Crónicas de la lectora devota: Recomendaciones literarias y la larga tarea de sobrevivir.

Una vez, uno de mis editores me dijo que “la literatura no salva de nada”. Lo dijo con su extraño sentido del humor convertido en una especie de sermón invisible. O al menos, no le encontré el sentido por ninguna parte. Me encogí de hombros, un poco desconcertada.

— De todas las personas del mundo, tú deberías creer lo contrario.
 — No, en realidad es justo lo que me ha enseñado todo mi trabajo — explicó este poeta y articulista barbudo, de risa fácil y ojos curiosos — la literatura es lo que haces de ella, lo que concibes de ella. Nada más. ¿Qué te puede salvar leer si eres quien eres quien tiene la última opinión? Te salvas tú mismo, como un náufrago con las piernas rotas.

Una imagen tremebunda, pensé con cierto sobresalto. Mi editor se echó a reír.

— Que cara pones.
 — La literatura ha sido durante más de la mitad de mi vida, una especie de espacio insular — insistí — no conozco otro lugar más seguro y otro espacio más querido. ¿Cómo puedes decir que no te salva de nada?

Tuve un recuerdo muy claro: era una niña muy pequeña y estaba sentada junto a la ventana cerrada de la habitación de mi abuela, aferrada al libro “El Mago de la cara de vidrio” de Eduardo Liendo. Lo leía con los ojos muy abiertos, las manos aferradas a la solapas de cartón casi con excesiva fuerza. Tenía mucho miedo. No del libro — es una historia preciosa y divertidísima — sino a lo que ocurría al otro lado de la ventana. El veintisiete de Febrero de 1989 — la gran sacudida social en Venezuela — estaba en pleno apogeo y en la calle en la que vivíamos, se escuchaban detonaciones y gritos. Un local ardía con un fuego sin humo dos calles más allá. Había sirenas, breves estallidos inexplicables. En mi casa, abuela hablaba en voz baja y angustiada, mi madre lloraba. Uno de mis tíos caminaba de un lado a otro, rígido y aterrorizado. Pero yo estaba aferrada al libro, a la historia de Liendo, a la ventana que se abría hacia otro lugar, otro tiempo. Hacia las palabras. Protegida por algo más poderoso y simple que el terror.

— Eso es poético y novelado, lo sabes — dijo W. con una carcajada. Puse los ojos en blanco.
 — Me lo dice el hombre que convirtió Caracas en una mirada sobre la tristeza — respondí refiriéndome a su poemario. Se encogió de hombros.
 — Me salvaba a mi mismo. La literatura no tiene nada que ver en esto.

Tiene que ver en todo, me digo justo ahora que escribo sobre la conversación. Acabo de leer “Enigma Variations” de André Aciman y quedarme prendada de su descarnada manera de concebir el amor. No sólo el romántico, sino el obsesivo, el extraño, el que está escondido en los breves pliegues del miedo convertido en algo más. ¿Miedo? Y sí, amor, dice Aciman a través de su personaje Paul, obsesionado y maravillado por el deseo y los vicios de la lujuria. Hay un límite entre todos los terrores y placeres, dice con esa prosa suya deliciosa y libre. El amor que existe para crear — ¿ser? — un límite. El sufrimiento para darle forma al mundo. Y en mitad de todas las cosas, esa noción de la esperanza. Un hermoso libro, me digo con un suspiro. Una sensación blanca sobre algo más profundo que la añoranza.

El libro de Aciman me salvó — en el sentido exacto en que pueden salvarte las cosas hermosas — de un colapso nervioso. La semana pasada tuve que enfrentar una crisis moderada en mi vida profesional y una más compleja en mi vida personal. La grieta entre ambas cosas, me golpeó directo en mi poca estabilidad mental. Y allí estuvo el maravilloso libro de Aciman, para sostenerme — o servir de piso, quién sabe — para lograr avanzar hacia otro lugar de mi mente. Para evitar el llanto — no siempre — y después, confirmar y satisfacer el alivio. La literatura salva, me digo colocando el libro en mi biblioteca. Salva y de qué manera.

