Crónicas de la lectora devota:

“Normal People” de Sally Rooney.

Durante la última década, la narrativa de la vida cotidiana se ha hecho una forma de comprender a la generación que creció mientras narraba su vida en redes sociales y frente a la pantalla del teléfono móvil. Se trata de una percepción sobre lo corriente llevado a la línea narrativa, que hace que cada pequeño suceso de la vida común tenga un sentido profundo e incluso extraordinario. O al menos es la intención de toda la nueva tendencia, que lleva a otra dimensión las grandes y pequeñas cosas que suelen ocurrir puertas adentro, entre conversaciones privadas, en el ámbito doméstico. La escritora Sally Rooney lo sabe y es por eso que quizás, su novela debut: “Conversations with Friends” fue todo un suceso que relevó los alcances de este subgénero del nuevo milenio. Elegante, inteligente pero sobre todo conmovedor, el libro recorre los entresijos de la vida moderna en sus pequeñas coyunturas: sus personajes son el epítome de un nuevo tipo de ciudadano, asombrado por la velocidad de los cambios que ocurren a su alrededor pero también, la versión de la realidad que interpreta a través de la inmediatez, la solidaridad brumosa y un tipo de personalidad incompleta fruto de la noción sobre el conocimiento fragmentado. No obstante, Rooney no está interesada en esos tópicos, aunque son el contexto de su historia y no lo disimula. La autora en realidad, muestra las consecuencias y pequeñas controversias de la cultura hipercomunicada en la que los nativos digitales son además de observadores, protagonistas. Un recorrido por la fauna de los en apariencia indiferentes adultos de nuestra época, con sus pantallas, apps y obsesión por las redes sociales y la comunicación indirecta.

Pero Rooney es lo suficientemente intuitiva y audaz, para construir historias paralelas a ese mundo frugal que rodea a sus personajes y allí reside su triunfo. En “Normal People” aún hay mucho del Dublín sombrío de “Conversations With Friends” y también, de ese ingrediente extraño y un poco doloroso, del aislamiento que el mundo moderno trae consigo. De nuevo, Rooney analiza la vida moderna desde la marginación involuntaria de un mundo construido para favorecer a la soledad y lo hace con la convicción, que la percepción sobre la identidad es una utopía recreada en el gran espejo digital que rodea a gran parte de la humanidad y en la cual, se ve reflejada con mucha frecuencia. Para Rooney el conflicto es único y también de un raro interés humano ¿Qué ocurre con nuestros sentimientos y la necesidad de la empatía en un mundo que está más interesado en compartir información que procesarla? Claro que Rooney no asimila la idea desde lo antropológico o lo social, sino lo literario en estado puro. Y ese es su gran triunfo.

Rooney es una escritora de ficción con un considerable talento convencida del poder de la ficción como hilo conductor de la realidad, lo cual deja claro desde el primer párrafo de “Normal People”. El dolor, el esfuerzo por construir una mirada sobre lo que somos — a pesar de lo que se espera que seamos — es admirable y también, mucho más sincero que otras reflexiones parecidas. Como su par televisiva, Lena Dunham (con quien se compara a Rooney con frecuencia) la escritora busca la personalidad de la generación del nuevo milenio a través de sus procesos internos y la recrear desde la necesidad de elaborar una convicción esencial sobre lo colectivo. Todos los personajes de Rooney son cercanos, comprensibles y profundos. Mezquinos, rebeldes sin causas definidas, agotados de la independencia. Cada personaje de Rooney es una pléyade de pequeñas disquisiciones sobre el origen filosófico de la sociedad actual. La escritora lo sabe y remata el intento con algo más sagaz: el hecho de asumir que la vida tal y como la conocemos es una ilusión emocional, una promesa incumplida, una mirada cansina sobre nuestros propios terrores y la noción de la individualidad.

