Una recomendación cada viernes: ‘La Historia de tu vida’ de Ted Chiang.

Tu padre está a punto de hacerme la pregunta. Éste es el momento más importante de nuestras vidas, y quiero prestar atención, captar cada detalle. Tu padre y yo acabamos de volver de una noche en la ciudad, con cena y espectáculo; es más de medianoche. Salimos al patio para mirar la luna llena. Luego le dije a tu padre que quería bailar, así que me sigue la corriente y ahora estamos bailando lentamente, un par de treintañeros oscilando de un lado a otro bajo la luz de la luna como niños. No siento el fresco de la noche en absoluto. Y entonces tu padre dice:
– ¿Quieres tener un hijo?

La historia de tu vida

Ted Chiang.

Se dice que el cuento — como género literario — se encuentra en medio de una crisis compleja. Eso, a pesar del merecido Nobel para Alice Munro en el 2013, que reivindicó no sólo el prestigio del cuento sino además, lo dotó de una desconocida relevancia. Aún así, las historias cortas parecen no encajar en nuestra época, obsesionada por la complejidad literaria o al otro extremo, por la inmediatez, lo que hace que el cuento deba luchar contra dos tendencias contradictorias con las que no logra reconciliarse nunca. Y la crisis se hace patente: Según estadísticas de varias editoriales alrededor del mundo, el número de antologías dedicadas a las narraciones breves ha disminuido paulatinamente durante la última década y las predicciones es que el porcentaje llegará a un mínimo histórico en menos de un lustro. Todo lo anterior ha provocado un preocupado debate dentro y fuera del mundo de las letras. Se habla de la posible trascendencia del cuento como forma de expresión pero sobre todo, de su futuro. ¿Desaparecerá el cuento en el futuro?

A pesar de eso, las historias cortas siempre han sido parte indispensable de cómo se concibe la Ciencia Ficción, la fantasía y el terror literario. Las recopilaciones, antologías y relatos sueltos publicados en serial, han sido parte de la forma básica de cómo se concibe la literatura de género. En la actualidad no es diferente: las historias cortas forman parte no sólo de cómo comprendemos cierto tipo de literatura sino además, del núcleo del terror, la fantasía y la ciencia ficción como medio de expresión formal. Hay una perspectiva específica sobre lo que el cuento plantea que lo hace ser elemento conjuntivo de esa noción sobre la imaginación, lo que soñamos y creamos que sigue siendo esencial dentro de la literatura como caja de resonancia de un discurso mucho más amplio.

Ted Chiang es quizás uno de los escritores actuales que encarna esa percepción del cuento como fenómeno individual y de análisis de algo más profundo en la literatura que la mera historia que se cuenta: Su prosa experimental basada en una pulcra lógica, crea un nuevo tipo de comprensión sobre los alcances de la ciencia y lo emotivo, en una mezcla poco usual que convierte sus cuentos en perfectos mecanismos de ideas tan complejas como espiritualmente profundas. Para Chiang, la Ciencia Ficción no es sólo un análisis sobre el futuro, la tecnología y los alcances de los límites humanos sino también una profunda experiencia vivencial y emocional. Una aspiración a un tipo de comprensión sobre la emoción, la filosofía privada y la belleza que sorprende por sus matices pero sobre todo, por su delicadeza. Chiang analiza al hombre y su circunstancia no sólo a través de sus intrincadas relaciones con la ciencia y la tecnología, sino también, de esa presunción de fe y de grandeza espiritual que brinda a sus relatos una segunda dimensión entre líneas de enorme profundidad intelectual.

Todo lo anterior hace que el libro recopilatorio “La Historia de tu vida”, tenga un enorme valor no sólo como volumen independiente sino como análisis de la evolución de Chiang en la búsqueda de una noción esencial sobre la Ciencia convertida en una forma de filosofía. Cada uno de los cuentos contenidos en el libro, tiene una marcada personalidad y apunta en direcciones distintas, aunque todos coinciden en una específica búsqueda sobre la razón de la existencia, todo tipo de preguntas trascendentales y una mirada compasiva sobre el dolor humano. Los relatos analizan de una u otra forma la idea sobre la capacidad del hombre para crear una nueva dimensión sobre su naturaleza. Y es en esa conmovedora mirada sobre el sufrimiento, el desarraigo y la soledad, en la que Chiang encuentra un punto de inflexión sobre la forma en que comprendemos el tiempo, la identidad universal y la abstracción personalísima de la creencia.

