El “haiga” sí existe, aunque no es lo que piensas

Mini-guía para el manejo lingüístico del haiga

Fue en una reunión editorial en una cadena hispana en Estados Unidos donde por primera vez en años volví a escuchar la palabra “haiga”. De las más de ocho personas sentadas alrededor de la mesa fui la única sorprendida al escucharla. Inmunizados ya ante los atropellos lingüísticos que con frecuencia se perpetran en esta región del mundo, todos continuaron discutiendo qué temas deberían ir en el informativo ese día. Mientras tanto, yo permanecía abstraída en un diálogo interno con mis pensamientos, consumiéndome con mi herencia gramatical y preguntándome. ¿Será que durante años lo he dicho mal y nadie me ha corregido? No tardé en percatarme de que, lo que en un principio parecía un hecho aislado, pronto se alzó como una realidad incuestionable que domina la industria periodística hispana en Estados Unidos.

El haiga es un fenómeno viral, es como ese vídeo de Anna Kournikova que contagió miles de ordenadores (sí, uso ese término y no computadora) por todo el planeta y cuyos usuarios contemplaban con pavor cómo la bella rusa devoraba sus sistemas operativos. El haiga es un tabú que todos aceptan y nadie cuestiona. Y el cuestionamiento del statu quo no viene sino con agravantes imprevisibles para quien lo realiza. Pero, como periodista, me siento obligada a abordar el mayor tabú que existe en las redacciones hispanas y cuya existencia se tolera día tras día, cuyo uso se refuerza y se justifica con un banal “así es el mercado”.

Pues si así es el mercado, ¡qué lamentable que nadie “haiga” hecho algo por cambiarlo!

Soy consciente de que — al abordar este fenómeno viral que se ha incorporado a mi diario vivir y que, confieso, me atormenta en la intimidad de mis sueños — seré duramente criticada por herir sensibilidades, y que probablemente seré también guillotinada a la francesa ante miles de ‘haiganos’ que corearán mi nombre. Aún así, prefiero la condena unánime a la que me expongo a respaldar y proteger un sistema disfuncional que le hace un flaco favor al pueblo al que supuestamente representa.

Déjenme que realice mi primera confesión dentro de esta reflexión: el haiga sí existe. Históricamente, sus raíces se remontan a la época del s. XVI en España, cuando su manejo estaba aceptado como la tercera persona del subjuntivo del verbo haber. Con la evolución lingüística que experimentó el pueblo español, la utilización del haiga cayó en desuso hasta que fue suplido por el haya, que es la única forma aceptada en la actualidad por la máxima autoridad rectora del español: la RAE.

Pero este fenómeno tuvo un inesperado resurgimiento siglos más tarde. Fue en la época de la posguerra española, allá por los años cuarenta, cuando el síndrome del haiga irrumpió de nuevo en las calles para referirse a un vehículo de gran tamaño y ostentoso de procedencia extranjera — el último modelazo que todos los que querían ‘ser alguien’ aspiraban a conducir. Un haiga otorgaba un falso aire de señorío, de poder adquisitivo y de categoría social a analfabetos que se habían enriquecido con el mercado negro del estraperlo y otras actividades. Estos nuevos ricos acudían a los concesionarios de automóviles para hacer gala de la fortuna que poseían y adquirir su cochazo.

Quiero “el coche más grande que haiga”, decían. Es así como se pasó de una forma verbal incorrecta a un sustantivo: “comprarse un haiga”. Esta frase, que marca una de las épocas más oscuras de la historia española, define ahora otra realidad cultural, otro momento histórico que me ha tocado vivir en otro país: haiga es una palabra convertida en el mayor trademark de los servicios informativos de las cadenas hispanas en Estados Unidos. Es una especie de ‘sello de identidad informativa’ que ha venido para quedarse.

En este país, pareciera que decir haiga fuera un requisito casi indispensable para lograr escalar posiciones en la jerarquía informativa hasta ser reportero y presentador. Se trata de una realidad fácilmente comprobable, especialmente en mercados locales, incluso en los que más peso tienen a nivel nacional. Encienda la televisión, escuche y tome nota.

“¿No dices haiga? No presentas. Mejor quédate sentado de redactor…pero no escribas ‘haya’ porque es creerte superior a los demás. Mira…mejor ni escribas y lleva ‘los tapes’ al editor”.

Cualquier justificación es válida para reforzar el statu quo. Cualquier argumento es válido para desbancar al haya-parlante y sustituirlo por un haigano, porque el haigano, en este mercado, es el estandarte dorado, ese al que uno debe aspirar para ‘ser alguien’ en esta industria periodística.