“Normal People” fue escrita un año después del exitoso debut de la autora y es notorio, que Rooney intenta desmarcarse como puede del libro que la hizo famosa pero sin perder lo esencial de su narrativa. Con su tenebroso, húmedo y extraño Dublín, los personajes vuelven a ser la encarnación de lo moderno y la fragilidad de la incertidumbre. La autora utiliza de nuevo un juego diálogos cargados de cultura pop para narrar el mundo a partes y también, para analizar el sufrimiento de sus pequeños desastres emocionales con una cierta mirada cínica. Quizás el rasgo más evidente de la novela, sea la emoción: la que se anuncia en la forma en que la autora analiza los sentimientos que unen y separan a sus personajes, la sexualidad como barrera y la sensación inquietante — casi plomiza — que el tiempo es una promesa vana. Rooney regresa a terreno conocido pero con la capacidad para rehacer sus elementos esenciales de una manera novedosa: esta vez el escenario es un grupo de amigos en la barrera invisible de la treintena, muy cerca de ser adultos — ya lo son, en los aspectos prácticos — pero sin atreverse a dar el paso definitivo. De forma que Frances, Bobbi, Nick y Melissa “Conversations With Friends” tienen el rostro de cualquier joven de mediana edad de nuestra época, lo mismo que la juventud agria y un poco aturdida que narra con brillante intuición en “Normal People”. Los mismos conflictos y dolores, la ambición rudimentaria de alcanzar un triunfo que no se define de manera sencilla. Atrapados en la desesperanza frágil pero llenos de la necesidad de rehacerse punto a punto, la novela fue una mirada hacia lo que somos bajo el ámbito de lo que deseamos ser, una motivación esencial en nuestra época.

En “Normal People” el grupo de amigos se resume y se acomoda: en esta ocasión Marianne — ansiosa, brillante y extraña — es un reflejo de la marginación de lo intelectual en un siglo convencido que la cultura no es del todo lucrativa. De modo que Marianne — que además tiene el aspecto afectado y pálido de las heroínas habituales de la escritora — pasa buena parte de su tiempo en el comedor escolar, con libros de Proust entre las manos, evitando ser observada mientras observa. O al menos, eso es lo que ocurre durante los primeros párrafos. Por su lado Cornell, está lleno de energía y es su completa antítesis. Hijo de la clase trabajadora y una estrella popular en los deportes, es una ráfaga luminosa que despierta la admiración de todos allí a dónde va. Entre ambos personajes la tensión es notoria: Marianne contempla el triunfo social de Cornell desde una aburrida envidia y Cornell, apenas sabe de la existencia de la chica pálida sentada al fondo de la cafetería. Pero pronto, habrá una línea que les una a ambos, las envuelva en una única mirada ansiosa. Que los define como satélites la una de la de la otra, orbitando alrededor de la popularidad inmediata, del miedo a la frontera del mundo adulto y el recelo natural por la diferencia. Marianne y Cornell podrían ser extremos de la misma idea, pero Rooney no hace las cosas tan sencillas y las condiciona a algo mucho más importancia: la capacidad de la ficción para describir lo que avanza bajo la soledad impenetrable, azarosa y casi dolorosa de una época como la nuestra.

Por supuesto, planteada así “Normal People” parece plantear el enigma borroso y abstracto. Mientras que en “Conversations with Friends” la autora parecía más interesada en establecer hilos de comunicación entre el dolor, la mirada hacia el absurdo y la vaguedad de los propósitos de la primera mitad de nuestro siglo, en “Normal People” el recorrido es mucho más introspectivo y se recorre en sentido inverso. La plenitud de los personajes se agradece pero sobre todo, la forma en que la escritora dibuja el mundo con pulso impecable, en que la descripción toma el lugar de las reflexiones interminables con cierto aire existencialista. Marianne existe en la medida de su aislamiento y Cornell en su capacidad para temer y encontrar un punto de unión con su visibilidad y la capacidad que tiene para manipular a través de su popularidad. Pero tanto una como la otra, son visiones realistas sobre la fluctuante personalidad moderna. Los villanos incluso, encuentran una pieza de realidad de enorme peso: sus motivaciones son ambiciosas, cuando no por completo pragmáticas. De modo que toda la historia se mueve hacia un realismo descarnado, pero sin perder del todo su casi tierna belleza frágil.

