Pues yo sí tengo miedo y, no precisamente por lo que creen.

Hubo un tiempo en España en que eso del terrorismo estaba bien visto por una parte de la sociedad o, si lo prefieren, no causaba el repudio y la condena que años de asesinatos de Militares, Guardias Civiles, Policías Armadas o Nacionales no habían producido; parecía que la muerte de uno de ellos iba con el sueldo o, peor aún, que como servidores de una dictadura sabían a lo que se exponían llevando uniforme. Como sabemos la democracia no acabó con el terrorismo, es más, lo acentuó y quienes antes se creían a salvo luego vieron que podían ser un objetivo, cuando en realidad y desde el primer minuto el objetivo éramos todos. En la tercera fase, que es en la que ahora estamos, pugna el triunfo de los servicios contraterroristas y la obligación de reparación a las víctimas (esto es también memoria histórica) con la gestión política y el manejo del lenguaje; elementos que deberían tratarse conjuntamente para un final definitivo, pero como ya saben la violencia debe condenarse venga de donde venga y, también que el miedo como la asquerosa equidistancia o la gilipollez son libres.

Y ahí seguíamos hasta que el atentado terrorista en Barcelona debería llevarnos a algunas reflexiones o a recordar algo de nuestro pasado más próximo. En primer lugar, solo quienes trabajamos en la administración conocemos el nivel de podredumbre política que inspiran la mayor parte de los nombramientos discrecionales en los puestos más altos de la administración y, ello produce dos consecuencias inmediatas: a) se designa al amigo bajo el único requisito, también mérito, de una fidelidad absoluta o de la pertenencia a la manada y b) los que podían optar a determinados puestos –o que deberían ser promocionados — se dedican a mejores cosas o esperan tranquilamente los años que faltan para la jubilación. Ni que decir tiene que el amigo-fiel sujeto a su buen sueldo y sin otra perspectiva vital — y en la política española hay miles de personas en esta situación- procurará decir siempre lo que el que el nombró quiere escuchar y, cuando no pueda hacerlo dar una versión dulce del problema.

A esta primera afirmación sucede otra: la democracia en España consiste en que cualquiera puede presentarse a unas elecciones, siempre que sea español y mayor de edad. Observen que con tan extenso currículo y unos medios de comunicación y de opinión favorables, que no de información, puede llegar a gestionarse el Estado, que es la mayor empresa del país. No pretenderán que quienes pueden beneficiarse de tan estrictos controles pretenden modificarlos.

Pues bien, teniendo en cuenta que cualquier repartidor de Telepizza, trabajador de El Corte Inglés, director de sucursal bancaria o funcionario público del Estado (me disculpan sino incluyo a los de las Comunidades Autónomas, ni a los de los Ayuntamientos ya que no hablamos de las mismas oposiciones), tiene más currículo que la mayor parte de quienes hoy se sientan en el Parlamento y que estos solo nombran a sus amigos o, los de su manada, para la gestión de la cosa pública me reconocerán que el panorama, como poco, es preocupante.

Y de ahí mi miedo. No veremos en España casos como el altos oficiales de la inteligencia o de las fuerzas armadas de países como Estados Unidos, el Reino Unido y últimamente Francia, que en el ejercicio de sus cargos y no cuando se jubilan, exponen sus opiniones y sus puntos de vista sobre sus respectivos servicios, sus necesidades y las posibles mejoras de gestión; exposición que suele llegar al enfrentamiento con el poder ejecutivo y que en no pocas ocasiones termina con el cese del afectado. Pero eso también es democracia.

Como también es democracia llamar a las cosas por su nombre, atender al criterio de los servicios de inteligencia y aprender de quienes tienen experiencia en combatir esta nueva modalidad de terrorismo. Lo de llamar a las cosas por su nombre tiene un escaso recorrido: los atentados solo los están cometiendo musulmanes. Punto final. Luego si quieren hablamos de todo lo demás, pero de momento hay víctimas a las que atender y un grave problema de seguridad, que algunos califican de guerra, que origina el islam en Europa y no desde hace un par de años. Y además este problema debe abordarse desde varios enfoques: la financiación, la construcción de mezquitas y la formación de los imanes y, las relaciones con determinados países tienen la misma importancia que la integración — que nadie ha definido- y el control de fronteras.

Lo segundo tiene la misma sencillez. Si un servicio de inteligencia aconseja una determinada medida convendría dejar de leer la pancarta, que requiere nulo esfuerzo intelectual y como poco estudiar la recomendación y, en eso son fundamentales los escalones intermedios de la administración y sus relaciones con la Guardia Civil, la Policía y el Centro Nacional de Inteligencia. No se trata de vivir en permanente estado de alarma, pero sí en permanente estado de preocupación; sensación que deberá llegar a quien ganó las elecciones, sea quien sea y esté donde esté.

Queda lo último. Hace un par de años leí críticas hacía el comportamiento de la Policía Israelí. Demasiados muertos. Ya, la semana pasada hemos visto que lo de la paz, el diálogo y el “alto, arriba las manos” no funciona con determinados personajes a los que, por desgracia, solo se les reduce matándoles. Es lo que hay y aunque no descartó que en próximas fechas- de hecho estoy seguro- volveremos con la copla del debate entre libertad y seguridad y, que según caiga en el olvido el atentado de Barcelona, el tonto de guardia abrirá el debate sobre el uso de la fuerza por los cuerpos y fuerzas de seguridad, es lo que no espera en el futuro.