— Estás obsesionada con leer — dice mi amigo R. mientras me echa una mano con una exposición fotográfica en la que participaré — eso es bueno y malo. Tus listas de libros son preocupantes.

“Preocupantes”, bueno, me digo. Nos encontramos en la sala en penumbras de la galería en la que expondré mi trabajo y mis fotografías flotan en la pared blanca. Una mujer enterrada en un cúmulo de tierra de aspecto siniestro. ¿Esa soy yo? me pregunto mientras miro las imágenes. Me ocurre con frecuencia esa dicotomía, esa escisión entre la mujer que soy y la que muestra mi trabajo de autorretratos. Lo contemplo, de mal humor y después, con un infinito sobresalto. ¿Cómo ocurre esta desconexión? ¿Esta sensación de…?

Cuando tomé las fotografías, estaba leyendo la novela “Los privilegios” de Jonathan Dee, un recorrido de prosa exquisita sobre los dolores de la adultez y de lo que recién descubres. Mientras lo hacía, imaginé a la pareja recién casada, hundida en los miles de pequeños ritos del tránsito a la adultez, barridos por la tormenta de la vida como se supone debemos vivirla y no, como la vivimos. Es un pensamiento extraño ese, que he tenido más de una vez y que de hecho me atormenta con frecuencia. Pero allí está de nuevo, en blanco y negro. Entonces pensé en la muerte — como me ocurre con frecuencia — en la muerte convertida en algo más, con el tiempo finito de todas las cosas naturales elaborada como algo más sincero. Somos adultos que no sabemos cuándo ocurrió el tránsito, me dije. Una muerte pequeña. La primera imagen que tuve de la fotografía — de la serie fotográfica, más bien — surgió de uno de esos párrafos perdidos. Se hizo real en la historia de la pareja que tiene tanto terror a la línea de la vida que se desperdiga de un lado a otro, como a la muerte que se insinúa. De modo que la muerte, me dije. La muerte que está allí, aunque no lo notemos. La muerte real.

— En realidad, no hago otra cosa que leer — le explico. Y es cierto. Una verdad simple y un poco monótona. Es un hábito infantil que al crecer se convirtió en obsesión y también en mi profesión — es lógico que mis listas sean largas, medio dementes y sin sentido.

R. se echa a reír. Se inclina, se asegura que mi fotografía esté perfectamente derecha en medio del espacio interminable de la pared blanca. Mi pecho cubierto de tierra, tiene un aspecto desamparado e inquietante. Una especie de dolor aciago que no sé explicar con detalle. Mi amigo se vuelve y me echa una mirada jocosa.

— La lista que incluíste en la entrevista esa que te hicieron, es para acojonarse.

Se refiere a una pequeña entrevista que me realizó F., un buen amigo en común. Entre una veintena de preguntas, había la habitual ¿Cual es tu libro favorito?, transformada para la ocasión en “¿Cuales son tus favoritos?”. Mi amigo F. me conoce desde hace años y creo que no hay una sola ocasión en que no me haya visto con un libro entre las manos. Así que el cuestionario habla de libros, no de libro. Y me explayé. ¿Por qué no hacerlo?

— Son los libros de siempre, lo de la escuela, los de la Universidad. Cualquier adulto interesado en la literatura ha leído todos alguna vez.
 — Yo no lo hice — se echa a reír.
 — No te interesa la literatura. 
 — Sí me interesa — me hizo un guiño — a ti te obsesiona.

Me encojo de hombros, caminamos juntos fuera de la sala con olor a pintura fresca y un enorme ventanal cubierto de flores. Me detengo con cierta sensación de angustia.

— A veces la literatura puedes ser todo lo que tienes — que dramático suena eso, me digo — o mejor dicho, te sostiene cuando nada más lo hace.

