Occidente duerme mientras el mundo muere

La desigualdad económica ha sido constante a lo largo de toda la historia de la Humanidad. Durante mucho tiempo se concibió como una característica natural de cualquier sociedad y se descartó cualquier esfuerzo por igualar la balanza entre los más ricos y la mayoría: los pobres.
Hoy tenemos a nuestra disposición miles de nuevas herramientas que convierten la solución a este problema en algo mucho más fácil que siglos atrás; pero la realidad demuestra que pocas veces la Humanidad ha estado tan lejos de acabar con la desigualdad y la pobreza.
La llegada del 2000 marcó el inicio de la era tecnológica; un nuevo mundo interconectado y globalizado que, se nos prometía, extendería a todos los rincones del mundo un modelo económico y social que universalizaría los derechos que hasta entonces sólo había disfrutado el llamado “primer mundo”.
Dieciséis años después Occidente sigue concentrando la mayor parte de recursos mientras el resto del mundo lucha por sobrevivir, una evidencia de los límites de la globalización o, más bien, de sus promesas incumplidas. Pero es cierto que el término ha cambiado profundamente con respecto a su antiguo significado, dejando de circunscribirse a una región geográfica. De este modo, ahora el término occidental designa a cualquier persona que tenga cubiertas sus necesidades primarias y tenga acceso a fuentes de cultura y ocio, sea cual sea el país en que viva.
Como consecuencia, la desigualdad crece a un ritmo vertiginoso. Aumenta el número de millonarios y se multiplica el número de pobres mientras la clase media va despareciendo en todos los países. Menos del uno por ciento de la población mundial acumula casi la mitad de la riqueza mundial; y sólo un diez por ciento concentra el acceso al noventa por ciento de los recursos naturales del planeta. Mientras, el tercer mundo se hunde a un ritmo cada vez mayor, viendo cómo aumenta el número de personas que viven en condiciones de extrema pobreza, que se acerca a los mil millones de personas: casi un diez por ciento de la población mundial.
Pero el verdadero problema no es económico, sino ideológico. Occidente nos ha educado para crear ciudadanos de primera y de segunda y para permanecer impasibles ante el sufrimiento ajeno, aunque éste afecte a la mayoría del planeta. Nos han enseñado a cerrar los ojos cuando alguien cae al suelo y a taparnos los oídos cuando alguien grita auxilio. Todo para que algún día podamos tener un buen trabajo, una bonita mujer con la que tener bonitos y una bonita casa para invitar a cenar a nuestros compañeros de trabajo. Todo mientras el mundo muere.
La llamada “crisis de los refugiados” ha sido una evidencia especialmente significativa de que nos encontramos ante un problema con difícil solución. Miles de personas huyen despavoridas por el efecto de las explosiones que los países occidentales están ordenando contra quienes un día fueron sus aliados. Iraq, Irán, Libia, ahora Siria; sus ciudadanos llevan décadas viviendo el apoyo de Occidente a toda clase de tiranos que, como en el caso de Sadam, Gaddafi o el propio Al Assad, han terminado trayendo a su pueblo un notable recorte de derechos y empobrecimiento.
El resultado de esta situación son miles de personas que deciden dejar lo poco que tienen en sus países y cruzar el mundo en busca de una oportunidad. La mayor parte de ellas mueren ahogadas en el mediterráneo, otras ni si quiera llegan a abandonar sus países, mientras los más afortunados viven encerrados en Centros de Internamiento de Extranjeros (un concepto aberrante). Pero Occidente sigue caminando en la misma dirección.
La ideología occidental ha alcanzado el máximo grado de crueldad con la Humanidad y sus efectos van mucho más allá de los muertos en el Mediterráneo, del hambre en África o del analfabetismo en India. La educación occidental lleva años deshumanizando a la población, enseñando a no sentir nada más allá de nuestro ombligo, a ponernos una venda para que no nos afecte el mundo real, un mundo que muere de hambre y de sed. Hasta que no cambie esa ideología insolidaria y discriminatoria la Humandiad seguirá padeciendo esta grave enfermedad, viendo cómo Occidente duerme mientras el mundo muere.