Balada del ciudadano de la periferia.


Siempre tengo miedo de morir. Por supuesto que en Caracas, la tercera ciudad más peligrosa del mundo, no es un sentimiento inusual. De hecho, se ha hecho tan rutinario que no lo diferencio de otros tantos, como recordar que debo comprar para comer o la lista mental de pendientes. La muerte está allí, entre la lechuga fresca, reparar la pared del fondo junto al baño, limpiar la biblioteca. La muerte se desliza en esa fisura, justo donde comienza el día, con el rayo de sol débil y zigzagueante y donde termina, con el último pensamiento antes de abandonar la conciencia. La muerte en todas partes.

Es un sentimiento habitual, dirá usted que lee esto. En todas partes ocurre, insistirá quizás. Y es que ¿Quién puede salvarse de la muerte? democrática y segura — sí, vayamos con el cliché de los impuestos, si le gusta — es la única certeza en un mundo de incertidumbres. Pero en Caracas, debo decirle, la probabilidad es aún más alta que la natural. En Caracas, la muerte está en las esquinas, en los descuidos, en las puertas entreabiertas. En el automovil estacionado de manera descuidada, en las ventanas mal cerradas. ¿Le parece que es igual en todas partes? Quizás tenga razón, no podría contradecirle. ¿Pero imagina la muerte como una certeza diaria? ¿No poder olvidar ni en un sólo momento? ¿Que lo intrascendente se tiña de esa fatalidad cruda de temer cada paso y cada puerta cerrada? En Caracas, la muerte es una conocida, es una amiga cercana. Te roza, diminuta y olorosa, como si se tratara de un suspiro. La encuentras, en hojas de papel rotas. Porque en Caracas, la muerte no es sólo una probabilidad. Es una loteria. Es una apuesta riesgosa. Es una ruleta rusa de la violencia, de la bala que un día puede que te toque. El numero corre de casilla en casilla, atraviesa tu nombre sin tocarlo. Y no te toca. La bala con tu nombre se desvía, sigue su camino. Pero sigue allí, la probabilidad, entre cientos de otras. Una y otra vez la ruleta corre, a toda velocidad, con el sonido del casquillo del metal al caer en el pavimiento. La muerte, es la consigna, en esta ciudad árida. Es el perenne temor.

Así que pienso mucho en eso. Lo pienso mientras me visto por las mañanas, y pienso si no será esta, la última ropa que llevaré. La gala callejera que me despedirá de este mundo. No, no se trata de morbosidad. En realidad, se trata de esa costumbre casi lenta, dolorosa. De haber crecido en una ciudad donde todos tienen una historia que contar: la violencia que es la anécdota. ¿Tu sobreviviste? ¡Yo también! ¿Te pasó? a mi también. A mi en la calle, a mi en el autobus, a mi en la puerta de mi casa. ¿Y a ti? En Caracas, hablar sobre la violencia es un hilo que une, es una idea recurrente. Es una línea que une, sin querer y sin intención, al caraqueño pesaroso, al temoroso, al indiferente. La Violencia, que tiene un rostro anónimo, que se pasea de un lado a otro. Que te acompaña con los hombros encorvados en el vagón de metro, que se sienta a tu lado en el por supuesto. El miedo que tiene tantos nombres que ya no sabes como querrás llamarlo. En todas partes, la amenaza.

Lo pienso, una y otra vez. Ese miedo a morir y a la violencia, mientras camino por las calles desiguales, sorteando fragmentos de pavimento roto, tropezando con la multitud de transéuntes de cabezas gachas y labios apretados. Lo pienso, sentada tomando un café, mirando a mi alrededor. Lo siento, tan claro, en la mirada de un desconocido, en la mirada de reojo del tipo que camina unos pasos delante de mi. Lo siento, tan claro como un un hilo de miedo subiéndome por el espinazo, cuando se me acaban las disculpas para Caracas, cuando las puertas cerradas no son suficientes, cuando las precauciones me hace rehén de mi propia vida. Rodeada de rejas y cerraduras, aislada de esa realidad que aún así, está allí. Tan cercana. La realidad un país donde mi vida es un número en una larga lista de probables, donde mi seguridad es sólo un reflejo borroso en una discusión interminable. Caminando por esta ciudad en la que crecí y no reconozco, el miedo es más real que nunca y sin embargo, también mucho más borroso, como si la amenaza — el peligro — no se tratara todo del arma que se empuña, sino del dolor que te hiere, por haber perdido la inocencia.