Aunque entender el fenómeno haigano requiere un tratado extenso y debidamente documentado, me limitaré a aportar una descripción escueta del mismo. Me atrevo a bautizar como haigano a aquel que practica el uso reiterado del haiga de forma consciente o inconsciente. Los haiganos sobreviven y escalan en la industria de la televisión y de los medios de comunicación hispanos en Estados Unidos protegidos por otros valores que imperan sobre el buen conocimiento y manejo de la lengua. Dichos valores incluyen la estética corporal, generalmente caracterizada por senos y traseros voluminosos a los que se les atribuye la capacidad de atraer ratings. A pesar de que no hay estudios que corroboren esta hipótesis, la práctica haigana ha sido elevada a la categoría de ley en esta industria. Algo así como el resultado de un focus group, cuyas respuestas están claramente inducidas — este último un fenómeno tan inexplicable como el anteriormente expuesto.

A veces, en la deriva de mis pensamientos, cuando me he tomado una copa y decido tomar una segunda para ver la vida con mayor claridad, me pregunto: ¿Será que la cúpula que toma decisiones sabe que el haiga es un vulgarismo y que la mejor manera de representarlo es utilizando un personaje sexualmente vulgar? O ¿será que quienes toman las decisiones desconocen el buen manejo de la lengua? O ¿simplemente no les importa?

Pero ¿por qué no se corrige un error tan extendido al que fácilmente se le puede poner remedio? Quizá porque en ello van implícitas otras consideraciones, como evitar herir la sensibilidad cultural y el legado de muchos migrantes que no han tenido la oportunidad de estudiar en sus países de origen. Aunque permítanme que incluso dude de este planteamiento.

En cualquier caso, no se debe perder de vista el objetivo final — que nada tiene que ver con estigmatizar o herir la sensibilidad del migrante — sino más bien ejercer un periodismo responsable que ayude a ese migrante sediento y necesitado de información a tomar mejores decisiones. Recordemos que éste no es un debate en torno a lo personal sino a lo profesional.

El problema es que abrir el debate sobre el haiga implica destapar la ignorancia de muchos, incluso de quienes ostentan puestos ejecutivos y con capacidad de decisión. Ni siquiera sé si merecen ser acusados de utilizar los medios de comunicación como herramienta para controlar al oprimido y al necesitado y no poner en manos del desvalido las herramientas requeridas para mejorar su calidad de vida. No creo que muchos decision-makers tengan la capacidad para elucubrar y ver más allá del busto que tienen delante.

Tampoco creo que sus intenciones subrepticias tengan como fin aplatanar el pensamiento del pueblo, allanar su capacidad intelectual hasta mermarla por completo y reducirla a la de organismos unicelulares como las amebas o los protozoos. Lo que sí creo es que el pensamiento lineal es el que rige las decisiones de los poderosos: sus acciones se centran en el engranaje económico de la industria y en cómo acumular ganancias masivas. Hasta ahí les llega la visión. Y mi condena hacia los protectores de este statu quo es inquebrantable.

Adelantándome ya al argumento de la diversidad cultural y lingüística, les digo que una cosa es dicha diversidad y otra es que el fenómeno del haiga se impulse desde los despachos de los directivos de informativos para fomentar — de forma consciente o inconsciente — la vulgarización del pueblo.

Dicho esto, no me sorprendería que la RAE, un día no muy lejano, aceptara el término haiga como sinónimo de haya en un acto que yo calificaría de regresivo. Señores académicos y representantes de la RAE, desde aquí les insto, les hago un llamado a que no permitan la inclusión de este término en un diccionario de todos los pueblos que hablan la lengua española. Su inclusión sería reforzar las leyes de un mercado empeñado en mantener al pueblo ignorante.

Sin ánimo de ofender a nadie, espero que este texto sea visto como mi humilde legado para mejorar este mercado, para hacer una aportación que nada tiene que ver con mi nacionalidad ni mi país de origen, sino más bien con las ganas de querer ejercer un periodismo más digno, un periodismo por y para todos, extendiéndoles a su vez una invitación para que impriman estas palabras y las cuelguen en la pared que se alza ante ustedes.

Les presento la mini-guía para conjugar el subjuntivo del verbo haber:

Verbo haber

Yo haya

Tú hayas

Él/ella/usted haya

Nosotros hayamos

Vosotros hayáis

Ellos/ellas/ustedes hayan

Haiga: Automóvil muy grande y ostentoso

Story published on December 23, 2014

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