
Del conocimiento barato a otras formas de frugalidad moderna.
Nuestra cultura se acostumbró al consumo rápido, inmediato y la mayoría de las veces insustancial. Desde la comida rápida a la filosofía barata, nuestra época parece empeñada en construir su historia basada en matices muy concretos y la mayoría de las veces borrosos de ideas mucho más profundas. Tal vez se deba a una consecuencia de la hiperinformación, de la accesibilidad de medios o del hecho que a medida que la tecnología brinda respuestas y satisfacción rápida a cualquier impulso, la cultura no necesita profundizar para comprender sus propios elementos y metáforas.
Muy probablemente por ese motivo, me resistí a leer Comer, rezar y amar de Elizabeth Gilbert por un buen tiempo. Como todo lector, tengo mis prejuicios al momento de escoger los libros que leeré y uno de ellos, es el de evitar leer historias que todos cataloguen de “Sabias”, “Guias espírituales” o cualquier otra idea que incluya una lección moral muy específica disimulada entre la historia. Mucho más aún, si la lección viene disfrazada en aparentes píldoras de sabiduría o algo tan preocupante como un fast food del alma, formula que se ha popularizado gracias al cuestionable éxito de la autoayuda. De manera que esperé un tiempo prudencial. Por entonces, la película homónima aún no había sido filmada, por lo que no tenía una idea muy clara de qué me encontraría cuando abriera la solapa del libro. Sólo los comentarios entusiastas que llamaban a la obra “una celebración a la vida”, una mirada “renovada a la espiritualidad moderna” y otra serie de frases rebumbantes que sólo me hicieron sentir aún mayor desconfianza.
Finalmente decidí leerlo. Lo hice con toda la buena voluntad del lector que intenta que su criterio sea flexible. Y quizás por ese motivo, la decepción llegó pronto: porque lo que me encontré no fue una historia que pudiera analizar lo que se suele llamar “filosofía del buen cínico moderno”, sino lo que parece ser una combinación de tópicos más o menos reconocibles sobre ese subgénero venido a menos como lo es el existencialismo insustancial. Un panfleto sermoneador y pretendidamente espiritual que no duda en tomarse demasiado en serio, a pesar de que la trama adolece de profundidad, belleza argumental o cualquier otro elemento que pueda sustentar el larguísimo discurso sobre la apreciación de la vida, la salud emocional y otros tantos clichés que la autora decide tocar en su afán por moralizar la sencillez.
Porque Gilbert, en su intento por pontificar sobre la mirada contemporánea acerca de la soledad, la trascendencia y otros temas relevantes dentro del mundo emocional individual, crea una historia que adolece no sólo de profundidad — lo cual ya sería reprochable — sino también de interés. Construida en relatos a través de los cuales la autora trata de mostrar un paisaje de la vulnerabilidad y la fragilidad humana, solo consigue dibujar una serie de situaciones más o menos absurdas, que no terminan de encajar bien y que sabotean la unidad temática de la obra. Porque la historia insiste en “enseñarte a vivir”, pecando de evidente y superflua en el tono y en la forma. No se trata de una mirada comedida, meditada sobre los pequeños trastornos de la existencia, sino una especie de teoría existencialista insustancial. Y es que la escritora parece obsesionada no sólo con exaltar la esperanza a través de la cursileria y un romanticismo burdo, sino además, elaborar un compendio de consejos sutiles de cómo ha de ser vivida la vida. Por supuesto, nada de lo anterior parece sustentarse en otra cosa que las peripecias de sus personajes, desdibujados y por momentos completamente opacos: lo importante para Gilbert es proclamar que la felicidad — concebida como una idea borrosa e inexistente — debe ser disfrutada, necesita ser encontrada como pieza inevitable del mecanismo del pensamiento personal. El cómo o el mero hecho de la contradicción a una idea tan banal, no existe en el Universo de la escritora. La historia parece pendular entre una sencillez que desconcierta y una pretendida complejidad agrietada que no logra sostener la coherencia de la trama.
La novela estuvo durante 190 semanas en la lista de Superventas de The New York Times, un notorio récord que al parecer convierte en una inevitable teoria inspiracional. De hecho, el empujón comercial le permitió a la novela convertirse en un producto Hollywoodense a la medida que obtuvo resultados tibios en taquilla, pero que puede presumir del hecho de haber protagonizada por Julia Roberts, decana de la comedia romántica y que al parecer decidió encarnar a la anodina protagonista de la novela llevada por la lectura del libro. Además, Gilbert comenzó a ser considerada una especie de voz esencial dentro del novísimo género de las novelas de amor espiritual, o cual sea el nombre que lleve toda esta proliferación de historias de autodescubrimiento personal. No obstante, la sabiduría a cuenta gotas, la visión acartonada del amor y el mero hecho de analizar la espiritualidad a través de lo superficial, convierten a la historia en una mezcla poco consistente de estereotipos, esquemas repetitivos y algo más brumoso que no termina de encajar. La novela avanza a trompicones, en una sucesión de “revelaciones” seudo emocionales que intentan mostrar el camino hacia una especie de iluminación lo bastante mundana como para que Gilbert, se regodee en imitar las novelas de amor al uso.
De Roma a Bali, del hedonismo sensorial al espiritual, Gilbert intenta abarcar su camino trascendente con una especie de simplicidad que llega a desconcertar. Porque más allá de la descripción torpe de paisajes extraordinarios, sabores exquisitos y ciudades de ensueño, el personaje de Gilbert no logra expresar la idea más profunda que la ha llevado a recorrer el mundo en busca de la felicidad perdida. Proclamando a los cuatro vientos pinceladas de espiritualidad oriental, explicaciones cada vez más enrevesadas que no termina de hilvanar sobre su pretendida ansiedad espiritual, el alter Ego de Gilbert termina dando vueltas en círculos, cuestionándose sobre lo cuestionado una y otra vez. Por último, en medio de ese despertar de los sentidos, de ese “he logrado encontrar mi verdad”, el personaje — y por supuesto, la historia — se desploma en un final anodido y en la solemne tontería. Quizás, le habría venido bien, un poco de mofa a este largo trayecto entre sacudones en busca del amor florido, pero la novela insiste hasta la última línea en tomarse tan en serio como un tratado filosófico de alto calibre y muy probablemente allí reside su gran fallo. Porque no hay nada que cuestionar, mucho menos analizar cuando finalmente la autora parece exaltar la banalidad como una manera de superación personal o lo que es aún peor, una distracción del mundo real que habita más allá de su narración y que ignora con toda tranquilidad.
El libro ha sido sido catalogado también como “interminable e insoportable” por una buena cantidad de críticos y de hecho disfruta del dudoso honor en la red Social “ Goodreads” de ocupar el número 4 entre los best sellers más indigestos, sólo superado por Una vacante imprevista, de J. K. Rowling y Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James, considerados ambos por los miembros de la comunidad virtual como directamente insoportables. No obstante, al mismo tiempo el libro continúa estando entre las listas de los más leídos entre varios países del mundo. Lo cual no deja de ser sintomático de esa busqueda incesante de nuestra cultura por un mensaje espíritual a la medida de lo venial y lo que podría resultar más chocante, esa celebración de lo fútil como una forma de trascendencia. Cual sea el caso, Gilbert y su novela parecen el simbolo de un nuevo trayecto de la literatura moderna hacia lo moral manufacturado. Una visión del yo creado a la medida del consumo e incluso algo mucho más simple: la mirada fugitiva de lo emocional como una pieza sin mayor importancia dentro de la concepción Universal.
Un pensamiento inquietante sin duda, pero aún así, imposible de ignorar.