Crónicas de la loca neurótica:

El primer paso hacia lo inimaginable:

La galaxia W2246–0526, una de las más luminosas captadas por la ciencia.

Nací en una familia de científicos, a pesar de las raíces paganas que menciono con frecuencia. O quizás, debido a eso. El hecho es que casi todos mis parientes están relacionados de una manera u otra con la ciencia: Uno de mis tío es un físico teórico, otro es químico con una especialización en cálculos estocásticos (que viene a significar los efectos de la luz sobre la materia, bastante poético), mi tía mayor es neuróloga y la más joven, microbiologa. De modo que pasé buena parte de mi infancia, rodeada de cálculos científicos, hipótesis y largas discusiones sobre el mundo visto a través del telescopio (o el microscopio). De modo que estoy convencida que la ciencia es una traducción de la vida tal y como la conocemos. Una versión de la realidad que se entrelaza con la religión y el mito, que vincula lo que creemos — esa maravilla abstracta tan cercana al delirio — con lo que sucede. La combinación supongo es lo que yace bajo los prodigios de la mente humana.

Sí, sé como suena eso. También me pareció disparatado la primera vez que lo pensé. Recuerdo que acababa de leer una biografía muy sencilla sobre Galileo Galilei y había llegado a la gran conclusión que imagino, todos llegamos en algún punto de nuestra vida. ¿Cada cosa que consideramos extraordinaria está destinado a ser explicada? Tenía doce años y ya por entonces, era una gran fanática de la Ciencia Ficción, asombrada con la posibilidad de la vida en otros planetas, la tecnología y convencida que, antes o después, la ciencia podría reconstruir la forma en que nos comprendemos por algo más asombroso. Dicho en palabras sencillas: no tenía dudas que bajo su inofensiva apariencia de interminables reflexiones sobre la materia, lo invisible y lo tangible, la ciencia estaba destinado a cambiar cada cosa que conocía. ¿Podría pasar algo así?

— No todo es explicable por el método científico. 
 — Tu crees lo es. 
 — La hipótesis sugiere que sí, pero eso no quiere decir que sea necesariamente cierto.

A mi tia, la microbióloga, le gustan las discusiones. De hecho, en ocasiones pienso que le gusta argumentar por las mismas razones que un buen abogado: para encontrar el filón desigual en el argumento. Así que no me sorprende que haya de pronto, decidido dejar en claro que aunque basa su vida profesional en el método científico, no cree que sea del todo definitivo ni mucho menos, realmente necesario para explicar lo que nos rodea. Nos encontramos en su destartalada casa al este de la ciudad, sentadas juntas frente al jardín descuidado. Mi tio ya perdió el ímpetu para enfrentarse a la maleza y prefiere pasar de vez en cuando la máquina, pero sin ninguna intención estética. El resultado, es un feo (muy feo) paisaje de brozas, matorrales medio secos y arbustos sin formas que se trepan a una vieja reja oxidada. Una imagen que en lo personal me parece preciosa.

— O sea qué ¿sólo eres científico en el laboratorio?
 — Soy un ser humano pensante muchacha. No necesito que nadie me diga que concluir, así mi trabajo lo parezca.

No sonríe cuando me dice eso, pero le noto el humor. Suspiro, sin saber como redondear la idea que me viene a la mente. Recuerdo la vieja biografía para niños de Galileo: en el capítulo en que el genio declaraba que la Luna giraba alrededor de la tierra y esta a su vez, alrededor del sol (y no al contrario), el ilustrador había dado vida a la perplejidad de la época con un grupo de rostros distorsionados: la boca y los ojos muy abiertos, alguien que lloraba, un niño pequeño que miraba horrorizado al viejo con barba. ¿Así había sido? Es probable que sí. Nunca dejé de preguntarme por qué la ciencia asusta de tantas formas. Y por qué para los científicos el dilema de la ciencia — como respuesta para todo — no está del todo claro.

— Porque somos gente inteligente — responde mi tía — ¿qué me quieres decir? ¿qué por qué creo que no todo es tan sencillo como lo dice el libro de biología?
 — Mi abuela decía que Dios está en las matemáticas. 
 — Porque se lo leyó a Carl Sagan. 
 — Porque lo creía.