Los cuentos de Ted Chiang tienen un cuidado “sentido de la maravilla” que resulta primordial en el género pero que además, es de considerable importancia para comprender la mirada del autor sobre el mundo y su circunstancia. Hay algo clásico y melancólico en las pequeñas pero densas narraciones de Chiang, que recuerda a las de Asimov y de Theodore Sturgeon, pero con un ingrediente novedoso que sorprende por su frescura. Ted Chiang se toma muy en serio el peso de la inteligencia del hombre — para el hombre y por el hombre — como parte esencial de lo que desea contar. La colección está unida por un hilo en la que la pasión de Chiang por descubrir la trascendencia moderna construye una red interconectada de expresiones sobre el bien y el mal, lo temible y lo esperanzador. En medio de todo, Chiang medita entre líneas sobre la realidad y la fantasía, la textura del tiempo y nuestra comprensión de lo que nos rodea. Y lo hace con una delicadeza que convierte sus pequeñas escenas e historias en una profunda experiencia emocional.

Desde complejos análisis sobre el lenguaje, hasta variables de teoremas matemáticos, Chiang utiliza la ciencia como telón de fondo y contexto para reflexionar sobre las inquietudes tradicionales de la Ciencia Ficción pero a la vez, como una forma de metódica mirada sobre los espacios espirituales del hombre como colectivo. Se trata de conjeturas de un humanismo profundo que se mezclan con la ciencia sin jamás contradecirse entre sí. Chiang logra un equilibrio que transforma la empatía por sus personajes, en alegorías inmediatas sobre procesos mentales y emocionales de una belleza casi lírica.

Chiang confesó en una oportunidad que toda su obra forma parte de sus “profundas inquietudes y dolores personales”. Quizás por eso, sus cuentos se concatenan sin desentonar para enviar un único mensaje: somos piezas diminutas de un gran mecanismo que avanza a ciegas en medio de especulaciones científicas. Pero para Chiang la ciencia no es la respuesta absoluta, sino que se trata de un método de proceso para abarcar la ternura de las emociones humanas desde su conjunto. En una entrevista, Chiang afirmó que su cuento “La historia de tu vida” (cuya adaptación al cine “Arrival” del director Denis Villeneuve se convirtió en un éxito de público y crítica) “creció por un interés en los principios diferenciales de de la física pero también, su relación con las pequeñas cosas diarias, temibles y dolorosas que vivimos en cada ámbito de nuestra existencia”. No obstante, “la historia de tu vida” no medita sólo la física, la teoría de la relatividad y los espacios dimensionales sobre el tiempo omnisciente, sino también sobre el sufrimiento humano. Lo hace además de una forma muy simple, casi nostálgica. Esa sorprendente combinación de sofisticados conceptos científicos y profundas emociones, en medio de un contexto ultra tecnificado y específico es quizás el elemento más reconocible en la obra de Chiang. Una especulación sobre las ciencias y su impacto sobre lo humano, lo pequeño, lo íntimo.

Por asombroso que parezca, en el Universo de Chiang, el humanismo es indivisible de un positivismo que a veces resulta casi agobiante por su pulcritud. Entre ambas cosas, el escritor logra una contraposición entre calidez y profundidad que a primeras de cambio resulta incómoda pero que termina sosteniendo su discurso con enorme serenidad. Y Chiang saca provecho de la imprevisible combinación y sus buenos resultados. En el cuento “Sesenta y dos cartas”, la industrialización se transforma en un juego de nociones Cabalísticas y Chiang logra hacer creíble a una sociedad ucrónica sistematizada que se sostiene sobre la magia — en lugar de la ciencia y la tecnología — como forma de expresión formal. Al contrario, en “Torre de Babilonia”, relato que abre el volumen y de alguna forma presenta al escritor a su pública, Chiang transforma la parábola bíblica en una compleja metáfora sobre la relatividad y los misterios de la física cuántica, transformados para la ocasión en una forma de fe y creencia por completo espiritual.