Para la ocasión, Rooney ha dotado a sus personajes de familias que tienen mucho de la vieja tradición inglesa sobre el conflicto escondido en medio de las paredes domésticas. Lorraine — madre de Cornell — es una especie de personaje dickensiano con toques posmodernos: insatisfecha, violenta y brutalizada por su vida como ama de casa, tiene un pasado oscuro que Rooney cuenta en pequeños fragmentos fugitivos. Madre adolescente y parte de una familia con un turbio pasado criminal, es también una mujer elocuente que encontró en la maternidad un extraño consuelo. Eso, a pesar de su terrible carácter irlandés y su extraña propensión a los bofetones. Por otro lado, la familia de Marianne es pequeña, dura y hostil. Su madre viuda anima a su hermano mayor a la agresión y la niña creció a expensas de los golpes y el maltrato silencioso. Rooney se toma el tiempo y la paciencia de dotar de un contexto creíble cada espacio de la vida doméstica, los gritos, golpes y silencios, los abrazos, besos y llantos. El resultado es una cápsula emotiva en la que cada personaje tiene un apartado y lugar propio. Mientras la madre de Cornell es sabia, brillante y llena de un sarcástico sentido del humor, la de Marianne lleva el odio como parte de su luto interminable. Ambas se miran a la distancia y el contraste cuenta tanto de los motivos y dolores de la historia como cualquier diálogo al uso. En una escena en particular, ambas familias coinciden en el Supermercado: Marianne y Cornell se reconocen con cierta incomodidad mientras que sus respectivas madres se ignoran con desconfianza. El resultado es humorístico, levemente angustioso y sin duda, aleccionador. El clasismo, el miedo pero sobre todo, la mirada invasiva de una niña sobre la otra, es quizás el puente entre la crítica social y la vida común de los personajes. Cornell y Marianne están destinados a algo más que sus madres y esa pequeña escena, la que habla sobre el futuro que les espera y el pasado que dejan atrás.

A pesar de eso, la historia no se detiene en detalles y avanza con tanta rapidez que muy pronto, Marianne y Cornell dejaron atrás la infancia y comparten campus en el Trinity College. El cambio es vertiginoso pero el lector apenas lo nota: Rooney encuentra la forma de evocar el necesario paso a la primera juventud con elegancia y sobre todo, un aire de frugalidad que se agradece y sorprende en su aguda percepción del cambio. Porque en esencia, esta novela cruda, llena de metáfora y simbolismo, pero también del peso de la vida común, es un recorrido por las transformaciones íntimas que todos sufrimos alguna vez, bajo el cariz de cierta belleza temible, esa transparencia obligatoria de un mundo sin secretos. Pero además, Rooney recorre esos pequeños espacios mentales de una sociedad que se asombra de sus pequeños despropósitos con una gentileza casi ingenua: la sensibilidad de la escritora para analizar el dolor, la ambición, la envidia, la codicia, la simple tristeza, es de una admirable inteligencia. Cornell, en todo su brillo fatuo, tiene algo de promesa rota: en Trinity College olvida el fútbol pero no encuentra una nueva motivación, de modo que avanza con torpeza en medio de un ritmo intelectual que le sobrepasa. Acostumbrado a la adoración, a reír en voz alta, a la gritar y correr, de pronto se encuentra convertida en una sombra de si misma, asustada por los enormes pasillos silenciosos y las clases interminables. “¿Que ha ocurrido conmigo?” el personaje se pasea en la disyuntiva y a medida que encuentra la respuesta, la noción sobre la fatua tristeza que la agobia, la obsesiona, la hace madurar, la deja sin fuerzas.