Mi tía sonríe. En realidad, mi abuela creía que la Diosa estaba en las matemáticas, esa potencia creadora y creativa, más cercana a la tormenta y al rayo que al mecanicista Dios del catolicismo. Es una idea hermosa y muy vieja. De hecho, mis tíos y tías también lo creen. Todos son paganos — sin bautizar y más cercanos a cierto grado de agnosticismo — y creo que al menos la mayoría, tiene sus dudas sobre lo absoluto de la versión de la ciencia sobre el Universo. ¿Qué quiere decir eso? Como bien dijo mi tía, mi abuela estaba convencida que el Infinito era Dios (la Diosa), como un concepto imposible de concebir para algo tan básico como la mente humana. “A la Diosa se le concibe desde las ciencias o el arte” me dijo una vez mi abuela, que sí, era una gran fanática del autor de Cosmos y me obsequió el libro y también “Contacto” apenas estuvo segura podría entenderlos bien. “Hay algo que el hombre solo roza cuando analiza lo artístico o llega a un descubrimiento científico” añadió. La frase me pareció extravagante. Después, poesía pura.

— Te lo dije, tu abuela debió ser poeta. 
 — Pero prefirió ser bruja. 
 — Pues claro.

Mi tío nos trae una bandeja con jugo de naranjas. Siempre he dicho que es un poco como beber luz y cuando tomo el vaso entre los dedos, me sorprende ese pensamiento. Lo he tenido desde muy niña y lo tuve por primera vez en el estudio de mi tío, el físico teórico, mientras me hablaba de la capacidad de la luz para “transportar información”. “La luz lo es todo” lo explicó “el sonido es su par y juntos crea una idea sobre los límites del universo”. Tenía ocho o nueve años y no entendí nada. Pero recuerdo que después, lo recordé al beber el jugo de naranjas de mi abuela, que era tan diáfano como ligero, servido en un vaso de cristal. “Bebo luz” me dije en esa ocasión. La idea aún me parece mágica.

— Mira, la magia y la ciencia están relacionadas porque tienen por base el asombro. ¿Te crees que las brujas mezclaban hierbas para invocar misterios? Lo hacían para saber que pasaba.

Eso lo sé. Mi tatarabuela me dijo en una ocasión en que había terminado siendo madre de una inmensa prole de diecisiete hijos porque no le permitieron ser médicos. “Pero con tantos hijos, te las tienes que arreglar” me contó, con su voz cantarina y todavía con el acento belga muy notorio. “Mezclé hierbas, comidas. Aprendí de la ciencia tanto como de las antiguas tradiciones. No hay nada que no pueda entenderse, sólo que para hacerlo, necesitas dejar de creer que todo tiene explicación”.

Ah sí, a Paula le encantaban los acertijos y ese en particular jamás lo entendí. Mi tia suelta la carcajada cuando le recuerdo la célebre frase de Pau, que murió a la venerable edad de cien años, todavía mezclando hierbas en la cocina y haciéndolas beber a mis numerosos primos o como sean se llamen los parientes en ese grado de consanguinidad.

— Lo que Paula quería decir es que evidentemente todo es explicable, pero eso no quiere decir que tu puedas entenderlo — me dice. Toma su jugo, me mira — la ciencia abre puertas pero deja cerrada otras mil. Y eso es bueno. La gente necesita aspirar a las preguntas. Es necesario. 
 — Por eso sobreviven los que creen en Ovnis y esas cosas — le digo. Mi tia enarca la ceja. 
 — Están en su derecho. 
 — No digo que no. 
 — Lo que dices es que tu creencia sobre la vida en el Universo supera las más sencillas de luces en el cielo — insiste mi tía — pero el punto es, que al final todo apunta a lo mismo: hay algo que no se explica en este entramado de las cosas. Llámalo Dios, Ovnis o el Yeti. Es lo mismo. Pero la incógnita sigue allí.

