
El corazón angelino de las réplicas e imitaciones
(Los Ángeles, California).– Es un día caluroso de invierno cuando, uno a uno, los puestos de los populares callejones del centro de Los Ángeles van bajando las persianas y echando el cierre. Aún quedan, sin embargo, algunas tiendas abiertas tratando de apurar los últimos minutos de la jornada laboral y zanjando ventas. En la intersección de las calles Maple y Olympic se alza un edificio repleto de comercios. En las inmediaciones, un joven latino con una gorra de baseball que apenas levanta un metro y medio del suelo, se acerca a los transeúntes y ofrece bolsos de marca.
“¿Chanel, Chanel?”, repite mientras camina de un lado a otro de la calle en un intento por captar clientes.
Trabaja en una tienda que se encuentra a pocos metros de una de las entradas principales del edificio. En el interior de ésta, el dueño, de tez, cabello y ojos oscuros, vigila con atención a los compradores. Él da las órdenes y su pequeño secuaz las ejecuta. Con un gesto de aprobación, el propietario da la luz verde para que el joven rápidamente saque de la parte trasera de la tienda una caja cubierta con varias capas de lonetas que oculta la mercancía clandestina.
“Son $150 por las bolsas grandes, pero también tengo este modelo más pequeño que cuesta menos”, me dice el joven y agrega “el original de Chanel te vale $3500”.
Ante la duda que percibe en mi tono, el muchacho me ofrece una segunda opción.
“Te doy mi teléfono y nos vemos en otra tienda u otro lugar porque tengo otras marcas”, asegura.
Con un gesto de desdén y enfado, el dueño se dirige a mí y dice: “yo los pongo aquí y tú me dices cuál quieres”.
En apenas un minuto, una montaña de bolsos emerge de otra caja escondida detrás del mostrador. Son réplicas de Louis Vuitton (por $75) y Michael Kors (por $60) que sostengo en mis manos y examino con cautela. Las costuras y los acabados son perfectos. El ojo no entrenado es incapaz de distinguirlos de los productos originales. La marca está cosida con precisión dentro y fuera del artículo. El último detalle que no podía faltar: “Made in China”, dice la etiqueta. Son ilegales.
Con la mirada clavada en mí y una ligera sospecha sobre mis intenciones, el dueño me advierte: “La próxima vez que vengas, ven con las ideas claras”. “Esto es peor que comprar drogas”, sentencia en tono firme.
Al salir del establecimiento, me percato de la presencia de otro joven con un puesto de frutas en la esquina. Es un halcón. Con un chivatazo, alerta rápidamente a los tenderos de cualquier individuo que levante sospechas. Unos se protegen a otros. Los sobornos, el pago de comisiones y las extorsiones son el pan de cada día de estos piratas mercantiles. Así es este mercado negro de compra-venta de imitaciones y réplicas que desvía dos billones de dólares anuales de la industria minorista de Los Ángeles, según datos de la Asociación de California de la Moda.
“Las pérdidas a las marcas y negocios minoristas del Condado de Los Ángeles desviaron unos $483 millones en impuestos de los gobiernos estatales y locales”, dice un informe facilitado por su Presidenta, Ilse Metchek.
Frente al popular callejón Santee, una joven llamada Sussie ofrece relojes de marca. “Tengo imitaciones y réplicas”, me dice.
Las imitaciones, que son copias baratas y de baja calidad en su mayoría legales, se venden a partir de $150. Las réplicas, cuya venta está prohibida porque suplantan al producto original, se venden a partir de $400.
Me conduce al interior de un edificio repleto de negocios cerrados. Llama a un joven afroamericano y caminamos juntos hacia una zona con poca luz detrás de una viga. El joven desaparece por el ascensor y regresa con dos bolsas de plástico.
Sussie lleva la voz cantante en este grupo organizado. Con desparpajo, saca varios relojes Rolex, Cartier y Hublot de las bolsas y me los enseña. “Estos son los clones”, explica refiriéndose a las réplicas. El peso físico de estos artículos es superior al de las imitaciones. Los detalles están cuidadosamente calcados a los originales. Pide $850 por un Rolex Presidential de color dorado y $650 por un Cartier metálico para mujer.
“Si compras los dos, te hago un precio de combo”, asegura tratando de convencerme y aclara: “sólo acepto dinero en efectivo”.
Los artículos no pueden estar en las estanterías. Los comerciantes lo saben bien. La zona está en el punto de mira de las autoridades. Los callejones son un escaparate de lavado de dinero de los carteles de la droga y, en los últimos años, han sido el epicentro de varias redadas. Pero también se sospecha que son la puerta de financiación de operaciones terroristas.
“He estado en casas y negocios donde las fotos de Hizbulá y Sheik Nasrallah eran muy visibles”, alertaba Kris Buchner, investigador y fundador de Investigative Consultants, al Senado estadounidense ya en mayo de 2005.
“Mientras que la piratería genere dinero, [a los criminales] no les importa a quién lastiman o matan”, asegura Buchner y añade “la piratería es tan, si no más, lucrativa que vender drogas”.
Aunque la mayoría de productos piratas proviene de China, Corea del Sur, México y Taiwán, también se han encontrado fábricas clandestinas en territorio estadounidense.
“Hace años trabajaba en una joyería del centro de Los Ángeles y, un día, al bajar al sótano, vi mujeres asiáticas falsificando perfumes”, relata Jorge Cisneros de Guatemala.
El consumidor también se ha convertido en un peón fundamental en esta cadena de mercancía pirateada que se ramifica a nivel internacional y que, en algunos países, se nutre incluso de la explotación laboral infantil.
Con la llegada de internet, se ha facilitado la movilización y venta de falsificaciones por todo el mundo. Y aunque para el consumidor, la compra de estos artículos en principio no supondría incurrir en una ilegalidad, su posterior venta, sí lo sería.
“Dime lo que quieres y te lo consigo”, remata el joven de la gorra sin importarle que pueda acabar tras las rejas.