La Batalla silenciosa contra el reflejo en el espejo.


Una mujer joven, de más o menos mi edad — treinta y pocos — camina por la calle a unos cuantos metros frente a mi. Lleva una falda muy corta, zapatos de tacón alto, una blusa ceñida. Tiene un cuerpo esbelto, con un busto considerable y largas piernas de deportistas. La mayoría de los hombres — y también mujeres — a mi alrededor le dedican una mirada. También los acostumbrados piropos, que van desde una frase de admiración a insinuaciones directamente sexuales. Ella no responde ni a uno ni otros y continúa caminando. La veo entrar en un restaurant y sentarse sola, mirando a su alrededor con gesto confiado.

En la otra mesa, una mujer la mira. Lleva el cabello peinado en una sobria cola de caballo y viste jeans y blusa a juego. Como yo, tiene algunos cuantos kilos de más y se encoge un poco sobre la mesa, como si quisiera ocultar los pequeños “michelines” que se trasparentan en su ropa. Parece sumamente incómoda y mientras la chica espléndida parece sentirse profundamente satisfecha con su lugar bajo el sol, la mujer de la cola de caballo parece sentirse abrumada, cansada e incluso un poco afligida por su aspecto físico. Cruza los brazos sobre los pechos amplios, se toquetea con impaciencia el cabello. Incluso se mira al espejo un par de veces, dedicando miradas nerviosas a su reflejo. Todo un minimo espectáculo sobre la opinión estética de nuestra cultura y más allá, de nuestra manera de comprendernos a través de ella.

Con frecuencia, me he sentido inadecuada y un poco preocupada por mi aspecto físico. Con mi 1,63 de estatura y alrededor de sesenta y nueve kilos de peso, no tengo una figura atlética sino más bien rolliza. Tampoco tengo músculos definidos y mis pechos no amplios, turgentes ni tampoco muy evidentes. Soy, lo que podríamos llamar, una mujer normal en un país que aspira a la belleza ideal y eso puede resultar un problema. O quizás, más que eso, una lección que aprender bien pronto. Porque la belleza en Venezuela es una noción que se aprende desde muy pequeña, que se maneja desde un confuso código moral y que se analiza desde perspectivas desiguales y la mayoría de las veces contradictorias. Porque la mujer Venezuela — el ideal abstracto en la que se basa esa identidad — es una combinación de ideas incompletas, de pretenciones irreales y más allá, una visión de lo que se supone es lo femenino que se aspira que no parece abarcar todas las que nos encontramos a la periferia, la mujer que no encaja — y no desea hacerlo — en ese molde simple que construye una mujer desconocida con el rostro de la estética local.

Volvamos al mundo real. El mismo día de mi encuentro con la espléndida mujer en tacones y la chica tímida, caminé un rato por el Centro comercial donde me encontraba. Miré las escasas tiendas de ropa abiertas — en Venezuela la crisis llegó a las vidrieras desde hace meses — y me sorprendió que los pocos artículos a la venta, son de una talla pequeñísima, irreal. Maniquies de cintura mínimas y pechos enormes lucen vestidos diminutos y camisetas ajustadas para quien quiera — pueda — comprarlos, quizás mostrando esa percepción de la belleza física que en Venezuela parece imprescindible.

— Uno arregla las vitrinas para que se acerque más gente, pero sólo a poquita le queda esa ropa — me explica una de las vendedoras cuando entro a preguntar. La tienda, silenciosa y medio arrasada por esa sensación de desesperanza que últimamente llena los comercios Venezolanos, tiene un aspecto inquietante — pero es mejor mostrar lo que uno sabe le gusta al que compra, que lo que realmente se vende.

Me pregunto que se puede responder a eso. Miro toda la ropa en existencia — jeans de tallas diminutas, camisetas y blusas tan estrechas que me sorprenden puedan contener un torso real — y tengo la impresión que la Venezuela rota y presionada por una crisis coyuntural cada vez más sofocante, se mira así mismas en fragmentos irreales. Otra vida, otro lugar donde el ideal nacional tiene una cierta sustancia y justificación. Una visión del gentilicio a mitad de camino entre lo ideal y lo irrisorio.