El Científico húngaro Zoltán Galántai teorizó durante buena parte de su vida sobre la posibilidad que cualquier inteligencia extraterrestre, sea por completo inexplicable para nuestra percepción del hombre y por el hombre. Una y otra vez Galántai asumió el hecho de la existencia — la versión del bien y del mal, la incertidumbre de lo desconocido y sobre todo, la concepción sobre la identidad — como una serie de elementos angulares hipotéticos que se basan en la percepción del hombre sobre lo que le rodea. O lo que es lo mismo, el hecho de especular sobre todo tipo de posibilidades y razones, más allá del tiempo y la creación del futuro a partir de teoremas más o menos lógicos. En resumen, somos lo que imaginamos y más allá de eso, lo que podemos concebir de manera coherente como percepción de nuestro entorno. Una mirada hacia lo imposible y lo indefinible basada en nuestra imaginación y nuestro intento por explicar lo inefable. Una forma de magia, quizás.

Lo mismo pensaba Arthur C. Clarke, que insistió en sus célebres leyes que una tecnología muy avanzada es indistinguible de la magia. Pero a la vez, Clarke meditó sobre el hecho que el hombre asume la realidad desde sus cuestionamientos y disquisiciones más primitivas, por lo que en esencia, elaboramos ideas complejas a partir de lo que comprendemos como realidad. Tal y como insistía el gran filósofo ocultismo Robert Fludd, la imagen del infinito y el vacío insistente es la mera ausencia de cualquier idea que pueda conceptualizar la realidad. Fludd también insistió que incluso, fenómenos físicos y naturales por completo medibles, pueden analizarse desde cierta óptica de la maravilla. En lo que coincide con Clark, que llegó a decir que una tecnología aún más avanzada de la que podemos imaginar — y en su momento, podía predecir a través de la literatura — era una predisposición a pensamiento mágico, indistinguible de las propias leyes de la naturaleza (e incluso manipularlas de forma imperceptible). Una noción que abarca desde lo que creemos es la realidad (o en el mejor de los casos, lo que asumimos como una idea perenne sobre la individualidad) y el hecho básico del futuro a través de una hipótesis incierta.

— Eso es lo mismo que decía mi mamá sobre la Diosa: está allí pero la entendemos a través de la ciencia pura — me responde mi tía — todo tiene una explicación inherente y coherente. Pero no la abarcas. ¿O sí?

Hay una historia que me gusta muchísimo sobre Shiva danzante, la Diosa hindú. Según algunos mitos, Shiva creó el Universo bailando y lo hizo a través de sonidos y percepciones de luz. Bailó y bailó hasta que todo lo que conocemos como real, nació de un estallido. Cuando el CERN celebró el Bosón de Higgins, pensé en la imagen de Shiva dentro de su círculo de danza, entre las estrellas a punto de nacer. ¿No es la misma idea judía de “Al principio, sólo era el verbo”? Lo que podías entender, en todo caso. Sacudo la cabeza y tomo un poco más de jugo. Mi tía ríe cuando le comento lo que pienso.

— Te encanta confundirte con esas cosas ¿no? 
 — Es parte de la historia. 
 — La historia son capas de olvido.

Soy pagana, lo que equivale a decir que no soy monoteísta. Por supuesto, que el término parece abarcar muchas más cosas — sobre todo cuando la palabra pareciera relacionarse directamente con cierta raíz cultural abstracta — pero en realidad, se trata sólo de eso. Creer o no creer sobre la existencia de un ente supremo. Y yo creo, sin duda, pero además me hago muchas más preguntas de lo que las religiones sacras suelen permitir. De hecho, mis creencias podrían clasificarse dentro de cierto panteísmo histórico y una enorme curiosidad espiritual, que me ha llevado finalmente, a convencerme que lo que sea exista más allá de la simplicidad del pensamiento humano, es mucho más científico que divino, mucho más complejo que sutil. Pero sobre todo, más relacionado con la raíz de lo que asumimos real, que cualquier otra cosa.

¿La divinidad la creamos en nuestra mente, según ese planteamiento? No lo sé. Es una idea sugerente que no termina de explicar — o al menos no de manera que me satisfaga — la manera en que todos estamos convencidos de alguna u otra forma, que hay algo más de lo que podemos percibir con los cinco sentidos. Puede que sí, que el universo sea una ecuación diferencial con una sola incógnita pero también, puede ser que sea una pluralidad de expresiones de la misma cosa, creadas y construidas a parte de algo más poderoso y elemental.

