Del redescribrimiento y nuevos medios.
Del ¿quienes somos? al ¿qué decimos?
No puedo disimularlo ni tampoco, supongo, ocultarlo: soy una usuaria obsesiva de internet. La red supone no solo una herramienta de reestructuración de la manera como me comunico sino además, un fragmento de la manera como comprendo la realidad. Desde mi adolescencia la red ha sido la plaza donde frecuento a mis amigos y conocidos, la bandera donde enarbolo mi opinión, la biblioteca que consulto con más frecuencia. Lentamente, la red sustituyó lo social en mi vida por algo mucho más complejo y desigual que todavía me pregunto si debo agradecer. Pero admitamoslo, tampoco podría rechazarlo: Para una persona de habitos nocturnos e instropectivos como yo, Internet ha sido una ventana a un tipo de expresión única, donde mis pequeñas manias y tics encajan a la perfección. En muchas maneras, soy la consecuencia de esa facilidad, fluidez y anonimato de la red. Crecí en un ambito que desdibujó los limites y los reconfiguró de una manera totalmente nueva. Soy un habitante — o así me considero — de un esquema social nuevo que promueve la partipación como identidad.
Quizás, por ese motivo, necesito probar, de todas las maneras posibles, los nuevos rostros de esa propuesta de comunicación que se diversifica a una velocidad apenas asimilable. Cada dia nace una nueva red social, una forma de intercambio tan novedosa que insiste en esa necesidad de fracturar las ideas en un mosaico que replantea lo inmediatamente anterior. Y es que si algo ha descubierto la superpoblación de la red, es que existen infinitas variaciones y recombinaciones de la palabra y la imagen como herramienta de intercambio de ideas. El antiguo ¿Quienes somos? se ha transformado rápidamente en ¿quién seremos? O mejor dicho ¿Quienes somos ahora mismo? ¿Reflejos del lenguaje recién descubierto? ¿Una síntesis estructural de lo que nos motiva a comunicarnos? ¿Una demostración evidente que el primitivo ego humano es indestructible?
No lo sé. A veces me lo pregunto con cierta inocencia. ¿Toda red social es una forma de vanidad? Probablemente lo sea, aunque de serlo, tampoco justifica o simboliza la definitiva importancia que esta conversación en tiempo real sin rostro tiene en la cultura contemporánea. Porque a pesar que todos deseamos mirarnos y que nos miren, lo que deseamos expresar parece formar parte de una intrincada red de planteamientos interconectados. Desde la utilidad hasta la abstracción, el arte por el arte, y el deseo de simplemente mirar el aislamiento humano de una perspectiva por completo distinta. ¿Ser escuchados ( o la ilusión de serlo ) es un consuelo al silencio y la soledad moderna? Una idea existencialista que aún así continúa sin brindar sentido a esa busqueda de reconocimiento inmediato. ¿Deseamos la mirada aprobatoria? ¿La necesidad de reconocimiento? Existimos a medida que nos reconstruímos en la opinión del otro.
En el Medioevo, se interpretaba el amor — el romántico, pasional — como reconocimiento. De hecho, en los grandes poemas, el amante solo era digno de existir a través de la mirada del amado, del objeto imperecedero de sus deseos. Cabe preguntarse, si en esta vuelta de tuerca del dolor humanista replanteado bajo el cinismo mecaniscista, esa visión reflejo — existencia parcial — sea una evolución necesaria sea el sostén de esa insistencia comunicacional de nuestra sociedad. Una conversación única, insistente, excluyente, anodina y la mayor veces insustancial, que intenta encontrar una identidad con la cual identificarse. O quizás solo mirarse como una reproducción desigual de esa ilusion de individualidad que la cultura insiste en encontrar, sin lograrlo en realidad. Una inevitable grieta entre lo que percibimos y lo que asumimos real, a través de los simbolos que nos representan sin verdadera profundidad.
Escribo todo lo anterior, mientras en mi TimeLine de Twitter se discute con ferocidad sobre la identidad y la provocación. En Facebook, alguien actualiza su estado para contar su dramática historia romántica, para uso y consumo de la concurrencia que deseen leerlo. En el café donde me encuentro, cada uno de los comensales consulta la pantalla de su teléfono, en ese gesto contemporáneo que se ha hecho universal: La cabeza inclinada, los hombros rigidos, la atención insistente en lo que ocurre en ese pequeño mundo intricando que sostiene entre los dedos. Y me pregunto, parpadeando sorprendida, con la sensación que despierto brevemente de un sueño muy profundo, quienes somos, como hijos de la automatización y lo inmediato. A donde nos dirigimos, ciegos y abrumados por la información que sustituye la realidad. Pero olvido el cuestionamiento muy pronto. Me inclino de nuevo a la pantalla. La realidad desaparece. Carezco de rostro.
Lo evidente que se disuelve en esa búsqueda de comprensión de lo que no existe. O quizás, ni siquiera se trate de algo tan profundo, sino una circunstancial visión de la simplicidad humana, que se muestra sin concesiones. Somos hijos de lo simple. O muy probablemente, sólo de lo superficial.
C’est la vie.