Crónicas de la nerd entusiasta: Todas las razones por las que “Hot Summer Nights” de Elijah Bynum demuestra que Timothée Chalamet será el actor más prominente de su generación.

La noción de arraigo suele analizarse en el cine desde dos perspectivas opuestas: desde el dolor de la pérdida, a la melancolía del reencuentro con una idea mucho más fuerte y poderosa, quizás una forma de identidad. La película “Hot Summer Nights” del debutante Elijah Bynum es una combinación de ambas cosas, pero también una exhaustiva reflexión sobre la vida y la muerte, la juventud y la soledad, en clave de thriller descarado y sin cortapisas. Para Bynum, parece ser de enorme importancia englobar lo que se recuerda — esa noción sobre el pasado y la pérdida que se transforma en un discurso elaborado por derecho propio — y además, añadir la percepción del tiempo que transcurre como una versión de nuestra individualidad que crece y se construye a través de una idea casi abstracta. Bynum no sólo medita sobre los pequeños y grandes recuerdos, sino que además elabora una idea persistente sobre la memoria como hecho conceptual y las pequeñas vicisitudes que la rodean.

Ambientada en Cape Cod (Massachusetts) a principio de la década de los noventa, la percepción de la película sobre la época es algo más que un contexto: es un discurso sutil que enlaza la concepción sobre los personajes y sobre todo, la visión del tiempo como un telón de fondo para sostener la historia como una obra coherente. Hay algo perspicaz y bien estructurado en la versión de Bynum sobre la realidad y el trasfondo de la época. Una vuelta de tuerca a la explotación de la melancolía que parece ser tan frecuente en la actualidad. Al contrario, el director usa la ligera sensación de melancolía como algo más duro y gregario (pero sobre todo, mucho más elocuente) y logra que sus personajes sean algo más que una versión más jóvenes de algún elemento futuro que no encaja en la historia que se cuenta en pantalla. Tal vez el mérito de tal sutileza no sea por completo de Bynum, sino de la indudable estrella de la película, Timothée Chalamet que encara de nuevo un papel en que es necesario elaborar una percepción sobre la cotidianidad que se rompe y se desvirtúa como una conmoción diminuta más allá del eje cronológico del argumento. Chalamet vuelve a demostrar su capacidad para los matices (La timidez frágil y torpona de su personaje es sólo el punto de partida para algo mucho más visceral y prometedor) es quizás el punto más fuerte de su registro actoral, pero también, de la concepción elemental sobre el hecho de la arbitrariedad del azar en la forma en que sus personajes se comprenden unos a otros. Timothée Chalamet llega de triunfar en el suceso de crítica y público “Call me by your name” de Luca Guadagnino y es notoria su evolución como actor, más allá de la noción de joven promesa. Su Daniel (ese adolescente casi en la línea del cliché) que llega a Cape Cod casi por accidente, es un prodigio de inteligencia argumental pero también, de la percepción del actor sobre esa difícil fractura entre el muchacho y el hombre que encarna con especial sutileza. Chalamet convierte a un planteamiento anodino (el de la inocencia caída en desgracia o mejor dicho, vencida por la tentación) en una percepción mucho más intuitiva del tránsito entre la ingenuidad y un tipo de experiencia atroz. Y Bynum no sólo aprovecha las dimensiones de la actuación del actor, sino que además, dota a la atmósfera de una decadencia vulgar que marcará el ritmo de la narración como un metrónomo cuidado y bien construido.

