Escribo esto desde mi nuevo hogar

Tanto quejarme que en Barcelona el aire es mierda y que hay ruido y que vivía en un piso sin luz y todo tal, al final me tenía que poner a buscar algo o me volvería un gruñón sin remedio. En seguida supe que La Floresta era el pueblo donde quería vivir. Está al lado de Barcelona pero está en medio del bosque. A los pocos días de dar voces tuve la inmensa suerte de encontrar un sitio al que el cuerpo gusta de ir a dormir, despertarse, cocinar; un sitio al que llamar hogar y al que tengo ganas de volver siempre.
Escribo esto desde mi nuevo hogar. Es una casa enorme con terreno, huerto, una piscinica (quién me iba a decir a mí) en la que tengo dos habitaciones y sobretodo: silencio, espacio, luz, aire. Somos mucha gente, si no nadie se lo podría permitir, pero hay espacio para todas y la verdad es que nos llevamos genial, es muy comuna. Además están Betty y Rocco, dos compas perros, y Pepita, la gata que endereza este gatriarcado y que le da nombre a la casa: Vila Pepi.
Dejo mi UCI, el piso al que fui en el momento más duro de mi vida y que me ayudó tanto a salvarme. Ya en el tanatorio Gina y Arnau me dijeron que su piso era minúsculo pero que les gustaría que yo me fuera para allí. De alguna forma me hubiese sentido muy cómodo hiendo a casa de mi madre, pero me horrorizaba pensar de quedarme solo hasta las seis o siete de la tarde, y quizás mi cuerpo lo hubiese tomad como un paso atrás. Me fui con mis colegas, rechazando por lo menos otras diez ofertas para vivir que aún hoy recuerdo y que agradezco enormemente. Tuve la suerte de que me fue ofrecido todo.
Ya he hablado mucho del dolor de esos días. De esa niebla espesa de irrealidad que me comía y me circundaba. Tardé meses en darme cuenta qué significaba dejar el piso de Paula y mío. Tardé meses en darme cuenta de lo bestia que fue la mudanza. El tapar los agujeros y pintar de blanco las marcas de vida.
De lo que no he hablado es de lo feliz que he sido con Arnau y con Gina. Nada me ha curado, nada, más que salir cada día de la habitación y encontrarme, en este orden, a Arnau, “buongiorno” y a Gina “hola bonico!” o a una u a otra. ¿Cómo pueden dos personas tener una presencia que calma? Fue una convivencia preciosa, preciosa. El momento de llegar a ese piso era un momento horrible y me veía de pronto en una cama ínfima, en una habitación que da a un patio de luces y con mil cosas en mi habitación del otro piso: una bici, una escalera enorme, un tendero… Dios. Y estaba absolutamente destrozado, ahora me recuerdo y me doy escalofríos. ¿Se puede estar más perdido y en shock en esta vida? Pues Gina y Arnau allí estuvieron, cada día de estos año y medio largo, estando, apoyando, siendo partícipes de todas las energías. La casa era un poltergeist de emociones, allí pasaron cosas muy fuertes en mi corazón y en mi mente, pasaron cosas que nunca nadie tendría que vivir. Y nos unimos, me mimaron desde la autonomía, como uno más, sin que se notara que yo era el enfermito. Me daban mi espacio para llorar, para reír, hasta para dormirme y llegar tarde al trabajo (Carol, te debo media vida también ❤). Y lo hemos pasado genial. La verdad es que nunca había convivido con colegas y me parece que ha quedado el listón muy alto, porque nunca hubo una pelea o un resquemor, porque la inmensa confianza que había nos permitía decir “oye esto límpialo que da mierda asco” o “dijiste que hacías esto y no lo has hecho, mapache tuerto”, y ya.
Hago terapia, he quedado con mucha gente, hemos hecho fiestas y recuerdos, he escrito, me han mimado por todas partes tantas amistades y familia con tanto mimo que nunca hubiese pensado que existía, pero nada me ha curado más que esta comunidad. Nada me ha curado más que este huevo calentito y seguro con Gina y Arnau. Esta trifuerza junta pero autónoma, comuna de un amor no-romántico que ya hoy es eterno.
Gina, Arnau, ja sabeu que no marxo lluny. Ja he vingut més cops a casa que entre setmana quan tinc feina. I encara que fos a Colòmbia, estaria sempre a prop. Us agraeixo de tot cor que existiu i hagueu existit en un moment així. Ningú no podria desitjar amigues i companyes de penúries millors mai. Us estimaré sempre. Jo hi seré sempre.
Como todos los huevos, al ser un pollito más grande y desarrollado poco a poco fue rompiéndose y salí. Ojalá el piso se hubiese ensanchado a medida que me ensanchaba yo. Ojalá se hubiese movido al bosque. Pero como no sucedió, al final el pollito salió con cansadas lágrimas de felicidad y se fue, xino xano, a su nuevo hogar.
Ya acumulo la nostalgia de la casa de mi madre, en la que ya tenía nostalgia de mi hermana y mi padre, la nostalgia de Paula y ahora Arnau y Gina. La nostalgia poco a poco se vuelve enorme agradecimiento. De momento cuesta salir de casa sin un “ciao bello” o un “adéu bonicu”, y lloro un poco ahora aunque también sonrío afortunado. Pero es lo que tiene tener tan lleno el corazón y de hacer red, que cuando se mueve se nota.
