Cuando la victima lleva la condena: El delito silencioso. 


El aborto es una palabra dolorosa. O al menos, esa es su connotación inmediata. Hay un juicio moral inmediato, un interpretación sobre lo que sugiere que involucra y de manera directa, una serie de pareceres éticos y morales que aparentemente, no admiten ningún tipo de excepción o justificación. Para buena parte de la sociedad occidental, la palabra “aborto” remite a un crimen inquietante, a una decisión inadmisible que cuestiona incluso la identidad de la mujer, mucho más aún su rol social. Para una mujer, el aborto no debería ser una opción y su la mera discusión de la posibilidad se plantea como una situación ética confusa, turbia y la mayoría de las veces inadmisible. Para la gran mayoría de las personas, el aborto no es una visión sobre la sexualidad y los derechos reproductivos femeninos, sino un concepto moral sin réplica alguna, mucho menos un matiz que permita una visión menos absoluta del término.

Violación también es una palabra dolorosa. Pero a diferencia de “aborto”, es una que produce confusión o eso parece sugerir los límites borrosos entre lo que se admite como delito y lo que debe padecer la victima. Hay una constante discusión sobre la culpa o la responsabilidad de quien sufre el hecho de violencia sobre su agresor, como si el mero hecho que se trate de una agresión directa no fuera suficiente como para definir que se trata de un hecho inadmisible. Mucho más preocupante aún, la violación no se percibe como un delito absoluto, sino que al parecer hay toda una serie de atenuantes directos que parecen “disculpar” la violencia. Se habla sobre la “provocación”, que pudo hacer — o no — la victima para evitar lo que vivió y de hecho, en numerosas sociedades, la violación continúa considerándose un delito en entredicho, una especulación sobre un hecho violento cuya victima podría no serlo.

No obstante, y a pesar de la diferencia entre las interpretaciones de ambos conceptos y los durísimos planteamientos que implica el análisis supuestamente ético que cada una producen, ambas parecen estar vinculadas con preocupante frecuencia. Porque la violación, esa crimen sin rostro que muchas veces carece de culpable, estigmatiza a la victima, la convierte en además de deudora moral de una culpabilidad hipócrita. Y como si eso no fuera suficiente, presiona sobre ese otro concepto tan debatido: la libertad de escoger sobre el propio cuerpo, el derecho intrínseco a reconocer la maternidad como opción. Y es inquietante, que en ese debate, la mujer parezca tan infravalorada y vulnerable de cara al debate legal y moral, a las aseveraciones éticas y la presión religiosa. Una victima que no sólo debe enfrentar las secuelas físicas y morales de una violación sino también una sociedad que mira la maternidad y la capacidad para procrear como un atributo independiente a la mujer, a su espiritualidad e incluso a su poder de decisión individual.

Y es que el aborto es un derecho de elección. Duro, doloroso pero que pertenece por completo a la mujer. O esa debería ser la opción más evidente. No obstante no lo es: el aborto parece caer en esa grieta entre la presunción de la moralidad sugerida de un sistema legal — y moral — que la mayoría de las veces la infantiliza el rol y la identidad femenina. Preocupa, que la mayoría de las discusiones sobre el aborto no parezcan incluir aspectos de vital importancia como la salud biológica y mental de la mujer y las consecuencias inmediatas que puede sufrir durante un proceso de gestación no deseado. La diatriba casi siempre parece insistir en ese sesgo esencialmente en ese juicio de valor inconcluso y religioso que dictamina la decisión incluso antes del análisis. La maternidad convertida en una contraposición y una lucha de la sociedad y la interpretación cultural con el cuerpo de la mujer como escenario.

Generalmente, el aborto se estigmatiza a nivel cultural. Incluso en los casos de naturaleza terapéutica, el aborto — o la posibilidad de realizarlo — debe enfrentar en la mayoría de los países un tortuoso camino legal donde la prioridad no es, como podría suponerse el bienestar de la mujer sino la del feto que gesta. El debate sobre la protección de la vida y la reflexión ética sobre la capacidad de reproducción femenina, pocas veces parece incluir a la Madre. ¿Cómo puede debatirse e incluso tomar decisiones que involucren la vida del feto sin tomar en consideración que pueda ocurrir con la madre que lo lleva en el vientre? ¿Hasta que punto la sociedad debate el aspecto moral de una decisión personal anteponiendo análisis morales antes de una visión sensible sobre la condición de la mujer? La respuesta a ambas preguntas desconcierta pero sobre todo, preocupa. ¿Quién tiene el derecho a decidir sobre la capacidad de reproducción femenina?

El aborto es un hecho traumático que deja secuelas psíquicas y físicas perdurables. Y no obstante, son pocos los gobiernos del mundo que deciden legislar no sobre la base moral, sino asegurándose de la protección de la mujer. Una buena parte de las sociedades occidentales — no digamos ya culturas orientales con una visión infantil de la mujer — consideran el aborto como un crimen inexcusable. Recintemente, en España, se restrigió la ley que permitía el aborto sólo a dos supuestos: El riesgo de la salud de la mujer y la violación. Y las penas para cualquier circunstancia que no coincida con un aspecto legal tan restringido, son mucho mayores que la que recibe un condenado por violación. ¿Desconcertante? Lo es aún más, la estadistica que indica que en el 85% de los países del Mundo, el aborto es considerado no sólo un délito penal sino que condena a la madre a penas mayores de diez años de prisión en caso de cometerlo. No obstante, al revisar el porcentaje en protección de madres en riesgo, los números muestran una realidad descarnada: solo el 25% de los países del Mundo poseen leyes que brindan seguridad social y económica a mujeres con embarazos no deseados. Tampoco es menos preocupante la perspectiva sobre las cifras que muestran un panorama para la mujer poco menos que agresivo: en el 56% de los países del Mundo, las violaciones tienen penas inferiores a 15 años y los reos disfrutan de beneficios de libertad incondicional al quinto años. En el 67% de los países Occidentales, no existe un organo de protección que asegure la salud mental y física de las victimas de violación. No obstante, el 68% de los países del mundo tienen castigos punitivos a cualquier mujer que se practique el aborto, incluso en situaciones que pongan en riesgo su salud física y mental.

En más de una ocasión, cuando debato el tema del aborto, se me acusa de desnaturalizada. O de simplemente “ofender la obra de Dios” con mi opinión. Pocas veces, he podido explicar que la realidad es aún más simple: no tengo ninguna opinión sobre el aborto. A mis treinta y tres años de vida aún no he sido madre y quizás debido a eso, no puedo decir cual podría ser mi decisión en una situación semejante, como podría afrontar el hecho de preservar mi salud moral, fisica y mental a través de una decisión tan desgarradora como la de un aborto. Aún así, no juzgo a quien decida hacerlo: No podría hacerlo por la simple razón que un aborto es una decisión intima, privada y que no depende de ninguna opinión moral ajena a la de la madre. O ese debería ser el caso. Lamentablemente no lo es: el mundo continúa mirando la violencia contra la mujer como una idea al margen, que se analiza entre factores de riesgo brumoso y una variedad lamentable de opiniones morales que pocas veces favorecen a la victima silenciosa de un délito sin rostro: la mujer.

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