Muy dramático también. Pero es cierto. Es lo que me ha ocurrido buena parte de mi vida. Pienso en aquella ocasión en que leía “Relatos” de Thomas Bernhard y pasé semanas obsesionada con sus historias sobre la degradación de la sociedad, el temor y el crimen. Un crisol que en mi país conocemos de sobra, pero que Bernhard narra desde una dureza iniciática que desconcierta. El crimen no ha existido hasta que lo he descrito, parece decir el escritor mientras avanza por todo tipo de asesinatos, dolores y horrores de una ciudad parecida a la mía. Un génesis hipotético que la literatura descubre con cierta renuencia. Amé desesperadamente el libro. Lo llevé a todas partes. Por último, tuve una rara sensación visceral de rechazo y lo abandoné en un puesto vacío del Metro de mi ciudad. Me quedé junto a la ventanilla para mirar el libro abandonado y me sentí mejor cuando me libré de él. ¿Como explicar semejante idea a nadie? ¿Cómo hablar con alguien de una experiencia tan privada? Todo libro es una relación afectiva. Cuando se rompe, los trozos llevan tu nombre.

— Te gusta leer porque es una forma de pensar en consonancia con la de alguien que admiras — dice mi amigo R. Pide en la barra del café de la galería una taza de café. Me la extiende con un gesto amable — eso es algo bueno y algo malo. Al final, vives en los libros, no para leer. ¿No piensas eso?

A veces, claro. Lo pensé cuando leí “De profundis” de Wilde una y otra vez en los agónicos meses después de la muerte de mi abuela, probablemente la persona que más he amado en mi vida. Wilde estaba destrozado, trastornado por la angustia, devastado por la pérdida. Y yo también. De manera que leí y leí el libro hasta que memoricé cada palabra, todas las imágenes. Lloré tendida sobre el libro. Lo arrojé a las paredes — y luego lo recogí del suelo, muy avergonzada — , lo releí en todas partes. Escuché a Oscar Wilde en mi mente, en mis manos. En todas partes. ¿El consuelo llegó? No, pero si la comprensión.

Otro tanto me ocurrió con “También esto pasará” de Milena Busquets, que leí hasta que rompí las hojas del libro en agosto del 2016. Un hombre al que había amado muchísimo — y seguía queriendo de cierta forma — murió y el libro de Busquets — sobre el duelo, la vida, pero sobre todo, sobre la esperanza añeja — me consoló cuando nada pudo hacerlo. En esta ocasión no lloré con el libro entre las manos, sino que lo leí, obsesionada y febril, todas las veces que pude. Lo hice una y otra vez: abría la primera página una vez cerraba la solapa. Un ciclo interminable que acabó mal también. El libro terminó — y su dolor — terminó encerrado en una gaveta. A Cal y canto. Como el sufrimiento enajenado y confuso que me hizo amarlo y odiarlo en rápida sucesión.

— ¿Eso es malo? — pregunto a R. 
 — Es raro — responde sin comprometerse.

Sí, es raro, me digo. Lo hago unas horas después, comenzando a leer la nueva novela de Stephen King “Elevation” (una mezcla de suspense con algo más agridulce) y de pronto, me encuentro rememorando toda mi experiencia con el autor. Con sus historias más bien. Como suelo hacer con cada autor que amo, en una ocasión pasé casi tres meses leyendo exclusivamente la obra de King. Todos sus libros y cuentos, ensayos, cartas, artículos. Con la atención del obsesivo. Lo hice por orden cronológico y noté como el autor creció, envejeció, mejoró, encontró sus obsesiones. Lo mismo he hecho con cada escritor que ha llegado a mi vida para trastornarla: Lo hice con Virginia Woolf aún siendo una niña que no comprendía sus novelas, después Mishima, con Kawabata — uno después del otro, sin más ni menos -, con García Márquez, Borges, Palahniuk, Somerset Maugham, incluso con la vulgar Anne Rice. Llegué a Clarice Lispector aturdida y maravillada, un año después de recibirme en la Universidad y también leí cada una de sus obras. Poco a poco, encontré que esas largas obsesiones y desencantos, tienen su norte, su belleza e incluso, su fecha de expiración. Al final, las palabras son palabras y forman mundos. Uno más grandes que otros, uno más dolorosos que hermosos. Pero mundo al fin.