En uno de los pasillos del Centro Comercial me tropiezo con una chica que lleva ropa y zapatos deportivos. Tiene ese aspecto sólido y atlético que promueve la más reciente obsesión por la salud y el ejercicio en el país. No obstante, ese renovado interés por la belleza y la salud no es todo inocuo. No siempre ocurre precisamente en ese orden. Lo noto en la profusión de lugares que ofrecen ropa deportiva — toda ella costosísima — y locales que invitan a degustar platillos “saludables” con menus que rebasan en casi el triple cualquier otro de comida “tradicional”. Me pregunto entonces cuanto cuesta, a cuanto se eleva realmente la inversión de la belleza, en un país depauperado, donde la noción de salud parece mezclarse peligrosamente con el de la estética, en un híbrido inexacto y pocas veces fructifero. Y es que la lucha por lo saludable no es del todo inocente y mucho menos, simple.

— Somos un país contradictorio en lo que se refiere a los conceptos de saludable, belleza y salud — me comenta M., nutricionista con casi veintinco años de experiencia en el campo. Durante meses, la he visitado con la intención brumosa de perder peso por el método lento y casi pesaroso de cambiar mis habitos alimenticios. Y es que para M. los kilos de más y la obesidad no es un tema de actualidad ni tampoco una tendencia de moda, sino un elemento de salud pública — se insiste en que lo saludable es hermoso, pero a la vez, las condiciones del país y el mismo estilo de vida te presionan para una imagen concreta que te afecta físicamente.
— ¿No te parece todo un logro esta nueva visión del ejercicio y la alimentación saludable como parte de la cultura urbana? — le pregunto. Me mira con una sonrisa casi triste.
— Podría serlo si toda esa nueva interpretación de lo físico, tendiera a celebrar la figura saludable y no un estandar a alcanzar. En Venezuela no se promueven habitos alimenticios que beneficien la salud integral, sino que te hagan más esbelta, más delgada, más parecida a esa figura imaginaria delgadísima, sexy, provocativa imaginaria que se considera real. Por ese motivo, no se celebra la figura como parte de un proceso de aceptación de tus defectos y virtudes físicas, sino una depuración que busca la perfección corporal. Una nueva presión en un país donde la estética se exige y se asume como noción básica de identidad.

En Venezuela, la idea de la estética está muy relacionada no sólo con la delgadez sino además con la voluptuosidad. Una combinación confusa que la mayoría de las veces resulta irrealizable. Porque la mujer ideal del imaginario Venezolano no es sólo delgada, sino también, tiene pronunciadas curvas caribeñas que acentuan ese rasgo provocativo que se considera indispensable. Todo eso, en un país donde las condiciones alimenticias y de salud — y mucho más, desde que la crisis económica afectó profundamente el rubro alimenticio — no brindan la posibilidad de un cuidado de la salud óptico. Como me diría M., la coyuntura económica es otro elemento con el cual cualquiera que desee cuidar de su salud y aspecto físico debe lidiar.

— Para cuidar realmente de tu salud, debes llevar a cabo una inversión cuantiosa en alimentos y productos muy especificos — me explica — no se trata solo de decidir hacer ejercicios, lo cual es un paso en la dirección correcta sino además preocuparte por modificar de manera esencial tus habitos alimenticios. Y eso en Venezuela, tiene un costo. Una alimentación balanceada y saludable, la mayoría de las veces resulta mucho más costosa y dificil de lograr. Hablamos de un plan alimenticio que debe incluir legumbres, verduras, carnes magras. También todo tipo de frutas e incluso algunos suplementos alimenticios como merengadas nutritivas o vitaminas. Todo ese conjunto de ideas, se realizan en plan de inversión. Una que la mayoría no puede realizar de inmediato.

Y es allí, donde comienzan los problemas. Porque una buena parte de los entusiastas de la salud y el ejercicio toman decisiones muy poco saludables para alcanzar la meta física y estética que asumen como necesaria. Solo un 10% de los que comienzan dietas o regímenes alimenticios hipocalóricos acuden a un nutricionista para recibir consejos médicos al respecto. Entre el 20% y 30% de quienes comienzan rutinas de ejercicios, las realizan sin ninguna orientación clara, lo que puede provocar lesiones e incluso problemas físicos más o menos graves que pueden comprometer su salud. Más preocupante aún, según Intermón Oxfam, el 75% de los venezolanos que tienen una percepción distorsionada sobre su apariencia personal, caldo de cultivo ideal para todo tipo de trastornos alimenticios y de ansiedad.