Por supuesto, que la película se toma con cierta heroicidad falsa la caída en desgracia del personaje de Chalamet: del adolescente tímido a la promesa de un hombre sagaz y levemente retorcido, el director crea un una concepción sobre el bien moral y el mal banal como algo más escandaloso y pintoresco. Mientras el Daniel de Chalamet aprende todo sobre la venta y el uso de la Marihuana en medio de un pueblo pequeño, la película toma un tono trepidante, extraña y casi venial. Pero sólo se trata de una idea aparente en medio de una rara combinación de premisas que juntas, parecen contar una historia debajo de la que se analiza en el guión. El argumento se toma el tiempo para explorar no sólo los intríngulis del improvisado negocio que se desarrolla en las calles de la ciudad en pleno verano, sino la progresiva transformación de Chalamet en una especie de rebelde extrañamente contenido y cínico. Mientras todo esto ocurre, Bynum muestra la época que intenta recrear con pequeños golpes de efecto: Los personajes atraviesan las calles con hombres y mujeres llevando ropa de tono neón, mientras una marquesina anuncia a una multitud callejera el estreno de “Terminator 2: Judgment Day”, al mismo tiempo juegan Street Fighter 2 en la sala de juegos local. La puesta en escena insiste en los pequeños detalles como forma de arraigo de la memoria, pero también, se trata de algo vital y real que elude cualquier concepción sobre el tiempo como una necesidad intelectual. Los personajes van de un lado a otro (enajenados, llenos de una vivacidad contagiosa, riendo, enamorándose entre sí) mientras el mundo a su alrededor se hace un poco más agrio, más duro y más pesado de sobrellevar. Bynum construye un golpe de efecto lento, persuasivo. La película no deja dudas que el crimen — incluso el venial — tiene la capacidad para destruir esa frágil comprensión sobre la identidad que proviene de la moral corriente y culturalmente comprensible. Es ese golpe de efecto lo que convierte a la película en una mirada dubitativa pero inteligente, sobre el dolor y la caída en desgracia, la desesperanza y la confusión emocional. Todo bajo el atractivo paquete de algo en apariencia inofensivo y casi superficial.

Es ese buen uso de la locación, el contexto y lo temporal lo que hace que “Hot Summer Nights” sea algo más que una apuesta a un ejercicio de nostalgia previsible. Bynum utiliza a la cultura pop como pequeños trozos de información que tienen por único objetivo, concatenar la historia pero nunca, suscribir de manera concisa lo que ocurre en ella. No utiliza la iconografía para saturar la pantalla de lo referencial ni tampoco, asume el hecho de lo temporal como un personaje al trasfondo. El resultado es una concepción de la época mucho más realista de lo que cabría esperarse. De la misma forma que Greg Mottola en Adventureland (2008) Bynum escoge mostrar a la adolescencia y la tragedia diminuta de la madurez como una sucesión de reflexiones sobre la naturaleza espiritual de nuestra sociedad, lo cual lleva a “Hot Summer Nights” a un nivel hiper estilizado y elaborado que aunque emparenta a la producción con el film de Mottola, también crea su propia personalidad y versión de la realidad.

De principio a fin, la película es una sucesión de pequeños y meditados golpes de efecto. En 120 de metraje, el film de Bynum cuenta cada detalle de su historia, sin perder jamás el estilo ni mucho menos, el ritmo sosegado pero jamás lento que le imprime la forma como el director modera a sus personajes y las relaciones que se entablan entre ellos. Además, incluye leyendas Urbanas, mitos del vecindario y todo tipo de percepciones sobre lo cotidiano, que convierten a la película en una mixtura de experiencias desiguales que terminan sosteniéndose sobre una versión de la belleza y el tiempo que sorprende por su efectividad. Bynum usa al narrador para embellecer y brindar profundidad a la noción de lo emblemático como parte del argumento y lo hace con tan buen pulso, que al final la película se convierte en un cuidado mapa de ruta por la mitología subyacente de la ciudad.

Ambiciosa, rebosante de personalidad, pero sobre todo, con una percepción muy clara sobre la historia que cuenta “Hot Summer Nights” es un recorrido anecdótico de profunda fuerza emocional. Claro está, parte del mérito lo tiene Chalamet, de nuevo demostrando el motivo por el cual es probablemente la promesa más brillante de su generación, pero sin duda, la película debut de Bynum tiene el suficiente encanto por si misma para elaborar un pequeño discurso sobre el bien y el mal como una conspiración menor, en medio de las brumas de lo que se recuerda y la realidad que circunda a la historia. Todo un logro de imaginación, buen hacer cinematográfico pero sobre todo, sensibilidad narrativa. Algo que muy pocas veces confluye en una misma pieza artística.