La Trampa de la Vanidad: ¿Quienes somos en medio de la controversia?

Hace poco, leí en mi TimeLine de Twitter una polémica sobre la “censura” que se había “ejercido” sobre el Miss Venezuela durante su más reciente retransmisión. Como no soy televidente asidua del concurso, no tuve más remedio que preguntar.

“¿Censura hacia qué?
“Nadie mencionó a Monica Spears o a Génesis Carmona ¿Lo puedes creer?”

Mi interlocutor se refería a dos de las victimas de la violencia que sacude al país a lo largo y ancho de su geografía. Ambas eran ex Misses, populares reinas de belleza y además, símbolos de ese imaginario venezolano tan común como lo es “la mujer Venezolana”. Tanto Spears como Carmona fueron asesinadas en circunstancias confusas: La actriz Mónica Spears sufrió asalto en una carretera solitaria mientras viajaba por el país junto a su esposo e hija y Génesis Carmona, que obstentaba el título de “Reina del Turismo Venezolano” fue herida durante las protestas callejeras que vivió Venezuela durante los primeros meses del año. Ninguno de los incidentes ha sido resuelto judicialmente: luego de una investigación desordenada y con muchos puntos en blancos, los culpables del caso Spears continúan libres. En el caso de Génesis Carmona, el culpable forma parte de la interminable política del país.

“¿Tenían que nombrarlas?” — pregunto con toda ingenuidad.
“¡Por supuesto! Mónica Spears fue una de las Miss Venezuelas más populares, Miss Universo además. Y una actriz muy talentosa. En cuanto a Génesis, acaba de recibir la Banda como Reina Internacional del Turismo. Fue vergonzoso silenciaran sus nombres”.
“Eva Ekvall tampoco fue nombrada en su oportunidad” — le recuerdo.

Me refiero a la muerte, luego de una trágica batalla contra el cáncer, de Eva Ekvall, Miss Venezuela en el año 2000 y además figura muy popular en los medios de Comunicación Social del país. Ekwall se enfrentó durante casi cuatro años al cáncer de mama: La imagen de su rostro cansado y todavía muy hermoso, su delicada cabeza calva y su sonrisa firme, recorrieron al país y conmovieron al mundo. Murió en medio de la consternación pública y su fallecimiento fue lamentado unanimente en un país donde siempre parecen existir dos opiniones discondartes para cualquier tema.

Pero tampoco a Eva se le nombró durante el espectáculo del Miss Venezuela 2011 que se transmitió unos pocos meses de su fallecimiento. La “Noche más Linda del país” se mostró con la misma frivolidad y aire superficial que cada año, a pesar que Eva representó de muchas maneras distintas esa lucha silente y cruda que enfrentan cientos mujeres contra el cáncer de mama. Sobre todo en Venezuela, donde la enfermedad se ubica como la segunda causa de muerte femenina. No obstante, Eva continuó formando parte de las eternas ausentes, de la Bella Venezuela que captura la imaginación popular, más allá de la manera como murió y las implicaciones de la tragedia que vivió.

“No es lo mismo” me responde mi interlocutor “lo que ocurrió con Mónica y Carmona merecía un reconocimiento público, un homenaje evidente. Son victimas de la Venezuela actual, de la violencia que todos padecemos”.

“¿Desde cuando el Miss Venezuela ha tocado temas de esa profundidad?” — pregunto, esta vez con toda intención.

“Quizás es buen momento para comenzar. Es una palestra pública, el programa más visto de la Televisión Nacional. ¿Por qué no mostrar lo que vivimos? ¿Por qué no ser cónsonos con la realidad Nacional?”.

El Concurso Miss Venezuela suele estar rodeado de cierta mitología: la Mujer Venezolana — así, en mayúsculas — es un símbolo tan representativo del gentilicio como el petróleo y los impresionantes paisajes naturales de nuestra geografia. Se le menciona como un accidente étnico invaluable, una extraordinaria combinación de factores que dotan a la mujer de nuestro país de una belleza ideal. Por supuesto, no se trata otra cosa que una inteligente comercialización. Porque el concurso del Miss Venezuela, más allá de su éxito como elemento cultural, es una inteligente marca comercial que ha sido manejada como lo que es: Una estrategia empresarial que disfruta de una improbable prosperidad en un país maltrecho. Quizás, sea la única empresa Nacional que ha soportado las veleidades y sacudones de una economía basada en el humor y en el conocimiento exiguo del presidente de turno. Una visión publicitaria sobre el país perfectamente modulada y creada a la medida de la expectativa: Esa mujer irreal, combinación de Diosa vulgar e idealización de la estética hasta al absurdo, parece representar cuando menos, una parte de nuestra historia lo suficientemente sólida como para ser recordada por derecho propio. De manera que el Miss Venezuela existe, forma parte del mito popular de una Venezuela de cartón piedra, armada sobre el rostro compungido del país real. Un espectáculo criticado y querido en proporciones idénticas. El pasatiempo nacional de la belleza.

