíclopes eran los que les gustaba el arte y que entre ellos se reconocían. Y yo le decía “sí, yo sé”. Una vez vino y me agarró, yo me estaba tomando una cerveza con el viejo que me gustaba, y atrás de la tasca estaba la emisora de radio. Vino y me chasqueó los dedos frente a mi viejo y me decía “dale, dale con el poema del loco. Recita el poema del loco” y seguía chasqueando los dedos. Yo lo quería matar. No me acuerdo cómo era ese poema. Le encantaba Miguel Hernández y en uno de sus poemas puso un epígrafe suyo. No perdono a la muerte enamorada. Cuando estaba muy enfermo escribía mucho… Yo me imagino que Indira los debe estar transcribiendo. Él tenía unos amigos wayú y le hicieron un entierro wayú. Yo no fui a su entierro porque él no estaba ahí.

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