Ya estamos todos en la Justicia del Cambio, pero sin mujeres.

Estaba empotrándome contra el sexto capítulo de mi novela romántica de apuesta y vino caro, cuando he recibido el vídeo que encabeza estas líneas y, ni qué decir tiene que he dejado colgados a los protagonistas del relato en una estación de tren, para tirar de corrección política o, de lo contrario, que no lo tengo muy claro, después de veintitantos años escuchando a los mismos y a las mismas decir las mismas y los mismos cosas y cosos, aunque en diferentes puestos y puestas de libre designación.

Hace años le dedique unas líneas a un profesor de universidad de postureo progre al que no pude identificar a petición de la informante, en aquellos tiempos alumna del doctor en cuestión y que se temía alguna represalia académica -cómo podría pensar tal cosa, ¿verdad? ¿en la cuna del saber?- pero ahora la cosa es distinta, porque no solo hay prueba videográfica (disculpen la cursilada), sino un previo y aburridísimo discurso sobre la moralidad, la ética y demás documentación adjunta, de las bondades espirituales de la izquierda, próximas a la levitación con o sin bicicleta y, de las maldades de todas las maldades de la derecha.

Y uno, que no aguanta una reunión en el despacho consigo mismo y que más de cuatro personas fuera de un bar le parecen una manifestación no autorizada, no daba crédito al hecho que la Consejera de Justicia de la Comunidad Valenciana no supiera la razón por la que no había encontrado a ninguna mujer preparada en la ciencia (sic) del derecho administrativo.

No entraré en la confirmación del aserto que dice que el peor enemigo de una mujer es otra mujer, pruebas suficientes da la historia moderna y la contemporánea, pero sí en la doble consecuencia de la negación de la Consejera, esto es, si no se encontró a ninguna mujer preparada en la ciencia que nos ocupa porque no se buscó, tenemos otra estupenda prueba de la eficacia de la Consejería en cuestión y de su personal y asesores (lo que ya es una costumbre que va camino de principio general del derecho).

Pero si no se encontró a ninguna mujer porque las consultadas dijeron que no, el asunto merece una o varias rondas de cañas bien puestas a la salud de las que se negaron. Porque hay millones de formas más útiles de perder el tiempo y la paciencia, antes que la de participar en una Comisión parlamentaria para explicar a gente de curriculum discutible, pero muy democrático, faltaría, lo de la función pública y sus peculiaridades.

No hablemos del resultado del intento y del hecho que la liberación femenina española ha consistido en seguir al marido (o la versión de la pareja que prefieran) y alargar horarios con el trabajo y los nenes, mientras nos han vendido que el culo y las tetas tienen el mismo o idéntico valor que el cerebro. Estupendo, que diría el clásico, así que otro día dedicaré unas líneas al asunto de la cirugía estética cuya existencia y utilidad no acierto a comprender.

Total que ya estamos casi todos en la justicia del cambio, pero ¿se imaginan que hubiera pasado si las afirmaciones de la Consejera las hubiera dicho un Consejero de un colorín azul o naranja?