Otra sonrisa en el vagón

Me sonrió. Lo ví con mis propios ojos. Se abrieron las puertas del metro, entré sin moverme. Pasé la estación de Tacubaya. Y no me animé a hablarle. Estaba del otro lado del vagón, en realidad estaba a tres personas de distancia. Saqué mi celular, sonreí pretendiendo que estaba leyendo un mensaje cagado, pero namás navegaba en el menú principal. La volteé a ver. Estaba con sus audífonos puestos, tenía cara como que le gustaba el rock psicodélico, tipo The Doors o Tame Impala.

Pasamos Lázaro Cardenas. Ella se sentó, yo seguía parado, para hacer un poco de pierna que me ha dado flojera salir a correr. Traía un morral morado, sacó un libro, a la distancia me pareció ver que era uno de Tolkien, por el arte de la portada. Era perfecta, le gustaba Tame Impala, El Señor de los Anillos, sólo faltaba que le gustara el fut.

Pasando Chabacano se vació el vagón, y me pude sentar a sólo tres asientos de distancia. No sabía cómo empezar la conversación, chance: “¿Te gusta Tolkien?” hubiera funcionado. Pero las palabras jamás se articularon. En Mixhuca, entró la camada, empujándose, maldiciéndose, y entre la multitud estaba una señora con su bebé. Me levanté de mi asiento y le ofrecí mi lugar. Ella se sentó y me agradeció. Entre empujones y demás quedé justo enfrente de la chica de la Tierra Media.

Estaba sudando, no porque estaba entre dos dones con panza de embarazados, sino porque ella estaba volteando a verme con cierta frecuencia, diría que cada 40 segundos sin exagerarle. Ellla quería hablar conmigo, lo ví en sus ojos. Se detuvo el metro, llegamos a la estación de Pantitlán. Se paró de su asiento, nos dijimos todo con las miradas, ví en su cara una leve sonrisa, la dejé pasar como el buen caballero que soy. Estuve a dos segundos de tomarla de la mano, pero no era una telenovela. Seguro habría pensado que le quería robar. En fin, fue otra bella sonrisa que se escapa.

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