Porque la obsesión por la belleza prospera en Venezuela, mientras engrosa la lista de los países con la mayor tasa de obesos de todo el mundo. De hecho, Venezuela ocupa el décimo lugar, siete puesto más alta que hace siete años, siempre según las cifras Intermón Oxfam sobre la situación alimentaria del planeta. Un preocupante indicador de esa contradicción entre lo que asume como bello — y de lo que la sociedad insiste debe serlo — y la realidad que se vive más allá del ideal.

El índice Good enough to eat (en español “suficientemente bueno para comer”) analizó la situación y las cifras de alimentación en 125 países y llegó a la conclusión que en Venezuela, los problemas económicos producen un fenómeno muy concreto de sustitución de lo saludable por lo accesible. Más aún, el organismo — dedicado a la evaluación de los hábitos alimenticios y sobre todo, la percepción sobre la naturaleza de la percepción de salud en distintas partes del mundo — concluyó que en nuestro país, la alimentación podría catalogarse como un problema de salud pública. Con la mayor parte de la población de entre 20 y 30 años bordeando peligrosamente la obesidad, las cifras solo demuestran que nuestra percepción sobre la estética es cuando menos ambigua y sin duda, carente de verdadera sustancia real.

Continúo mi recorrido por el Centro Comercial. Niñas, adolescentes y mujeres adultas miran entre sorprendidas y preocupadas las figuras estilizadas de las maniquies, la ropa que se vende, la imagen que se insiste es la debida y necesaria. Me pregunto cuantas de ellas estan obsesionadas con cuales o tales partes de su cuerpo, cuantas se considerarán demasiadas gorditas, o de pecho muy pequeño. Cuantas ocultarán las rodillas huesudas, o los brazos rollizos. Cuantas de todas las mujeres a mi alrededor podrán mirarse al espejo con plenitud, con una sonrisa, quizás con placer. Nos miro a todas, un poco incomodas, incluso directamente preocupadas, mirando a nuestro alrededor un Universo de mujeres ficticias de extraordinarias belleza. Las que te saludan desde las portadas de revista, las que pueden llevar la ropa de tallas irreales que sostienes con cierta angustia de vez en cuando. Las que se consideran dignas de ese ideal del país de las mujeres más bellas y que no parece incluir, esa normalidad dúctil y natural mucho más frecuente. Es un pensamiento inquietante, pero sobre todo, es una sensación profundamente dura de asimilar.

Y es que en Venezuela, la belleza — ese ideal brumoso que se insiste en todas partes y se acepta como absoluto — cuesta caro. Y no se trata de una visión metafórica: Desde lo esencial a lo más complejo, el ideal estético tiene un precio muy concreto y en alza: desde el aumento progresivo del costo de frutas y verduras (se calcula que en 10% cada mes) hasta los cortes de carna magra, limpios de grasa y de mayor calidad, cuyo valor se ha triplicado durante los últimos meses. Más allá, la compleja interpretación de la belleza en nuestro país alcanza cuotas preocupantes: Una cirugía estética — incluso las más sencillas — tienen un altísimo costo monetario, lo que hace que un importante número de mujeres y hombres acudan a locales que ofrecen servicios estéticos complejos por mucho menor costo. Una estadísitica preocupante, que además se refleja en un aumento exponencial de las victimas de una serie de mala praxis médicas asociados al fenómeno: durante el 2013, casi 100 personas murieron al recibir una aplicación de biopolímeros de manera fraudulenta. También, se registró un aumento progresivo y alarmante de la incidencia de muertes durante mamoplastias comésticas, rinoplastias y toda una serie de procedimientos quirurgicos mayores en manos de personal médico no calificado. Una visión inquietante sobre la progresiva visión de la belleza como indispensable — una necesidad que satisfacer — y la manera como nuestra sociedad parece sugerir que cualquier medio para obtenerla, puede ser lícito.