Por otro lado, Marianne está en su elemento. Los libros la rodean y el silencio interior se agradece. De pronto es muy obvio que Marianne será escritora y la transición de esa noción sobre la pasión que salva y la percepción del infinito interior, se hace más cercana y agradable. Marianne encuentra en la Universidad lo que jamás soñó aspiraba: esa soledad inmensa en el extrarradio, que no aísla sino que compensa la violencia anterior. Y mientras Cornell sufre y se debate entre la necesidad de reconocerse frente al espejo — del muchacho hermoso y lleno de energía, se ha convertido en un joven larguirucho y apocado — Marianne disfruta del autodescubrimiento, el placer del asombro propio. Cuando se encuentran, él es mucho más cercano a ella de lo que puede imaginar. Al contraste, Marianne encuentra en el antiguo compañero de escuela una dulzura impensable. Entre ambos, el amor es una consecuencia ajena, lenta y perpendicular. Nace de cierta ambición y no de la derrota de la belleza, la tristeza o la confusión. De modo que es sólo amor. Uno profundo, extraño pero también, tan real que sostiene por completo el argumento entero de la novela.

Porque por extraño que parezca, Rooney descubre al lector casi de manera causal que “Normal People” es una novela de amor que no pretende serlo ni sigue las convenciones del género. De hecho el romance podría o no existir y la tensión entre Cornell y Marianne continuaría siendo enorme, potencialmente asombrosa y sobre todo, convincente. Ambos aman a la manera de los jóvenes y los idealistas: sin dejar a un lado sus propias cuitas y sus pequeñas y grandes obsesiones. Pero aún así, la novela se toma el atrevimiento de hacerse preguntas discretas sobre el valor del sentimiento en un mundo que desaparece demasiado rápido. Cornell y Marianne están enamorados, pero también por la intimidad y el poder. Él va de un lado a otro en un escenario desconocido y ella le guía a través de ese enorme campus desconocido — el mental y el real — con una delicadeza que hace sonreír por su sutileza.

Algo que se agradece es que Rooney no trae a colación a la Universidad — con sus ritos de paso y dolores — sino que en realidad, asimila la idea desde el contexto que rodea a la pareja de personajes que protagoniza su historia. La Universidad es el escenario pero en realidad, no es mucho más que eso: las puertas cerradas y abiertas, la preciosa biblioteca, la soledad en medio del tumulto de estudiantes, no influyen en realidad en el cuestionamiento de los personajes. En realidad, son como pequeños fuegos fatuos, en medio de los besos y abrazos, de los rápidos diálogos y el dolor emocional entremezclado con algo mucho más emocional.

Claro está, Rooney no deja pasar la oportunidad de utilizar el entorno para recordar a los personajes sus pequeños sufrimientos: Cornell descubre una nueva jerarquía social en la que no encaja y en la que no puede competir. Marianne se hace rápidamente una estrella en el salón de clases y fuera de él. Y mientras el muchacho es recibido con cierta condescendencia por su raro acento del norte de Irlanda, su aspecto desmañado y su insistencia en hablar sólo de deportes; Marianne brilla con luz propia y se hace de un lugar que jamás habría soñado ocupar.

“Normal People” se trata de una novela sobre el amor joven y como tal, hay malentendidos, discusiones, mucho sexo y también, ese asombro recién nacido de lo recién descubierto. En manos de Rooney, también es una historia sobre la añoranza, la autoconciencia y el asombro de lo que podemos ser en las condiciones adecuadas. Todo revuelto y mezclado entre la alta tecnología de nuestra época y las largas conversaciones ingeniosas en las redes sociales. Al final, para Rooney “Normal People” es algo más que una búsqueda de identidad, es una noción sobre la propia existencia en medio de las pequeñas grietas de lo que nos sostiene intelectual y emocionalmente. La capacidad de Rooney para mirar con atención desde la distancia — esa brecha insalvable de la era de las comunicaciones — es asombrosa, amable pero sobre todo, audaz. Quizás el elemento más asombroso de una novela en que el amor, el miedo y la percepción del futuro se entrelazan entre sí para elaborar algo más extraño: una versión de la realidad en la que todos somos protagonistas o al menos, podemos comprendernos como tal.