Más allá de la diatriba: El país de las ilusiones rotas.


El día en que Amaranta Ursula abandonó Macondo, no lloró. Miró la ciudad desolada, la estación de tren destartalada, sus padres pálidos y cansados y sólo levantó la pequeña mano enguantada para despedirse. No era la primera que abandonaba el pueblo que se desmigajaba en desidia: luego del Diluvio, Macondo había regresado a su ancestral soledad, a ese silencio desolado fruto del desastre y el temor. De Macondo, el de las parrandas de Aureliano Segundo, sólo quedaban escombros.

Para el año 1950, Venezuela era el principal destino de una buena parte de los inmigrantes europeos. Mi abuelo entre ellos. En más de una ocasión, me habló de esa imagen de “Tierra prometida” de Venezuela, esa visión de gracia y fecundidad, que recibía con los brazos abiertos a un buen número de europeos que huían del dolor de la recién terminada Guerra. Mi abuelo había luchado en algún lugar de Francia, para luego regresar a su natal Islas Canarias, herido en cuerpo y alma. Emigrar a una tierra radiante, de sol perpetuo y belleza legendaria, le pareció natural.

— Nunca olvidaré la primera vez que vi a Caracas — solía contarme — esa sensación que había llegado a un buen lugar, a un refugio. Aquí todo parecía recién hecho, nuevecito. Un Paraíso perpetuo.

Mi tio recuerda esa pequeña anécdota mientras esperamos el avión que lo llevará a él y su familia a su nuevo hogar en España. Curiosamente, mi tio recorrer a la inversa el camino que mi abuelo siguió para llegar a este país, al que amó hasta el último día de su vida. Entristecido, cansado, un poco atemorizado, mi tio recuerda a su Padre, que solía insistir que llegó a Venezuela con las manos vacías para recibir no sólo abundancia, sino la radiante noción que este país invitaba a la felicidad, prometía un tipo de belleza asombrosa, salvaje. De pie, en medio del silencio cálido y metálico del aeropuerto destartalado, a mi tio se le llenan los ojos de lágrimas.

— Es como regresar al punto de retorno — me dice. Cuando nos abrazamos, ni él ni yo lloramos, pero si recordamos en silencio al abuelo, con su gorra de paño y su sonrisa perenne. El símbolo de la Venezuela que fue y que ya no existe.

Cuando mi tío se despidió, como Amaranta Ursula, tampoco lloró. Me pregunté si al mirar atrás por última vez, entre la multitud de hombres y mujeres que como él despiden al país, también vio los escombros de la Venezuela que fue, que nos perteneció, de la que soñamos. Probablemente sí.


El coronel Aureliano Buendía miró por entre las rendijas del taller de Plateria la calle vacía los estropicios de pesadilla del Carnaval Sangriento. Después o antes, no lo recordaba bien, escuchó el llanto por sus hijos muertos: los diecisiete Aurelianos que un enemigo invisible había cazado como conejos en el término de un día con su noche. Y sintió dolor, una rabia sorda y elemental que le rebasó y le dejó sin palabras, esa sensación que el tiempo corría en circulos, que destruía Macondo por el mero hecho de repetir una y otra vez los mismos errores, las mismas espectáculares equivocaciones nacidas de esa proverbial inocencia del pueblo llano. Se echó la manta de lana sobre los hombros, se sentó de nuevo para armar un pescadito y de pronto se preguntó si esa sensación añil y aplastante que le llenaba de amargo la lengua, era resignación. Era una forma de morir, pequeña y fragil, en medio de tantas otras. Cuando Ursula le llevó ese día el plato con arroz blanco, carne guisada y platano, la miró: una anciana monumental arrasada por el sufrimiento silenciosos, por las cientos de batalla de lo cotidiano. Suspiró.

— ¿Qué pasa? — preguntó ella, inquieta por la mirada clarividente de su hijo. Él se encogió de hombros.
— El tiempo, eso es lo que pasa. Nada cambia, todo se repite.

Ursula se sobresaltó. Justa esa mañana había pensado lo mismo, viendo llover por la ventana entrecerrada y escuchando la llovizna tempranera. Los errores regresar para cometerse una y otra vez.


Hace unos días, el país se sorprendió con la Noticia que la Torre de David, símbolo del caos y de la improvisación legal del país, estaba siendo desalojada, luego de 7 años de ocupación ilegal. Las imágenes de la televisión oficial mostraron a las familias, abandonando en actitud pacifica la edificación. Ernesto Villegas, ministro de Estado para la Transformación Revolucionaria de la Gran Caracas, se vanaglorió no sólo del “logro revolucionario” de reubicar las 1400 familias que habitaban la Torre, sino también por el hecho de brindarle la oportunidad de disfrutar de “viviendas dignas”. No mencionó por supuesto, que la problemática de la vivienda en Venezuela triplica las cifras de hace quince años, que el problema se agudiza a medida que las expropiaciones y ocupaciones ilegales vulneran el derecho a la propiedad privada y mucho menos, que cada día, el indice de Venezolanos que no tienen la posibilidad de adquirir un techo propio aumenta de exponencial. Tampoco claro está, se habló sobre los torpes proyectos de infraestructura: En Venezuela la construcción de viviendas se redujo durante el 2014 a un tercio de su última cifra oficial, lo que quiere viene a significar que muy probablemente, alcance su mínimo histórico antes de finalizar el año en curso.