Esa interpretación sobre lo estético como deber, parece directamente relacionada con toda una serie de padecimientos psiquiátricos y emocionales asociados con la ansiedad y la presión social. Un fenómeno que en Venezuela suele ocultarse e incluso confundirse con toda una serie de padecimientos menores que parecen ocultar una peligrosa noción sobre la autoimagen. De acuerdo a especialistas como el Doctor Rojas Pellicer médico y psicólogo Venezolano, el entorno y la cultura juegan un papel decisión en el desarrollo de hábitos alimenticios que puedan provocar peligrosas dolencias físicas. A su juicio, los casos de anorexia voluntaria, se encuentran directamente vinculados al tema insistente de la belleza, al patrón único que condiciona la percepción del individuo sobre si mismo. “Pero ignoramos que esta conducta que surge generalmente en la adolescencia puede terminar en anorexia compulsiva o nerviosa, una vía fácil para terminar en trastorno siquiátrico”.

En Venezuela no existen cifras claras u oficiales sobre la anorexia y la bulimia, ambos trastorno de alimentación lo suficientemente graves como para poner en riesgo la vida del paciente que los sufre. Se trata de padecimientos psiquiatricos anónimos, sin rostro, la mayoría de ellos disimulados detrás de una pared de autocomplacencia y aceptación social sobre un canon de belleza especifico. Eso, a pesar que en palabras del Doctor Rojas Pelliecer, ambos trastornos pueden aproximar al paciente a conductas suicidas derivadas directamente de la depresión o adicciones a sustancias como el alcohol o las drogas. “Las consecuencias médicas más frecuentes y graves para quienes padecen de anorexia, bulimia u otro desorden alimenticio pueden ser de tipo cardiaco o renal. También se puede presentar osteoporosis, producción exagerada de vello y hasta pérdida de la menstruación”, comenta Rojas Pelliecer, lo cual parece mostrar todo un nuevo rostro doloroso sobre lo que a la insistencia del canón estético se refiere.

No obstante, la presión social, el peso que aplasta y reinterpreta el análisis sobre nuestra personalidad y nuestra manera de interpretarnos, en ocasiones es mucho más sutil. Y es que de la mujer “ideal” también se propugna la reacción, la inmediata contradicción que también simplifica ese análisis de la identidad personal de la mujer y el hombre Venezolano. Nuestra sociedad, parece insistir con demasiada frecuencia en etiquetar entre extremos la identidad del individuo, intentar construirla a conveniencia. ¿El resultado? Una incierta visión sobre lo femenino — ¿Y por qué no? Lo masculino — carente de verdadera sustancia y profunidad. Una imagen frágil y ambiguea sobre la identidad individual.

Hace varios días surgió vía redes Sociales, una campaña que invitaba a las mujeres a tomarse “Un selfie Honesto”, iniciativa que insiste en subrayar la belleza natural y sobre todo, lo que considera real y esencial. No obstante, la mirada intuitiva de esa idea parece también encontrarse un poco distorsionada: pronto comenzaron a leerse vía Twitter comentarios sobre las que “se ocultan bajo el maquillaje” , las que “utilizan filtros”. La celebración de la belleza sin aditivos pareció convertirse entonces en otra forma de sectarismo, en otra manera de analizar a la mujer a través de estereotipos de belleza. De lo que debe ser y no es. No pude evitar preguntarme como nos miramos, más allá de la violencia de la estética y del ataque a lo que consideramos represor. ¿Quién es la mujer que batalla por su autoimagen en Venezuela?

Lo pienso de nuevo cuando me tropiezo de nuevo con la espléndida mujer de tacones, que camina airosa hacia la salida del Centro Comercial. La miro asombrada, ajena a lo que Rosa Montero llamaría catástrofes corporales que nos afligen al resto. Esa noción lenta y correosa sobre tu propia existencia, sobre quien eres y quien puedes ser. Y me pregunto, si parte de esa seguridad suya es esa aceptación social silente, agresiva y elemental. Y me pregunto también cuantas pueden disfrutar de ella.

Entonces la chica espléndida hace algo muy extraño. Al salir por las puertas de vidrio que conducen al estacionamiento subterráneo, se inclina y se descalza. Así, sin más. Luego se va caminando, con los presumiblemente incómodos zapatos colgando de la mano, cojeando un poco, con la cabeza un poco ladeada mirándose los talones lastimado. La contemplo, entre sorprendida y un poco desconcertada. Pienso entonces que todas somos victimas de una misma mirada que juzga y más allá, de una única visión del otro que nos castra.

C’est la vie.