¿Donde encaja esa visión frivola, superficial, banal con esa visión del país a lo profundo? ¿Ese análisis de la gravísima situación que padecemos? ¿Hasta que punto el Miss Venezuela podría ser una plataforma para la denuncia e incluso la simple realidad cuando no es otra cosa que un escenario para esa interpretación sumamente fútil del país? El Miss Venezuela de hecho, no tiene pretenciones de ser otra cosa que lo que es: Un espectáculo de brillantes colores, sostenido con dificultad, sobre el escenario de un país en escombros.

“¿Por qué el Miss Venezuela debería hacerlo?” — lo pregunto con toda sinceridad. No imagino al célebre y rocambolesco espectáculo, que despierta pasiones y cautiva la imaginación popular, convertido en algo más de lo que es: esa ocasión de disfrutar de una escena de un país que no existe, que dejó de existir hace mucho tiempo. O quizás nunca existió, de hecho. Una Venezuela próspera, dicharachera, con el brillo de una joya barata. ¡Y es que hay que ver la manera como el Miss Venezuela sacude esa pequeña conciencia nacional sobre el gentilicio debido! No hay nadie que alguna vez no haya visto el Miss Venezuela, para burlarse, para disfrutarlo, por simple curiosidad. No hay nadie que no sepa un nombre o dos de la pléyade de “Misses” que forman parte de ese largo historial de la Bella irreal tan amalgamado a nuestra identidad geográfica que resulta indivisible. La “Miss” Venezolana”, ese mito a mitad de camino de la tradición popular y algo más complicado, relacionado con esa visión infantil de un ciudadano irresponsable y banal.

“Porque todo deberíamos ser responsables de lo que ocurre y por supuesto, opinar sobre lo que vivimos” — insiste mi interlocutor — no estaríamos siquiera hablando sobre esto si la necesidad actual no se impusiera sobre lo tradicional. Es hora de asumir no sólo responsabilidades, sino posturas”.

Pienso en sus palabras mientras recuerdo el rostro rubicundo de Osmel Sousa, el llamado “Zar” de la Belleza Nacional. Sousa, presidente de la organización “Miss Venezuela” es quizás el símbolo más evidente esa decadencia simple y sencilla de un proyecto que sobrevive justamente a costa de su instrascedencia, de reinventarse a la medida de la ocasión una y otra vez. Y es que para Osmel Sousa la cosa es bastante sencilla: El Miss Venezuela no es otra cosa que una visión adulcorada de lo cotidiano, de esa fealdad debida de la realidad. Para Sousa el Miss Venezuela no intenta dulcificar ni tampoco democratizar el concepto de la belleza, sino muy por el contrario, hacerla más elitesca, jerarquizada. Con su sonrisa tensa, el rostro rigido por incontables cirugías y los gestos languidos, Sousa es lo bastante cínico como para no ocultar que el objetivo principal del Miss Venezuela es vender esa felicidad de cartón piedra, de oropel barato y escarcha pasada de moda que de hecho es la esencia del Concurso. O mejor dicho, comercializar esa ingenuidad del Venezolano, esa noción adolescente de si mismo y convertirla en un producto mercadeable, consumible. Recién en una entrevista que ofreció a la cadena de televisión británica BBC, Sousa respondió a la usual pregunta sobre: “¿La belleza interior existe?”, con su habitual mirada elemental sobre lo que hace y por lo que trabaja: “La belleza interior la inventaron las feas. La belleza se logra, con bisturí y con dinero. Todos queremos ser hermosos. O parecerlo”. La frase causó controversía y polémica, pero no sorprendió a nadie. O quizás no tanto como debiera. Porque Sousa no disimula — ni desea hacerlo — que la Frivolidad del Miss Venezuela es el secreto de su permanencia, de su capacidad para construirse como un símbolo de una idea insustancial que se extiende década tras década, sin cambio alguno. Porque el Miss Venezuela es simplemente ese deseo de lo irreal, esa idealización de lo vulgar hasta límites extravagantes, esa mirada elemental de una cultura que decidió definirse a través de lo superficial y que lo disfruta.

