Banderita, tú no eres blanca

¿Blanca? No, la banderita no era blanca, eran las camisetas o las camisas de quienes se reunieron en plazas de pueblos y ciudades de España el fin de semana pasado para que hablaran, dos por lo visto, no sé bien, sobre algo que ya nos afecta a todos los demás, porque saltó a las calles, lo que quiera que fuese, pero no desde luego un problema y mucho menos urgente. Y así lo advierte, en presente, Fernando García de Cortazar, en Los perdedores de la Historia de España, citando a Camús: el hombre es capaz de creer que está construyendo el paraíso cuando en realidad se está destruyendo a sí mismo. Lo malo es que los caínes no perdonan al que condena los mesianismos, que la memoria da lastre y aplomo al sentimiento.

Y, entonces si no es una cuestión de colores y se trata de sentimientos hay que ser muy osado o, quizá sea mejor decir ignorante, para arrogarse el derecho a encabezar un movimiento, que eso y no otra cosa es la provocación a la masa para que siga en la calle y deje de guardar silencio y comience a vociferar y amenace. No es algo nuevo en la historia de España y si se observa la vida pública de los países donde el triunfo de las masas ha avanzado más -son los países mediterráneos-, sorprende notar que en ellos se vive políticamente al día. El fenómeno es sobremanera extraño. El poder público se halla en manos de un representante de masas. Estas son tan poderosas, que han aniquilado toda posible oposición. Son dueñas del poder público en forma tan incontrastable y superlativa, que sería difícil encontrar en la historia situaciones de gobierno tan preponderante como éstas. Y, sin embargo, el poder público, el gobierno, vive al día; no se presenta como un porvenir franco, ni significa un anuncio claro de futuro, no aparece como comienzo de algo cuyo desarrollo o evolución resulte imaginable. En suma, vive sin programa de vida, sin proyecto. No sabe a dónde va, porque, en rigor, no va, no tiene camino prefijado, trayectoria anticipada. Es decir, por la urgencia del presente, no por cálculos del futuro. De aquí que su actuación se reduzca a esquivar el conflicto de cada hora; no a resolverlo, sino a escapar de él por de pronto, empleando los medios que sean, aun a costa de acumular, con su empleo, mayores conflictos sobre la hora próxima. Así ha sido siempre el poder público cuando lo ejercieron directamente las masas: omnipotente y efímero. El hombre-masa es el hombre cuya vida carece de proyectos y va a la deriva. Por eso no construye nada, aunque sus posibilidades, sus poderes, sean enormes.

Sola es mía la primera frase, el resto lo escribió un Diputado a Cortes llamado D. José Ortega y Gasset en La Rebelión de las masas, publicado en forma de libro en 1930 y de su lectura, incluyendo la introducción de D. Julián Marías, solo se concluye que nada parece haber cambiado mucho en estas tierras salvo los líderes de la masa, que se vanaglorian, solo hace falta oírlos, de su falta de sabiduría y de no haberse acercado nunca a un libro. Lo de la comparación con los diputados que hoy se sientan o hacen una especie de circo en el Congreso no la intento por dos razones: un payaso es un profesional que se dedica a arrancar una sonrisa y si puede una carcajada y no viene impuesto, ni representa a quien va a verle; los otros, los de la antigua y los de la nueva política, no solo nos vienen impuestos en una lista cuyos requisitos de acceso, salvo los probables grados de la genuflexión, nadie conoce sino que, además, nos cuestan mucho dinero: la ignorancia es tan atrevida como cara, carísima y, en una sociedad tan desarrollada como la nuestra y sobre todo la de los vecinos, en determinados sectores no puede ser mérito para dirigir nada la juventud, la doblez al líder, ni la sujeción de pancartas.

Pero por lo menos a los de la lista, cerrada y bloqueada, les votamos, a ellos no, claro, a quienes aparecen ahí, aunque luego manejen un enorme presupuesto o, eso creen, y dediquen parte del mismo a perpetuarse en el mando invirtiendo en favores; subvenciones, que así aparecen en los respectivos boletines oficiales y que garantizan un pesebre de ida y vuelta, porque en España nunca se sabe y el hoy siempre es por ti y por mí.

Claro que cuando el favorecido o subvencionado pasa a ser una categoría profesional, como lo puede ser la del ejecutivo de una multinacional y encabeza a una masa, se verá tentado a dar un último paso aunque no sepa hacia donde, ni con que finalidad. Y con esa categoría profesional en el banco, desfila o desfilan seguidos por otros tantos que creen y no deberían, que el primero sabe dónde va y porqué, mientras a mitad de camino esperan los de la camiseta o la camisa blanca para hablar y hablar o eso fue lo que les dijeron. Un chiste sino fuera todo lo contrario, que lo es.

Hablando se entiende la gente”. “Hablar es bueno”, suele afirmarse, en diferentes situaciones y contextos. Sólo faltaba que los psicólogos y similares metieran esa noción absurda en la cabeza de los parlantes para que éstos dieran rienda aún más suelta a lo que siempre fue su natural tendencia. Hablar no es en sí bueno ni malo, y en cuanto a entenderse haciéndolo, bueno, en tanta medida es fuente de conflictos y malentendidos como de armonía y entendimiento, de injusticias como de reparaciones, de guerras como de armisticios, de crímenes y traiciones como de lealtades y amores, de condenas como de salvaciones, de ofensas y furias como desconsuelos y apaciguamientos. Hablar es en todo caso el mayor malgasto de la población entera, sin distinción de edad, sexo, clase, riqueza ni conocimientos, el desperdicio por antonomasia.

Palabras de Javier Marías en Tú rostro mañana: fiebre y lanza, y que en otras páginas escribe esto:

‘Hay personas que simplemente resultan ser imposibles, y lo único sabio es apartarse de ellas y mantenerlas lejos, y no existir para ellas’. Ambos sienten, quizá juzgan, que el mundo vive en deuda con ellos; cuanto les llega de bueno les es tan sólo debido, qué menos; desconocen el contento y la gratitud por tanto; jamás tienen en cuenta los favores que se les dispensan ni la clemencia con que son tratados; ven aquéllos como pleitesía, ésta como debilidad y miedo de quien tuvo la vara en la mano y se abstuvo de apalearlos. Son gente intratable, que jamás aprende ni escarmienta. Se sienten acreedores del mundo siempre, aunque lleven la vida entera agraviándolo y despojándolo, a través de incontables vástagos suyos que se les han puesto a tiro.

Y no, la banderita no es blanca, no lo fue nunca y hay tantas personas ignorantes como imposibles y a veces reúnen la doble cualidad y además mandan y, con ellas no puede hablarse. Porque hablando pueden o no entenderse las personas, no la masa y con la masa en la calle no hay dialogo, solo amenaza y griterío y de eso suele ir también el Estado de Derecho de poner límites a la amenaza y al griterío, pero la gente intratable ni aprende, ni escarmienta y aunque quien suscribe huye de las personas imposibles y tiene ya varios éxitos en esta tarea (le faltan otros y en ese camino transita), cuando el favorecido o subvencionado pasa de categoría profesional a una especie de divinidad, solo reconocida por la aclamación colectiva propia de un campo de futbol, no queda otra posibilidad que la de salir corriendo o la de defenderse y en ese punto ni sé dónde queda el diálogo, ni de lo que puede hablarse.