Y yo sigo pensando en la muerte. Con el rostro del hombro de cabeza gacha que me ha mirado ya dos veces. La escena se desarrolla en mi mente, con una lentitud de pesadilla: ¿Se dará la vuelta? ¿Se acercará para recordarme que vivo en la ciudad del miedo? ¿Me recordará que mi vida es parte de un juego macabro e incontrolable? Las manos heladas, me aferró al asiento del vehículo donde me encuentro. O dejo de mirar por la ventanilla de mi automovil. O camino más rápido por la calle solitaria. El miedo. El miedo. Como el machacón sonido de mis pasos. Imagino la figura del hombre. Lo veo tan claro en mi imaginación. Me persigue. La violencia. Es real. Es inaudita. La violencia que es suelo y que es olor. La Violencia con el rostro del cualquiera. El sonido del arma. La violencia, la muerte. La ciudad sin nombre. Las víctimas del miedo, de lo incontrolable.

El dolor.

Parpadeo. La calle tiene aún su aspecto mustio. Sólo es una calle, como las de mi infancia, sólo que más envejecida. Esta Caracas enfurecida, salvaje. La Caracas que no me reconoce, que me golpea con la mano abierta. Y yo que te recuerdo, casi con nostalgia. Pero ya no existes. Camino, entonces, en la realidad zigzagueante. Huyo de ti. Y que herida tan profunda es la de este miedo, la de este dolor que no pasa nunca. La cicatriz se lleva a todas partes. Porque para el miedo, no hay cura. O sí, pero Caracas la olvidó hace ya tanto tiempo que no tiene sentido recordarla. Para Caracas, yo no existo o si lo hago, soy un rostro entre tantos. Soy una más, de los brazos cruzados sobre el pecho. La que aprieta la pequeña cartera contra el pecho. Quizás el miedo, aquí en Caracas, es un estigma. O una huella. O un gentilicio real.

Sigo pensando en la muerte. Y en la violencia. ¿Como me libero de esa obsesión? Te miro verde, te miro montaña, te miro azul interminable. Y quisiera creer — creerte — que puedo confiar en ti. Que el miedo es un fragmento de los cientos que te forman, que la muerte es una historia de las otras tantas que colecciona. Lo intento claro, lo hago cada día. Lo hago porque no puedo hacer otra cosa. Porque deseo sobrevivir. Porque aún, necesito hacerlo. Pero el miedo continúa allí, a la periferia, siempre aleteando, ese sonido hueco de las pesadillas. Está allí, intermitente, recordandome su existencia. Que debo temerle, como un insecto venenoso y persistente. Como una obsesión — ¿que otra cosa puede ser? — que llevo a todas partes, que define todo. Que más de una vez, dobla la realidad, la modula, la transforma, la interviene, la interfiere, para crear algo más.

Miedo, claro. Y este desamparo. Y la furia que me produce. Porque ¿hasta cuando debo soportarlo? Supongo hasta que decida que Caracas me está empujando para abandonar esta lucha sorda. Que Caracas me despide a gritos cada día, que me lanza insultos a la cara cada vez que puede para que me vaya de aquí. Una despedida grosera, de esas tan vulgares que ni siquiera valen una lágrima. Pero yo sigo aquí, con las manos apretadas sobre el pecho, enfurecida. Me niego a dar el paso. Me niego a avanzar más allá de esa frontera. El miedo aquí, la promesa allá. La identidad en todas partes. El miedo, no se le olvide, que siempre está en cualquier parte. El miedo que agobia y la promesa que no significa nada. Tal vez por irreal.

Sigo pensando en la muerte. Un pensamiento que se difuma en la oscuridad de los párpados cerrados. No la muerte difusa, la muerte incompleta, la idea que flota de un lado a otro. Sino la muerte real, la verídica, la que me amenaza a diario, la que no puedo olvidar. Está allí, una pieza esencial de este mecanismo lento de mi vida que salta de un lado a otro, que funciona con dificultad.

La muerte, esa certeza. Caracas en medio de las promesas. La despedida, como la puerta abierta hacia quizás una simple tranquilidad irreal.