Terminando empieza

Cuando vino el día en que me soltaron del precipicio, y me permití caer en el abismo cerré la apertura al intento iluso de encontrarme mientras esté consciente.
Varias veces le dije al sol que las estrellas me miraban, y este notaba como yo anhelaba el deseo de acercarme.
Sé sorprendió la luna al oírme hablar. Decía que era extraño que el romance me huyera, pero su excusa para rechazarme fue una pérdida sin procesar.

Estuve calmada, dejándome guiar por la rotunda esencia de la espontaneidad, y solo me quedé en la instancia más real, dentro del aquí y no en el más allá.

Me había gustado esto de solo quedarme con lo que hay. La posición más cómoda del placer, únicamente estar, no hubo obstáculo relacionado con el rojo, y cada tanto me bañaban los deseos estelares sobre mi, por la incomodidad me desentendía y preferí la abstinencia a la mar.
Otros días resultaba que mis venas se dilataban y mis ojos palpitaban, no podía dejar de suspirar, para finalmente coincidir en el desencuentro, y me quedaba en el sofá, con el café y el humo en mis manos. Como si aquel condicionamiento equiparara el espectro del llorar.

Pero se acercó la naturaleza. Sobrepuso la noche su existencia en mi estantería principal. El viento me empezó a abrigar y como si el interruptor se hubiera averiado, volvió a funcionar. La máquina se encendió como si no hubiera sueño, epifanía, milagro, una estrella fugaz que me arrebatara la paz. Me secuestró el aliento y funcioné sin que en algo repercutiera, que rayara los bordes de mi carmesí en silla de ruedas.

Entonces empecé a andar, la función de mis manos se retomó puesto que el mecanismo aprendido me salvó. Mis insistentes pies dejaron de luchar, sobre la marea empecé a trotar. Corrí una maratón para pensar. Cada paso era un diluvio de posibilidad.

En mí.

Cada grano en la arena era una idea. Cada hoja de los bosques alimentaba mi batería. Yo solo quería echar a andar. 
Correr. Gritar. Lanzarme al vacío, una vez más. 
Quería de forma concreta, empezar a trabajar. 
Que latiera mi pecho. 
Que sonata en mi cabeza alguna voz al despertar. 
¿Podría ser demasiada disposición?

A veces el deseo de querer sofoca el proceso de crear. El sentimiento se ve truncado por la ansiedad.

Solo corremos en sentido contrario. 
La encuentro más atrás, esa sensación de dejar.

¿Dejar atrás una vez más?

La disposición al querer, se asemeja a la misma huida. A la misma intención de aferrarse a la soledad. 
Hay una dama en mi mente, que aparece en las esquinas, detrás de mis puertas, debajo de mis puentes partidos y me anima a continuar, pero les juro que es la primera en levantarme hacia la desdicha, cuando me siento cómoda en la inestabilidad.

Ella es tan hermosa, pero nunca ha querido amarme, dice que se quedara para siempre en la casita de mi corazón, eso le basta y más.

Entonces siento su compañía y me alegro de ver mis pies sobre la tierra, estando quieta y sin chistar.

El problema resurge cuando los niveles hormonales irrumpen en mi cotidianidad.

Observo los rostros de la alegría y reconozco aquello que me hace vibrar. Agradezco a mis poros por su sensibilidad, se excitan y me recuerdan que sigo tan viva, como creía muertas mis estaciones.

Y la tierra se abre, la luz opaca todo lo que podría obstaculizar algún camino inventado por su ponencia y me quedo anonadada, me sorprende en realidad. Me derrite los ojos, me aplica electroshock lo que emana de su ser y empiezo a hablar. 
Recordando mis sueños, empiezo a caminar... Avanzo por los caminos, auguro mis movimientos, sigo, nada más. Si siento que existen imanes, y la frecuencia de su magnetismo suena a mi nivel. Percibo su llamado. Voy, voy, no quiero perderme la señal. No quiero soñar nada más.
Y me cuestiono si es la fantasía parida por mi mente, y no. Sí está en la realidad y por lo mismo es tan diferente a lo que la mujer en mi cabeza susurraba sin parar.

Entonces mis dedos no hacen nada más que perseguir los detalles de su rostro, los rozo, los toco, los defino y adiós a la incomodidad. Ella se despide de mi devolviendome el derecho y se curvan las comisuras de mis labios de manera cóncava.