En mi caso, el paganismo me permite hacerme todo tipo de preguntas. De vez en cuando, me imagino como sería un mundo donde la divinidad fuera femenina. No me refiero claro, a un pensamiento prejuiciado o determinante — siempre es bueno aclararlo — sino a una simple pregunta académica. Hay pocas experiencias al respecto: quizás las tribus del Congo que tan bien documentó Margaret Mead, o los pequeños pueblos perdidos de las Islas Canarias donde la Curandera y la Divinidad como mujer y creadora, es parte de las creencias culturales. De resto, apenas tenemos memorias de los tiempos donde Dios era mujer, donde el mundo se paria — una imagen casi literal — de un vientre fecundo universal y misterioso. Una idea de la Divinidad creacionista, salvaje, poderosa e implacable, pero de alguna manera justa, en contraposición con la visión masculina de Dios: mecanicista, cruel, déspota y en ocasiones vengativo.

Muy probablemente hablamos sobre un tema de sabiduría, conocimiento, la cualidad del saber y el aprender como base de esa religiosidad natural a la que todos somos proclives. La posesión de la sabiduría — o conocimiento esotérico — a menudo a sido fuente de consuelo para los perseguidos y por momentos, el género femenino lo ha sido. Durante siglos enteros, la mujer careció de poder de decisión, fue una niña moral y social hasta que progresivamente comenzó a liberarse de los eslabones de una larga cadena de ignorancia. Aun así, continuó siendo perseguida, como bruja, como puta y ramera. Necesitaba un refugio y de alguna manera lo obtuvo, de un lugar bastante inesperado: La Kábala y su poderosa representación de la mujer: La Matronit.

— Ya te salió lo feminista — se burla mi tía. Me echo a reír.
 — No es eso, es importante. 
 — ¿Por qué es mujer?
 — Porque tiene sentido de equilibrio.

Me explico: La Kábala — esa palabra que abarca el misticismo simbólico judío — surgió en la Edad Media y se hizo popular entre rabinos y comunidades de distintas partes de Europa por su poderoso contenido ocultista. Para entonces la Matronit o matrona se había convertido en la manifestación más popular de Shekhina (que fue la primera versión de cualquier diosa femenina en el oriente medio) y de la misma manera que después lo haría la virgen María, obraba milagros y era adorada por su generosidad y gracia. Pero lo interesante de esta personalidad femenina divina, era su poder para “unir el universo en un tejido reconocible” lo que me recuerda sin duda, a la teoría de las cuerdas. Después de todo, según la Tradición judaica, cuando Dios se retiró a un cielo inaccesible después de la destrucción del templo de Jerusalén, la Matronit permaneció en la tierra con sus hijos. “Crear un gran tejido de todo”.

— Ya estás buscando explicaciones disparatadas a mitología antigua — se burla mi tía. 
 — No, espera. Todas las religiones han creído que hay un hilo conductor en el mundo. Que une y se extrapola en todas direcciones. 
 — Lo sé, pero no todas las religiones hablan del tema. 
 — Al menos concuerdan en eso. 
 — Es como la idea de la conciencia colectiva en los animales — dice mi tía — ¿eso es lo que piensas? ¿Somos un panal de algo divino?

Según el Zohar — texto místico hebreo del siglo XIII — es el cuarto elemento del tetragrama de la Kábala, simbolizada por las cuatro letras del nombre de Dios: YHWH: La Y representa al padre/Sabiduría, la H a la madre / comprensión, la V al hijo / la belleza y la H a la hija / monarquía.
La Matronit también tiene un carácter Cuádruple, lo que permite compararla con la gran Diosa de Oriente Próximo en sus diversos aspectos. Es virginal y voluptuosa, maternal y destructiva y las descripciones la convierten en una figura fantasiosa: Pura hasta que el suplicante despierta por primera vez sus deseos y la convierte en una Ramera para gratificarse, la Matronit recupera la castidad cuando él está ausente, aunque satisface su necesidad de ser tranquilizado y es su superprotectora. Y crea a través de la luz de sus deseos y une al mundo a través de un hilo conductor de “puro poder que le una al mundo”.