Un análisis que permite llegar a una conclusión obvia: Después de 15 años de Gobierno Chavista, no se ha logrado superar el número de viviendas construidas en la “Cuarta República”. Durante los mandatos de Jaime Lusinchi, Luis Herrera Campins, y en el caso de Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez, durante sus segundos periodos presidenciales, se cuadruplicó el número de viviendas construidas. En cifras puntuales, durante los 4 gobiernos que antecedieron al de Hugo Chávez, se levantaron 1.415.631 viviendas. Mientras que la “Quinta República” ha logrado edificar 230.144 unidades habitacionales.

Cuando le comento todo lo anterior a P. , un amigo que se autoproclama socialista, sacude la cabeza con una sonrisa. Me escucha con una expresión casi incrédula, como si mis críticas sobre las políticas gubernamentales carecieran de verdadera sustancia.

— Es la primera vez que los realmente necesitados tienen la posibilidad de adquirir vivienda propia — me dice — obviamente, los costos aumentan y la planificación resiente el saboteo y el clima país. Pero la construcción de viviendas es ahora parte de la política Gubernamental. La Gran Misión Vivienda ha logrado reubicar a casi dos millones de Venezolanos y continua haciéndolo.

Mi amigo P. es un funcionario de la administración pública, que se vanagloria de su formación “humanista” y que insiste en concebir al país como un proyecto en creación y construcción. No obstante, hace menos de quince años formaba parte de las filas de Acción Democrática: era un partidario de la llamada oposición “política”, esa que se enfrentó a ese Chavez juvenil e invencible de los primeros años en el poder. Cuando se lo menciono, sacude la cabeza, parece incómodo.

— Evidentemente, comprendí que el país necesita un nuevo tipo de política — me explica — no la tradicional que sumió al país en el caos.

Me pregunto si P. es consciente que el antes y después de la política Venezolana, comprendida a través del punto de inflexión de la llamada “Revolución Bolivariana” solo se trata de un transformación elemental del poder. De un intercambio de prebendas, razones y excusas entre grupos idénticos que utilizan el trampolín político para construir un juego de poderes anónimo, devenido en un mero enfrentamiento entre rivales con idéntica interpretación sobre la Venezuela en disputa. Un campo de batalla fútil y amargo que parece dar vueltas en círculo, sin avanzar nunca hacia ninguna propuesta válida, una transformación país real.

— La política siempre es la misma — responde P., con un leve encogimiento de hombros cuando le digo lo anterior — no puedes esperar cambios espectaculares en breves períodos de tiempo. Solo se trata de pequeños ciclos históricos, uno con mayor éxito que otros.

— Y eso lo contará quien tenga el poder, supongo — añado. Mi amigo no responde, pero su expresión plácida, casi indiferente, lo hace por él.


En el cuarto de Melquíades, siempre es Lunes y Marzo. José Arcadio Segundo lo descubrió durante los años en que estuvo encerrado allí, escondido de los militares. Lo supo porque el tiempo siempre parece el mismo, diáfano y cristalino. Las palabras son las mismas, repetidas y olvidadas en un lento ciclo que se desgasta, como si el eje del tiempo se hiciera cada vez más lento, destruído por el giro inevitable de la historia. Pero para José Arcadio Segundo, perdido para el mundo, asombrado y desconcertado por la realidad, esa pequeña grieta en el continúo del tiempo es comprensible, natural. Vivimos los mejores tiempos que recordamos, nos quedamos atrapados en los recuerdos de épocas felices. Somos el reflejo distorsionado de nuestra historia.

Una vez leí que Caracas se quedó suspendida en los últimos años de la década de los ochenta, la década dorada donde el boom petrolero la transformó de una ciudad con aire levemente rural, a otra por completo distinta, cosmopolita y en constante renovación. Fue la década del Metro de Caracas, del Teatro Teresa Carreño, la época de la Caracas posibilidad, del sueño petrolero transformado en una visión de bonanza frágil, futil y sin duda, destinada al desastre. Porque Caracas se concibió así misma como una visión de lo que podía ser, de lo que se asumía como la ciudad que se construyó a partir de lo que aspiro y deseó. Las autopistas llenas de automóviles último modelo, los modernos edificios eclipsando esa otro rostro de la Caracas que había sido, campesina y un poco tosca y de alguna manera, aún era. Los ciudadanos asombrados por aquella prosperidad que los tomó por sorpresa, que los llevó a saborear esa sensación de lugar inédito, en plena transformación.

Pero el tiempo siguió transcurriendo, a pesar que Caracas se resistió a aceptarlo. Tal vez por esa razón, la Caracas actual es una imagen ruinosa de lo que fue, de lo que aún supone es, y cuya lenta debacle parece ocurrir en una región desconocida, sin nombre. Porque la Caracas que sobrevive así misma, en medio de la violencia, la infraestructura rota, la arquitectura pasada de moda, las calles desoladas y el miedo, insiste en mirarse como esa otra, la que brilló, la llena de oportunidades que se asumía así misma como una renovación de la identidad del Venezolano, de esa Capital brillante de un país adolescente que apenas comenzaba a comprenderse así mismo. Y es que en Caracas, la abrumada por sus desgraciadas, la asediada y rota por la indirencia, el tiempo no transcurre. Siempre es el último día de la esperanza, la noche más brillante. El día que olvidó transcurrir.


Macondo, lleno de espejismos, sucumbió a un viento apocaliptico. ¿Qué llevó a Venezuela al desastre? Una pregunta que me hago a diario y a la que aún no sé como responder. O quizás si, me digo, mirando el Ávila radiante y más allá, el país promesa convertido en esperanza frustrada, pero es tan dolorosa que prefiero no conocerla.


C’est la vie.