Luego de mi debate vía redes Sociales, leo una serie de artículos donde diversos blogeros y periodistas critican el silencio del Miss Venezuela. Lo hacen también algunos personajes de la vida pública, que reclaman la necesidad de “visibilizar” lo ocurrido con Mónica Spears y Génesis Carmona como motivo de debate nacional. Se insiste en que ninguna de las dos mujeres “fallecieron” sino que fueron “asesinadas” en medio del clima de violencia insostenible que padece el país. Lo mencionan, mientras la opinión publica aún debate sobre la muerte del Diputado Robert Serra — martir y culpable de su propia tragedia, según la opinión que se escucha — y se desempolvan crímenes para antiguos para reverdecer el debate sobre la herida de la agresión y la impunidad en el rostro del país. Ambos temas parecen superponerse unos a otros, y de pronto, cada muerte en el país parece tener un objetivo político, una idea social que se transmite a través de sus implicaciones. Y en que mientras el asesinato de Spears y Carmona, fueron una amenaza a esa imagen idílica del país enamorado de su propia superficialidad, la de Serra simboliza el durísimo panorama social que enfrentamos. Ambas ideas parecen mezclase, hacerse una sola: ¿No es necesario que la violencia sea real? ¿Qué pase de ser un número en una larga lista de cifras rojas para tener un rostro? ¿No es necesario que Mónica y Génesis sean la bandera de lo no debería ocurrir mientras que Serra es la metáfora de lo que está ocurriendo? ¿No está la violencia en todas partes? ¿No es parte de todas las ideas que se confunden en un panorama nacional elemental?

Nadie duda que el tema de la violencia es una diatriba válida y necesaria, pero aún en Venezuela no ocupa la prioridad de ninguna agenda política. La violencia es la violencia y está en todas partes y su análisis es tan inconsistente como los reclamos de incluir en el Miss Venezuela en medio del debate, de construir a través de su plataforma un mensaje totalmente distinto a lo que es, y a su único objetivo real. Y es que durante la Revolución Venezolana, los límites entre lo absurdo, lo debido, lo necesario, lo evidente, lo eminente, parece confundirse con lo popular, con ese debate interminable que convierte a Venezuela en dos bandos en eterna disputa.

Porque hablamos de Polarización del lenguaje, de una radicalización extrema que hace construir un panorama político en todas partes. Una idea que se insiste, que se toma por necesaria, que contamina todo espacio y toda expresión cultural. La política y el debate que ocupa cualquier lugar, que rebasa cualquier límite, que parece atribuirsele esa cualidad omnipotente. Desde hace quince años la política en Venezuela lo es todo, representa cualquier cosa, invade cualquier pensamiento. La política que no sólo señala la idea que corroe sino la consecuencia inmediata: La política que en realidad es otra cosa, un debate confuso y venial que no parece encajar realmente en ningún lugar quizás por esencialmente, ser parte de ese discurso inevitable de la Venezuela huerfana de todo significado.

Hace poco, veía un corto publicitario del Miss Venezuela transmitido en un canal Internacional. Una mujer de extraordinaria belleza desfila por la pasarela de madera, toda sonrisas y guiños. A su alrededor, un grupo de bailarines la acompaña en un escenario rudimanetario de colores muy vivos. Ella avanza, con el contoneo aprendido luego de semanas de entrenamiento y se detiene frente a la cámara. La sonrisa se ensancha, puro carmín y ojos muy maquillaados. La expresión superficial, el rostro que podría ser el de cualquiera. Una voz en Off anuncia “El certamen más popular del continente: la cuna de las mujeres más bellas”. Y esa frase, repetida hasta la saciedad, resume esa ficticia sonrisa, esa postura antinatural de la mujer en medio del escenario radiante. Esa visión de un país simple, avenjentado, ignorante de sus propias grietas. Y no obstante ¿Cuando ha sido el Miss Venezuela otra cosa? ¿Cuando ha sido algo más que esa sonrisa de ocasión, ese jingle baratón?

La “Miss” avanza, saluda al público, la melena brillante le roza los hombros. Corte y a la siguiente escena. Una imagen huidiza de este país que continúa enfrentándose o quizás, que simple conserva una última traza de ingenuidad.

C’est la vie.

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