Eso lo pensé con mucha frecuencia mientras leía “Cosmópolis” de Don DeLillo. Me obsesioné de tal manera con el libro que terminé abrumada por la sensación de paranoia imposible, la concepción extraña y voluble del mundo tal y como lo conocemos. Me asustó, me cerró la garganta de inquietud. Y me prometí no leer de nuevo al autor de inmediato. “No es bueno para mi salud mental” escribí como si de un consejo bien intencionado se tratara, cuando tomé apuntes para más tarde reflexionar sobre la novela. Por supuesto, no pasó de una mera promesa rota: dos semanas después leía en rápida sucesión “Contrapunto”, “Teatro” y “El hombre del salto”, que no sólo me provocaron una recurrente sensación de angustia existencial sino que convirtieron a las narraciones de DeLillo en algo cercano a la obsesión. ¡Las encontraba en todas partes! Resulta curioso — y malsano — que un escritor dedicado a narrar los peligros sobre la alineación pudiera de alguna manera, alienar mi mente en un único estrato: el mundo se nos viene encima, se desploma, nos aplasta. No vale la pena correr, mucho menos sufrir. Sólo admirar la caída. Que poco convincente esa máxima.

Hace una semana, estaba releyendo a “Grotesco” de Natsuo Kirino (una cruel fábula sobre los misterios de la obsesión) cuando tuve que tomar una decisión dolorosa pero inevitable. Cerrar ciclos no se me da demasiado bien (en realidad, soy poco objetiva en cuando debe ocurrir algo semejante), de forma que tomar la decisión de abandonar un proyecto predilecto para mantenerlo vivo me dejó entre aturdida y desconsolada. Las palabras de Kirino me saltaron a la cara “Nada es tan perfecto como el horror que construimos a ciegas” dice Yuriko Hirata, con su despiadada belleza al servicio de la perversidad. Y lo creo, aturdida y tan agotada que creí no podría levantarme de la cama por semanas enteras. Pero unas horas después, ya estaba tomando apuntes para un artículo futuro, leyendo de nuevo. Aferrada a la vida. A las hojas. A las palabras.

Eso me pasa con frecuencia cuando hojeo mis libros favoritos. Hoy estuve releyendo “Por el camino de Swann” de Marcel Proust y de inmediato, sentí que regresaba a una etapa de mi vida olvidada y casi desdeñada de todos mis recuerdos conscientes: mis años en el internado donde cursé la enseñanza básica. Sosteniendo el libro en las manos, acaricié la recia solapa de cuero y tuve la escalofriante sensación que la mujer que soy, se reencontró con la niña que fui, en una especie de extravagante juego de espejos. Miré fijamente mis rostro pálido y menudo, el cabello revuelto y largo que aún conservo. Sentí un poco de miedo ante el uniforme impecable, las manos pequeñas aferradas al libro con fuerza. La mujer que soy soltó un respingo y casi sintió dolor, ante la sensación de soledad entre ambas imágenes.

Abro el libro. Las páginas revolotean entre mis dedos. Encuentro mi párrafo favorito con rapidez. Comienzo a leer:

Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban las reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V

Suspiro, el olor de los viejos árboles del colegio me abruma. El viento golpea las ventanas, aquí, en el tiempo que me pertenece. Pero la niña vuelve la cabeza y observa los cristales, sus grandes ojos asombrados. ¿Quién era entonces? me pregunto. El rostro de expresión adusta, una niña sin edad. Cansada, un poco atormentada, pero tan viva, tan llena de energía voraz, la necesidad de creer y crear. Soy yo, en este ámbito de las cosas, en este pequeño estrato de la forma. Ambas aquí, perdidas, encontradas, vinculadas por un lazo de amor y temor. Ambas, la mujer y la niña que soy yo.

Cierro el libro. Suspiro. De nuevo, soy la mujer pálida y satisfecha en que me he convertido. La imagen en el espejo me devuelve una discreta sonrisa. Vivo, me alzo sobre mi incertidumbre, soy la fina muesca en la roca, donde se sostiene mi razón. Y por supuesto, siempre con un libro entre las manos. Una barca en medio de la oscuridad. Una esperanza sin sentido e incluso sin verdadera sustancia, pero tan profundamente importante. Un suspiro. La vida que transcurre. Dos espacios. Yo.