¿Como logra Ted Chiang que temas tan disímiles y en ocasiones rocambolescos funcionen de la manera en que lo hacen? Se trata de un cuestionamiento válido: después de todo, la ciencia ficción diferencia con mucho cuidado sus raíces científicas y las celebra como aproximaciones teóricas que intentan analizar la realidad como futuribles y conjeturas tecnificadas. No obstante, para Chiang el núcleo de la Ciencia Ficción parece ser otra cosa y lo demuestra en sus aproximaciones a temas que por lo general, el género no toca o cuando lo hace, se limita a cierto planteamiento objetivo. En su cuento “El infierno es la ausencia de Dios” (ganador del premio Nebula y del prestigioso Hugo), la narración se basa enteramente en aproximaciones filosóficas sobre el bien y el mal, todo basado en certezas científicas sobre la existencia del cielo y el infierno. En el relato, la incertidumbre de la fe desapareció para dar paso a una certeza fatalista que convierten lo sobrenatural en un teorema racional y en condiciones científicas medibles. Las primitivas doctrinas cristianas toman entonces el lugar de la percepción objetiva y convierten las experiencias místicas en algo mucho más peligroso y letal. Los personajes deben luchar no sólo contra el miedo de la experiencia — las descripciones sobre ángeles, iluminados, cielo e infierno de Chiang son casi escalofriantes — sino contra las catástrofes específicas que provocan las rocambolescas manifestaciones espirituales. A pesar de eso, Chiang se aleja con muy buen tino de cualquier discurso moralista: Chiang sólo describe y muestra. La historia se hace entonces un manifiesto liberal y durísimo sobre nuestra percepción sobre la fe y la creencia. Al final, el relato es una hipótesis pesimista que cautiva y aterroriza a partes iguales.

No obstante de lo anterior y sus constantes devaneos humanistas, Chiang es un científico y lo deja claro en la rigurosidad técnica de sus historias. Sus premisas son atrevidas y osadas, pero la línea científica en cada una de ellas están sustentadas en una detallada y realista descripción que aportan una dimensión por completo nueva a la alternativa de la Ciencia como sujeto literario. Hay un enorme trabajo de investigación, ya sea en sus nociones sobre lingüística como en los obvios conocimientos bíblicos y místicos en sus relatos y esa combinación de buen hacer narrativo y conocimiento cuantificable lo que convierte a sus cuentos en inauditos despliegues de imaginación. No importa si el relato comienza esbozando premisas delirantes sobre la salvación espiritual o detalles sobre la albañilería en la antigua Babilonia, Ted Chiang encuentra la fórmula ideal para sostener esa percepción sobre lo bello y lo temible, lo doloroso y el éxtasis intelectual con una habilidad portentosa.

La ciencia, la razón y los que nos hace humano son conceptos que suelen batallar entre sí por una preeminencia histórica dentro de la forma como el ser humano se comprende. Ted Chiang lo sabe y transforma ese pulso entre ideas en algo mucho más esencial y profundo: en una percepción ideal sobre la belleza, una profunda aseveración sobre el dolor y el impacto de ese gran mecanismo Universal que engloba las leyes infinitas que gobiernan la realidad. Las preguntas que se plantea el escritor son sin duda Universales y no resultan novedosas bajo un análisis superficial, pero a medida que se avanza en los planteamientos de Chiang, se descubre evidente intención de encontrar una respuesta que unifique lo humano y lo divino en una percepción elocuente sobre la identidad del hombre. Una mirada ideal sobre la identidad de la tribu humana y lo que resulta más contundente aún, ese elemento esencial que nos hace ser criaturas complejas y desconcertantes. La humanidad como el mayor misterio de todos.

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