Resulta cuando menos curioso que el judaísmo — una de las religiones más restrictivas con respecto a la divinidad — tuviera una figura femenina tan fuerte y complementaria de la idea divina masculina. Y más intrigante es aún, esta idea más amplia que la Metronit representaba protección, la ternura e incluso, de deseo. ¿Cuantas otras Diosas femeninas, identidades religiosas con nombre de mujer se han perdido en el tiempo y podrían ofrecernos una visión nueva a nivel cultural? Esa pregunta me inquieta con frecuencia, o mejor dicho, me apasiona el pensamiento que quizá el rostro de esa Diosa primigenia, muda y desconocida, sea parte de nuestra cultura de una manera que apenas comenzamos a entender. Pero más que eso, me intriga pensar en el hecho que esa Diosa femenina — cualquiera sea su nombre — siempre simboliza la luz, la concentración de toda la fuerza, la percepción inusitada de algo más poderoso y perpetuo. ¿La creación definitiva?

— De mayor, chochearás como tu abuela — dice mi tía — ya lo haces de jovencita. 
 — Quizás chochear sea una forma de reflexión divina — me río. 
 — Menos mal que tu abuela jamás te escuchó decir eso.

Ella también ríe y mira el jardín descuidado. Divagaciones sin sentido, sin duda, pienso en ocasiones con una sonrisa. O un recuerdo de una conciencia primitiva que sin duda reconoce su antiguo lenguaje: la creación.


Hace un rato, mi tía me envió por un mensaje de texto, la curiosa imagen de una especie de circulo naranja que rodea un centro de oscuridad temible. “La Diosa” dice el mensaje. Más tarde, descubriré que se trata de la primera fotografía real de un agujero negro, un portentoso logro científico que me deja sin habla por un par de minutos. Cuando me recupero de la sorpresa, respondo a mi tía lo primero que se me ocurre.

“La luz demostró lo imposible”
“Sabias que me dirías una cosa semejante”

Pero ella sabe a qué me refiero. La fotografía no se trata sólo de una hazaña científica histórica, sino también la comprobación práctica de cada una de las hipótesis que sostiene la teoría de la relatividad. La imagen muestra con exactitud lo que Einstein había anticipado hace casi sesenta años atrás: Los objetos de enorme masa y densidad gravitacional, pueden deformar el espacio y tiempo a su alrededor. El resplandor naranja que rodea el centro oscuro del agujero es, de hecho, una distorsión de lo que conocemos como realidad. Imagine por un momento que el tejido de lo concibe por real sea capaz de modificarse a un nivel cuántico lo suficientemente profundo para abrir otros espacios o modificar el teorema del tiempo. En otras palabras, el agujero negro de la Galaxia M87 demuestra la existencia de multiversos (la realidad escindida) y además, el hecho de lo que conocemos como “tiempo” pueda analizarse como un vector por completo nuevo: la posibilidad del viaje temporal (que matemáticamente es posible, y sólo hacia adelante)

De modo que gracias al proyecto Event Horizon Telescope (y el trabajo de 200 científicos) llegamos al borde mismo del Universo conocido. Ahora, avanzamos hacia algo más asombroso y extraordinario. Una posibilidad infinita.

“Ya vienes con tus romanticismo de niña escritora” responde mi tía a un mensaje en el que trato de resumir mi entusiasmo. Me hace reír el tono que imagino tendría la frase en su voz.

“¿Estamos conscientes que hoy cambió la historia de la ciencia?”
“La ciencia cambia todos los días. Por eso el baile de Shiva siempre era distinto”.

El pensamiento me emociona. No se trata solo de la proeza de captar una imagen de un agujero negro, sino de sus implicaciones. El cálculo de su masa y la forma en que responde a la luz, demuestra por completo la teoría de la relatividad de Einstein, además de las conclusiones obvias del hecho que la materia y el espacio sean curvos y el tiempo, una propiedad numérica. A partir de hoy, la posibilidad de multiversos es evidente, así como la de entender el tiempo como algo más que una línea unilateral.

“Pequeños milagros” dice mi tia. Leo el mensaje un paz de veces antes de responder.
“¿Ya chocheas?”
“Quizás”.

Miro la fotografía del agujero negro y pienso en mi viejo asombro, aún intacto. Y también en el asombro de todas las épocas, los milagros tan cercanos. Tan cerca del mundo de los prodigios, me digo. Y aún tan lejos de cualquier explicación real, supongo. Eso es bueno, quiero creer. O al menos, lo suficientemente estimulante para que el mundo continúe haciéndose preguntas.

Soñando, tal vez.