Hartazgo

Miren la fotografía, que es real y no una de esas ilusiones que crean en la red para que nos den pena unos, rabia otros y solidaridad todos, que ya sabemos que los españoles somos el pueblo más solidario del mundo mundial hasta más o menos la hora de la merienda o de la cena, según apetencias. Y, sí es real y demuestra en qué manos estamos los funcionarios de la administración del estado a quienes se les encarga poner orden cuando el ejecutivo y el legislativo se dedican a mirar para otro lado, que es siempre; mejor dicho cuando les obligan a dejar de mirar sus cosas para dedicarse a las de los demás, que es a ratos.

No solo escribo de Cataluña y de todos los funcionarios, porque ya lo escribí en alguna ocasión y ahora lo repito: los únicos funcionarios que conozco son los de la Administración central del Estado, los demás, que nos quintuplican en número, en sueldo y en prebendas ni se a que se dedican, ni como han accedido a sus puestos de trabajo — si es que hubo algún proceso de selección que merezca dicha calificación — ni en realidad me importa. O quizá debería importarme, pero después de veinticinco años de servicios efectivos y dos togas, cuando miro mi nómina no es que me de vergüenza, es que me da pena. ¿Saben que llevamos esperando desde septiembre de 2017 el reconocimiento médico anual y qué solo se hace en la Comunidad Valenciana desde hace dos años y gracias a la insistencia de un Secretario de Gobierno? Quizá alguien espere a que el transcurso del tiempo y sus consecuencias vitales vaya ahorrando unos euros.

Hasta que miro la fotografía que encabeza este comentario y entonces de la pena paso al hartazgo y, a confundir churras con merinas y mediopensionistas porque vivo a unos metros de uno de esos museos de arte contemporáneo que nunca visita nadie (o casi) y que solo se llena cuando exponen pintores realistas, hiperrealistas o el Marca y un algo, no fui a verlo, sobre deportes. Museo que expropió el resto de la inmensa manzana que ocupa para una ampliación que nunca llegó, con lo que a la genial idea pagada por todos se suma una docena de inmuebles en estado de abandono. Miren, lo mismo, el que imprimió la camisa de la Policía Nacional, o lo que quiera que hiciera el inútil en cuestión, es uno de esos artistas despechados por la ignorancia de quien escribe y de sus compatriotas, incapaces de comprender, me pongo el primero, a Ortega y Gasset y a su deshumanización del arte.

Así que mientras unos tiran con la pólvora del Rey engordando y adelgazando sus historiales académicos, poniendo y quitando calles, rellenando pancartas, filosofando en ciento cuarenta caracteres porque no hay para más o, sencillamente no haciendo nada, que es una actividad que no solo exige ciertas dotes de camuflaje, sino bastante osadía porque al final (y al principio) hay alguien que tiene que hacer el trabajo, o sea, los funcionarios de la Administración del Estado y sobre todo los de Interior, Justicia, Defensa y Hacienda, de la vergüenza, paso sin solución de continuidad a la pena y me quedo con el hartazgo.

Hartazgo cuando remiró la camisa de la Policía Nacional, mi nómina (las togas nos las pagamos en la casa, como las puñetas) y en manos de quienes estamos, aunque si leyeran algo historia de España, no la inventada por esos trabajadores, que no funcionarios, de las comunidades autónomas verían que no hay nada, nada nuevo bajo el sol.