24 de julio de 2017.

Hoy me he levantado algo aletargado. La noche ha sido calurosa y el sol me ha despertado como cada mañana antes de lo que hubiera preferido. La luz entra sin impedimento puesto que la canícula acuciante no me permite ni cerrar la persiana por las noches.

Desayuno como cada día: tostada de tomate y café con leche en taza grande. En esa taza estampada de un recuerdo más feliz que temo romper a cada sorbo. Ojeo las noticias internacionales mientras pienso si merece la pena saber. En una pausa publicitaria que me invita al bocado y a la reflexión, aprovecho para mirar al ventanal en busca de algo que me convenza de que no se está mejor fuera. Antes de llegar a ninguna conclusión –prefiero la duda– vuelvo al televisor. Hablan, como cada día, del presidente Trump. Pienso en que todo puede ir a peor. Eso me da tranquilidad. Sorbo a sorbo, bocado a bocado, el desayuno se ha esfumado.

Toca estudiar el grupo tercero. Temas de economía internacional. ¿Y qué sé yo de economía? Es una materia que me gusta mucho. Disfruto cuando entiendo cosas nuevas, que antes eran desconocidas. Pienso que eso es lo que más me gusta de estudiar. Sin embargo me viene al pensamiento esa idea machacona, lamentable, que he de aceptar: hay que rendirse ante la evidencia de la finitud de la vida frente al océano del saber. ¡La vida es tanto más corta para los ávidos de ciencia!

Toca aprovechar.

Adolfo J. Rodríguez

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Los hechos son hechos y las opiniones personales.

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