Memorias repetidas

El Sol insípido de Octubre se derramaba sobre los ventanales del edificio de apartamentos que se erguía arriba de sus cabezas. Aquel frío escenario contrastaba con la ferviente atmósfera que se desprendía cada vez que ella decidía apoyar su mano en el muslo de él. Las circunstancias irremediables que traen los años habían dejado atrás la imagen de una mujer tímida e indecisa para dar paso a esta nueva persona que con cada risa, con cada mirada, y ciertamente con cada tamborileo de sus dedos sobre la mesa -o el muslo- marcaban una seguridad propia de la seducción que absorbe cada hálito circundante.

La luz de la tarde ya se había desvanecido del edifico cuando decidieron subir al apartamento. El mutismo acompañaba a sus pasos, como en una procesión. Finalmente el ruido de la llave abriendo la puerta interrumpió el silencio como si la realidad necesitara manifestarse. Sus besos intensos evidenciaban un placer gestado durante un dilatado espacio de tiempo. Los besos en el cuello eran correspondidos por las uñas intentando rasgar la ropa. Aquella búsqueda de sincronía entre el desenfreno y la sutileza a menudo se intercambiaba en el constante vaivén con el que sus bocas se encontraban entre salvajes mordisqueos de labios, saliva, jadeos, dominio y sumisión, miradas perdidas y otras veces ojos cerrados; a la vez que las manos se perdían en el interior de la ropa del otro lejos de la miradas, donde sólo la agitación sirve de evidencia a la humedad que palpita en los dedos producto de las ansias.

Las escenas cambiaban con la rapidez que dicta el tiempo, pero se mantenían eternas con cada espasmo de placer que sucedía: El furor de sus miradas lascivas mientras se masturbaban mutuamente y sentían el intenso calor que emergía de sus cuerpos, los gemidos y la agudeza de los sentidos, las gotas de sudor que nacían y morían cuando sus cuerpos chocaban. La forma en que inhalaban cada centímetro del cuerpo del otro parecía sumirlos en un estado frenético propio de dos adictos al orgasmo que solo buscan dejar atrás el futuro que saben que nunca llegara. Es la consumación del presente lo único visible del tiempo, el desgaste de los cuerpos durante aquella escena sexual no es más que la repetición de una escena millones de veces antes representada. No es la contorsión de los dedos de él tratando de aferrarse a algo invisible mientras sucumbe al placer. Ni siquiera la espalda de ella dibujando un arco mientras ofrece sus pezones a un dios hedonista o la risa producto del cosquilleo que le produce el índice mojado de él deslizándose por el contorno de su pezón lo que hará que aquel momento se quede anclado en el tiempo como un recuerdo distinto. No, lo que dictará su permanencia en la memoria será lo que ocurra después, en el silencio de las horas.